Hemeroteca :: 01/06/2011
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Viajes

Farqhuar, el atolón de las maravillas

Última actualización 25/05/2011@07:40:44 GMT+1
Para cualquiera ajeno al mundo de la pesca, Seychelles es sol, playas idílicas, arena blanca, aguas cristalinas color turquesa, palmeras que se abalanzan sobre el océano y una existencia exótica, relajada y ajena al mundanal ruido. El cliché turístico por excelencia. Pero para cualquiera inmerso en el mundo de la pesca con señuelos, Seychelles es desde hace algún tiempo una especie de Meca, un santuario, un territorio anfibio y exclusivo que permite soñar despierto, elucubrar capturas extraordinarias e imaginar peleas épicas con peces formidables.

Texto y fotos: Mario Suárez Naranjo
Hace unos meses, ocho pescadores españoles y un alemán, de Múnich, naturalizado, cancelaron durante siete días sus rutinas diarias y se dispusieron a hacer realidad un sueño. Pescar donde casi nadie lo ha hecho. En uno de esos lugares míticos, recónditos y extraordinarios. En el atolón de Farqhuar, en mitad del Océano Índico, en el archipiélago de Seychelles.

LA BUENA BIENVENIDA. Farqhuar nos recibió con sus mejores galas. El joven piloto de la beechcraft nos regaló una vuelta aérea sobre el atolón y con un mar en calma, ausencia de viento, cielo azul y sol radiante, la cabina del pequeño aparato parecía una excursión de niñas que se acababan de tropezar con David Bisbal. Júbilo, risas y exclamaciones imaginaban un mar repleto de peces y posibilidades de pesca. La expectación y la ansiedad por pisar la pequeña isla y comenzar a pescar era tal que, de repente, se nos olvidó el cansancio y la falta de sueño acumulada durante 20 horas de vuelos y transbordos.

Apenas 20 minutos más tarde, ya en el lodge, un cómodo y práctico edificio del gobierno con agua caliente y aire acondicionado, donde no faltaba una terraza exterior con barbacoa, la ansiedad se multiplicó, el equipaje que no contuviera material de pesca fue olvidado en un rincón y todas nuestras enfermizas neuronas fueron puestas a disposición de un objetivo: salir a pescar cuanto antes para aprovechar las 3 o 4 horas de luz que le quedaban al día en esa parte del Océano Índico.

Esa tarde, dividido el grupo en dos equipos de pescadores, se pudo prospectar desde tierra un flanco del litoral oriental y, desde barco, fue factible realizar popping y jigging en el arrecife exterior septentrional. Algunos GTs y varias capturas a jigging dejaron entrever en la primera toma de contacto las posibilidades del lugar y las oportunidades de pesca que se nos venían encima. Esa primera tarde noche, con un tiempo de postal y un mar de propaganda, dormimos como angelitos soñando con el destino de pesca ideal y los peces de nuestra vida.

QUIÉN LO IBA A SUPONER. El día siguiente al de nuestra idílica llegada amaneció nublado y ventoso. Un gesto de contrariedad se dibujaba en los rostros de los guías de Fly Cast Away. La línea del arrecife exterior septentrional que se divisaba desde el lodge ya no se confundía con el horizonte, pues ahora quedaba marcada claramente por el batir de las olas. Las condiciones no eran las mismas que la tarde anterior. El tiempo había cambiado de rostro mientras nosotros soñábamos con el paraíso.

Salimos a pescar ese día buscando el sotavento en el lado oriental de la isla. En un área reducida hubo capturas para todos: GTs, meros y red snappers con las artes del popping; y una variedad extraordinaria de peces en las escasas derivas que el aguante humano permite a una skiff zarandeada por vientos de 18 nudos.

Por la noche, durante la cena, balde de agua fría. Las previsiones meteorológicas anunciaban la formación de una depresión tropical asociada a un ciclón posicionado al noreste de Madagascar. Viento y lluvia para toda la semana. En definitiva, que nos fuéramos olvidando de pescar la isla con plenitud. Los arrecifes del sur y del suroeste quedaban descartados. A partir de ese momento pescaríamos en función de lo que permitieran viento y olas. Sobra decir que esa noche los ánimos tocaron fondo en una proporción similar a la que habían alcanzado la euforia dentro del pequeño avión en el momento de la llegada. Cena con vino y ron para olvidar penas y a dormir, no sin antes encenderle una velita al santo responsable de nuestro destino pesquero.

TE GANARÁS LA PESCA CON EL SUDOR DE TU FRENTE. Eso fue lo que tuvimos que hacer durante el resto de la semana, buscarnos la vida para pescar en medio de las condiciones del tiempo reinantes.

Lejos de amilanarnos o quedarnos en el lodge lamentando nuestra suerte, nos conjuramos para pescar donde fuera y como fuera. Con la total disponibilidad y profesionalidad de Keith y James, los guías de Fly Cast Away, cada noche revisábamos la previsión meteorológica para buscar en la foto aérea del atolón lugares y perspectivas factibles de pesca.

Así las cosas y en vista de que los arrecifes exteriores eran inaccesibles e impracticables, la pesca se vertebró en torno a dos escenarios principales: el interior de la laguna y el área de sotavento que, en función de la mayor o menor intensidad del viento, correspondía a los flancos noreste y este del atolón. En esta zona, y siempre en función de las pulsiones que ejercía la depresión tropical, fue posible vadear los bajíos al compás de la marea, acercarse al arrecife para lanzarle a los GTs o alejarse algo más para practicar fugaces ratos de jigging en la ruptura de pendiente que marcaba la batimétrica de los 50 metros.

EL INTERIOR DE LA LAGUNA. Su protagonismo creció al final de la semana, cuando el temporal bajó de intensidad y disminuyó el tamaño de las olas.

Las posibilidades de pesca en ella consistían en acercarse todo lo posible al arrecife del norte y del oeste para buscar los pass que comunicaban con el océano abierto. En este tipo de atolones tropicales, esos canales de desagüe funcionan como autopistas por donde desfilan al ritmo de los flujos de marea todos los depredadores de la barrera de coral, desde pequeños jureles azules hasta tiburones entrados en kilos. Otra opción consiste en derivar sobre piedras y formaciones coralinas buscando con los modos del popping los ataques de meros, pargos y grandes lábridos, mientras que la tercera de las posibilidades permitía poner pie en tierra y tentar a los peces desde bancos de arena o pequeñas islas de coral.

Cada una de las opciones resultó factible y productiva. En los pass se concentraban peces pasto arrastrados por las fuertes corrientes y a su presencia acudían hordas de GTs que estallaban en superficie atacando furiosamente poppers y stickbaits. Las derivas en territorio coralino dejaban estampas que indicaban las bonanzas del ecosistema: dos meros enganchados a un mismo popper, gruesos pargos que atacaban a un señuelo inmóvil y fascinantes peces de colores exóticos que levantaban un tsunami en cada picada y peleaban su libertad como el más grande de los jureles.

Lanzando desde las orillas de arena o coral que conformaban islotes y barras, era posible capturar a todos los peces ya referidos, pero con el plus que significa hacerlo con los pies puestos en tierra firme y el handicap de la dificultad que añadía el relieve circundante. Particularmente, recuerdo dos lances. El primero, en un terreno rocoso, lleno de aristas de coral y flanqueado por puntas cortantes batidas por el oleaje; y otro, en un escenario tropical de postal, una playa de blanca arena coralina con el azul profundo asomando a apenas dos metros de la orilla. En ambos lugares, los peces que protagonizaron mi evocadora escena fueron GTs, animales de más de 15 kg. En ambos casos, obtener el trofeo necesitó de experiencia, buena técnica de combate y equipos ajustados. Dosificar bien el freno del carrete, no perder nunca el control visual del pez y no precipitarse son claves a la hora de intentar poner en seco uno de estos jureles gigantes. Tanto Javi como Marcus, los pescadores involucrados, tienen experiencia en spinning pesado tropical y supieron solventar con éxito las dificultades que planteaban ambas capturas. Por cierto, pescar GTs desde tierra es un privilegio del que disponen pocos lugares en el planeta; como pueden imaginar, Seychelles, y más concretamente Farqhuar, es uno de ellos.

BAJÍOS, PURA VIDA SALVAJE. Nuestras peripecias en los bajíos las comparo a las que pudieran acontecerle a un cazador que camina escopeta al hombro por las llanuras del Serengeti.

Vadeando entre la barra de coral y la playa, uno se siente abrumado por la cantidad de vida salvaje que circula a su alrededor. Dentro del agua, caminando en busca de depredadores a los que ofrecer un popper, de repente te ves asaltado por un tiburón de arrecife que, como un Ferrari y como si fueras una rotonda cualquiera, da un par de vueltas a tu alrededor para desaparecer sin dejar rastro. Tortugas, rayas, morenas, langostas, enormes caracolas, cangrejos y un sinfín de peces grandes y pequeños tropiezan constantemente en tu deambular y observan a distancia de caricia las fatigosas evoluciones de un ser humano que, con el agua por la cintura en el más llevadero de los casos y bajo las influencias meteorológicas de un ciclón tropical, intenta engañar a los GTs que entran a aguas someras persiguiendo a los cardúmenes de macabí.

Y es que la pesca en los bajíos está consagrada a días de sol espléndido, con un mar cristalino y sin olas, donde es posible elegir el GT o el mero al que ofrecer el señuelo. En nuestra, meteorológicamente hablando, aciaga semana, vadear fue siempre un ejercicio penoso. Permanentemente empapados por la lluvia o las inusuales olas y armados con un equipo de popping tropical pesado, dedicar una jornada entera al bajío supuso desgates físicos que se pagaron en forma de rozaduras, resfriados, dolores musculares y cansancio generalizado. Eso sí, para nueve enfermos de la pesca es un precio de saldo, una baratija a cambio de la satisfacción, el reto y la experiencia que supone engañar y doblegar a depredadores tropicales de arrecife tratándolos de tú a tú en su propio medio.

JIGGING DANTESCO, PECES PARA ABURRIR. El jigging era la otra gran motivación del viaje. Jiggear en un destino escasamente pescado con anterioridad y contemplar la posibilidad de capturar en sus tamaños más grandes a uno de los peces referencia para el pasatiempo de pesca vertical, el atún dientes de perro, representaban algunas de las mayores expectativas de nuestra excursión índica.

No obstante, las condiciones de mar y viento hicieron que buena parte del gozo se ahogara en un pozo, pues resultó del todo imposible frecuentar los spots de jigging por espacios de tiempo mayores a un par de ratos alternos en ventanas meteorológicas más o menos benévolas.

Seis o siete horas de jigging fue todo lo que se pudo practicar en Farqhuar, y en ese tiempo los resultados pueden considerarse espectaculares, con un número elevado de capturas, incluyendo dos atunes dientes de perro de 100 y 60 kg.

Las derivas, en unas condiciones de mar inhóspitas para dos skiff de 5 metros, se realizaban en profundidades que, desde la media centena, caían a fondos y paredes situadas ciento y pico metros más abajo.

Meros de todas las variedades, jureles azules, jureles negros, GTs, job fish en cualquiera de sus versiones, pargos, bacoretas, pequeños atunes dientes de perro, atunes de aleta amarilla y un largo etcétera de peces subían a ver las emergidas Seychelles varias veces en cada pasada.

Pero sin duda, las capturas más reseñables de la semana fueron dos formidables atunes dientes de perro de tamaño considerable que corroboraron el potencial del atolón y sus aguas circundantes para la práctica del jigging extremo.

Dos doggies (diminutivo sajón con el que se conoce al dog tooth tuna) de 100 y 60 kg. El primero, capturado por este que escribe, salió una tarde de tormenta perfecta luego de varias carreras apocalípticas y 20 minutos de reñida pelea. El otro, capturado por mi compañero Carlos Ramos, fue prendido, capturado y devuelto una hora y media escasa antes de tomar el avión de regreso. Dos peces para el recuerdo que amortizan por sí solos todas las penurias de una semana de pesca climatológicamente adversa y dan prueba fehaciente de las bondades que ofrece Seychelles para la práctica de la pesca con señuelos artificiales.
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