Jigging
El otro jigging de las Islas Afortunadas
Última actualización 21/10/2010@12:37:52 GMT+1
Desde la irrupción de la técnica en aguas del archipiélago canario, el jigging ha mantenido una asociación unívoca con los metales pesados, los equipos potentes y los grandes trofeos. El territorio español encontró en las Canarias su trópico particular, y se generalizó entre locales y visitantes una percepción sobredimensionada de las posibilidades de una técnica que, desde sus primeros pasos, ponía a tiro de instantánea animales que poco antes eran solo una quimera para el común de los pescadores deportivos que se aventuraban en aguas macaronésicas.
Ángel Hernández
Con el tiempo la oferta de equipamientos para jigging se ha ido segmentando, y algunos pescadores hemos aprovechado este aumento en la especificidad de los equipos para hacer una gestión más racional de nuestra pesca. Una aproximación más realista (naturalmente, a la baja) al potencial jigging de nuestras aguas, la constatación de que los metales no tienen una eficacia perenne, la búsqueda de nuevas sensaciones y quizá menos carga física en la pesca, nos han abocado a muchos a un aligeramiento radical de los equipos, así como a un enfoque de las potenciales capturas menos ambicioso en términos de talla o rotundidad deportiva.
Básicamente se trata de mirar más allá de la estandarización, de la pretendida ortodoxia de los modos locales y alternar el monolitismo del jigging pesado y los grandes animales con otras variantes de la modalidad. De este modo, la acción de pesca se diversifica y entran en liza nuevas (y por tanto, motivadoras) aproximaciones que colocan en la diana peces de tallas más contenidas, pero muy disfrutables por cuanto son perseguidos con equipos inquietantemente ligeros y con señuelos y mañas cuya novedad trae renovado y fresco entusiasmo a la ilusión por las grandes presas y el heavy metal de toda la vida.
INCHIKU: LA GRANDEZA DE LO SIMPLE. Curiosamente, cuando parecía que los tradicionales jigs alcanzaban ya un grado de perfeccionamiento y estudio que los acercaba a los generalmente “sesudos” señuelos de spinning, muchos fuimos de nuevo golpeados por la simpleza de un concepto que reducía todos los avances en hidrodinámica, cromatismo o materiales a la mínima expresión. Con unos peces cada vez más recelosos ante metales de última generación, pocos podían prever que la llegada de un señuelo basado en una simple bala plomada con un pulpito como único reclamo aparente, podría movilizar una bolsa de peces inédita hasta el momento, cuando muchos parecían no sentirse ya especialmente proclives a los jigs. En cierto modo, esto era algo que ya veníamos probando aunque la velocidad de trabajo de los mismos y la propia arquitectura del engaño no dotaban al vinilo de la naturalidad y atractivo del inchiku.
El inchiku renuncia a la sofisticación en los materiales, a las elaboradas cartas cromáticas y a las filigranas hidrodinámicas para dar protagonismo absoluto al vinilo sobre el metal, que asume en este caso labores más de profundizador que de reclamo.
Se puede observar que dejo fuera del concepto inchiku a toda la gama de señuelos basados en cabezas plomadas y faldillas, a menudo referidos por el anglicismo rubber jig (kabura, en japonés). Aunque en algunos aspectos estos señuelos convergen con los inchikus, presentan características que los hacen diferentes, constituyendo un campo aparte del que probablemente nos ocuparemos en futuras entregas.
LIGHT VERSION. Aunque hoy por hoy podemos encontrar inchikus de todos los tamaños y pesos, en este artículo nos centraremos en el segmento ligero de este amplio abanico de señuelos, pues es con equipos de poco libraje y en fondos relativamente contenidos donde hemos comprobado que esta modalidad puede ofrecernos el mejor compromiso entre diversión y resultados.
Así, hablaremos de señuelos de entre 50 y 100 g que tienen por objetivo el rastreo de fondos que oscilan entre los 25 y los 70 m, aproximadamente. Irnos a menos profundidad supondría entrar ya en territorio jigcasting, y superar la barrera de los 70, aunque posible en circunstancias muy concretas de benignidad marítima, representaría ya un uso poco racional o extralimitado de los equipos en cuestión.
A propósito de los equipos, hemos de decir que para animar adecuadamente señuelos de estos pesos y características no necesitaremos cañas ni carretes específicos porque las exigencias dinámicas de la modalidad no llegan al punto de justificar conjuntos caña-carrete de pesca vertical ligera, tan de moda últimamente pero a nuestro modo de ver poco rentables en este contexto.
En nuestro caso particular, e insistiendo en el hecho de que el techo máximo de pesos ronda los 100 g, usamos cañas de spinning embarcado que declaran un poder de lanzado de hasta 50-60 g. Estas cañas, siempre y cuando no sean excesivamente largas (menos de 2 m) y tengan una acción de punta moderadamente rápida, resultan ideales para el movimiento vertical y pausado del inchiku. Asimismo, harán buen maridaje con carretes de tamaños 4000/5000 (estándar Shimano), que permitirán una carga considerable de trenzado que por lógica de compensación (hablamos de equipos que difícilmente soportarán más de 3 kg) no irá más allá de las 15/20 libras.
Aunque no sea especialmente resaltable desde el punto de vista técnico, no deja de ser interesante que por el coste de un solo equipo podamos practicar modalidades de pesca horizontal y vertical, algo nada desdeñable en la situación de crisis económica actual.
ROMPIENDO TÓPICOS: LA PESCA CON INCHIKU. En aguas “hostiles” como pueden ser las del Estrecho o Canarias, no son pocas las voces que todavía hoy descartan este tipo de señuelos por su supuesta poca aptitud para la pesca en las condiciones habituales de estos entornos. Asimismo, se acostumbra a atribuirles un radio de acción vinculado estrictamente al fondo y ciertas especies menores. En última instancia, incluso se denigra su acción por falta de dinamismo o simplemente por “aburrida”.
Sin embargo, basta solo algo de práctica para darse cuenta de que el universo inchiku está muy por encima de estos lugares comunes. Primeramente porque se constata que se trata de señuelos que por su arquitectura balística profundizan muy bien, incluso mejor que muchos jigs tradicionales del mismo peso. Si a ello unimos la dramática reducción de diámetro de líneas que implica la pesca ligera, encontraremos que el factor de resistencia a la corriente y el abatimiento resulta potenciado y visiblemente mejorado con respecto al jigging convencional en la misma horquilla de pesos.
Por otra parte, y aun en el caso de que la tendencia a la horizontal sea considerable, ello no será óbice para la efectividad del inchiku, pues estos engaños resultan muy efectivos tanto en la vertical pura como en ángulos por encima de los 45 grados. De hecho, existen muchos pescadores que los prefieren en este tipo de acción “de arrastre”, simulando una potencial presa que se desplaza a saltitos por el fondo. En efecto, parece que la vocación natural de estos señuelos apunta al bentos inmediato, y de hecho un trabajo errático de velocidad lenta/moderada en sus proximidades resulta letal con bentónicos puros de las familias espárida y serránida, por poner un ejemplo. No obstante, el poder pesquero del inchiku va mucho más allá de las inmediaciones del fondo, pues estos artificiales admiten velocidades de recuperación moderadamente altas que pueden convertirlos en objeto de deseo hasta medias aguas.
Naturalmente, no se trata de imprimirles un fast jerking salvaje cual pesado long jig, pero sí un ritmo vivo de tirones cortos y ágiles que, controlando siempre el señuelo, nos permita presentarlo en zona pelágica donde pueden tener algún depredador que quiera tomarlo. Precisamente esta variedad de acciones y posibilidades rompe el último de los tópicos, el que tilda a esta modalidad de tediosa o inmovilista, algo que quizá sí sería atribuible a los traídos rubber jigs pero que desde luego no puede hacerse extensivo a los inchikus.
JIGGING LIGERO = ¿PECES LIGEROS? Ante todo, no perdamos la perspectiva. Al menos a nuestro modo de ver, el jigging es una modalidad de pesca cuyo encanto pasa, entre otras cosas, por la focalización de peces depredadores de cierta entidad. Y no por pescar con inchikus o equipos ligeros vamos a renunciar a la eventual emoción de un gran trofeo. En nuestras aguas (y seguramente en muchas otras), alejarse de las grandes batimetrías y de los pesados equipos que suelen usarse en estos entornos no significa necesariamente poner a los animales de porte fuera del punto de mira. Es más, en ocasiones un trabajo sutil en aguas someras puede llegar a ser mucho más productivo que un martilleo ciego y sostenido en fondos extremos.
Naturalmente, al pescar con estos pequeños inchikus, estaremos abriendo la puerta a numerosas piezas de poca entidad (digamos menos de 2 kg), algo que muchos no desdeñarán como fuente de entretenimiento a la espera de la gran picada. En cualquier caso, insistimos en que las posibilidades de la técnica van mucho más allá, y que conviene tener estos peces por meros daños colaterales.
Es por ello por lo que será imperativa una sustitución concienzuda del anzuelado de serie, pues los inchikus, incluso en las marcas más punteras y mayores pesos, acostumbran a venir armados con anzuelos y cordajes absolutamente deficientes para plantar cara a un depredador mínimamente serio. A modo de referencia, diremos que una pareja de anzuelos 2-3/0, con buena sección, alto poder de penetración (nuestras cañas no permitirán un “cacheteo” muy contundente), y montados en kevlar o dacrón proporcional serán más que suficientes para cualquier boca de la media, al tiempo que nos permitirán respetar la configuración original de estos señuelos de tamaño contenido.
Un dentón entrado en carnes, una sama aparente, cualquier serviola de edad adulta o un robusto mero son peces no solo sugestionables por los pequeños inchikus, sino garantes de sensaciones fuertes cuando los clavamos con equipos ligeros de spinning en fondos moderados donde no cuentan con el hándicap del factor descompresivo. El jigging se aleja entonces de la emoción casi exclusiva de la picada para mantenernos en vilo hasta el mismo momento de la emersión del pez, obligándonos a trabajarlo con pericia y tacto por lo ajustado del equipo y haciendo de todo el proceso, desde el ataque hasta la varadura, una fascinante experiencia.