Hemeroteca :: 01/08/2010
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Viajes

Jigging, spinning y trolling en la ruta de Charles Darwin

Última actualización 20/07/2010@11:17:00 GMT+1
A 1.000 km al oeste de las costas del Ecuador peninsular descansan las trece islas volcánicas y los más de cien islotes constituyentes del conocido Archipiélago de Colón. La confluencia de importantes corrientes en este punto del Pacífico aporta una gran cantidad de nutrientes a sus aguas, siendo actualmente uno de los destinos de pesca más salvajes a los que nos podemos dirigir. Desde cuberas a spinning hasta rayados a mosca, todo es posible en este santuario de especies endémicas declarado Patrimonio Natural de la Humanidad.

Luis García
Un par de fructíferas incursiones jiggeras en Ecuador, junto con una indicación de última hora recibida por el gerente de una hostería local, bastó para movilizarnos y ponernos manos a la obra. La organización del viaje no fue ni mucho menos tarea sencilla. A la escasa información disponible en la web se le unió la dificultad de localizar embarcaciones que se ajustasen a las modalidades de pesca pretendidas. El jigging y el spinning no forman parte de la jerga de los pescadores del lugar, estando los escasos chárters disponibles enfocados a la pesca de altura. Finalmente, tras mover los hilos necesarios, conseguimos cerrar un paquete a medida con la inestimable ayuda del señor Carlos Ricaurte, responsable de la apertura de la Reserva Marina de Galápagos a la pesca deportiva. Únicamente faltaba certificar la supuesta riqueza de estas aguas. Al menos teníamos la certeza de que nadie antes había tenido la oportunidad de dejar caer en estos fondos un plomito de colores.

DICOTOMÍA ENTRE PESCA VIVENCIAL Y DEPORTIVA. Después de un largo viaje con escala en Guayaquil, llegamos a Puerto Baquerizo Moreno, capital de la isla de San Cristóbal y destino fijado en nuestro itinerario como lugar de residencia y punto de partida diaria de las embarcaciones. Rodeados por leones marinos, plantas endémicas y toda clase de aves, pronto entendimos la razón por la que este conjunto de islas están englobadas dentro del Parque Nacional Galápagos. Buena parte de su territorio y entorno marino está protegido, siendo obligatorio disponer de la correspondiente tarjeta de acceso.

El creciente mercado de ecoturismo al archipiélago ha promovido la creación de nuevos complejos hoteleros e infraestructuras en las islas más importantes. De hecho, la pesca artesanal ha dado un giro fundamental en estos últimos años, dejando paso a la denominada “pesca vivencial”, actividad cultural cuyo propósito es promover el conocimiento de los métodos tradicionales de pesca. Dicho de otra forma, la práctica consiste en embarcar al turista en una panga local durante el transcurso de una mañana, ofreciéndole la posibilidad de observar y probar los métodos de pesca tradicionales. Evidentemente, la pesca con carnada y el trolling de costa no constaba en el menú de actividades a realizar, por lo que dimos la vuelta a la tortilla, proponiendo al capitán y al skipper pescar a nuestra manera.

COMIENZA LA AVENTURA. La primera noche fue la más dura. Sentimientos y emociones encontrados se mezclaban con la incertidumbre del devenir de las jornadas. Con puntualidad suiza, a las 5:30 de la mañana la expedición tomaba rumbo al “banco ruso”, localizado a 22 millas de San Cristóbal en dirección suroeste. No llevaríamos ni media hora de navegación cuando Edwin, nuestro capitán y guía, cantaba atunes a la vista. Decenas de bancos de aleta amarilla se alimentaban en superficie avanzando a un ritmo vertiginoso. Poppers y paseantes no tardaron en tomar la batuta, siendo lanzados al unísono hacia la vorágine de túnidos. Las picadas no tardaron en materializarse. Individuos de entre 10 y 20 kg cargaditos de energía pusieron a prueba nuestros equipos durante un lapso de tiempo que ha quedado grabado para el recuerdo. Jamás había observado un espectáculo en superficie de similares características. Todos tuvimos nuestra oportunidad, poniéndose en seco un buen número de capturas resultonas. Pero lo bueno siempre acaba, y pronto la gran masa fue diluyéndose en el azul.

La llegada al spot marcado, plataforma que emerge desde los 300 m, supuso las primeras dudas en cuanto a la elección de la técnica a emplear y la profundidad en la que nos debíamos mover. Edwin parecía ser un curtido pescador curricanero, pero con un limitado conocimiento de la lectura de los fondos. Comenzamos a jigging en cotas en torno a los 50 m, probando más tarde en un amplio abanico de profundidades, si bien el resultado no estuvo a la altura de lo que cabía esperar. El porte de las piezas no era significativo; especies de arrecife y meros de talla contenida en su mayor parte. Sin embargo, el spinning sobre los bajíos y puntos más someros nos reportó las mejores piezas de la jornada. Pargos, lisas y yellowfins nos las hicieron pasar canutas, produciéndose varias roturas de línea y bajas de material. Y es que no es lo mismo pelear con un pez en aguas libres que hacerlo rodeado de escollos y arrecifes.

SAN CRISTÓBAL, SEGUNDO ASALTO. Con un mejor conocimiento del medio y el capitán más centrado en nuestras necesidades, proseguimos con el itinerario marcado, explorando las costas y bajíos más interesantes de esta extensa isla. En una de las paradas obligatorias, pescando a jigging en el perímetro de un pequeño peñasco conocido como “Roca del Este”, se consumó el encuentro con las deseadas dumerili. El compañero Eugeni fue el afortunado, levantando un par de buenos ejemplares en dos derivas consecutivas. Los meros y pargos de cola amarilla tampoco faltaron a la cita, robándole unos cuantos animales a la piedra en cuestión. Algo más al norte, en una sinuosa barra próxima a los 100 m de profundidad, tentamos a lo que por estos lares denominan cherna, de rasgos similares a la nuestra, Polyprion americanus. Los jigs con detalles fluorescentes se mostraron intratables, abollando hasta la superficie algún bicho feo de esta especie.

Mientras continuábamos alternando sin mucho éxito el spinning y jigging en los spots que mejor pinta tenían, el cambio de marea se tradujo en un aumento sustancial de la actividad. Meros y pequeñas serviolas nos ofrecieron un rato entretenido, uniéndose a la fiesta un grupo de leones marinos que se empeñaron en complicarnos la faena, usurpándonos delante de nuestras narices pescados a punto de ser embarcados. En uno de estos lances, con el mamífero zampándose impasible su presa a pocos metros de la embarcación, solo fui capaz de arrebatarle los restos de lo que se presumía un buen ejemplar de serviola.

LA ESPAÑOLA Y LA FLOREANA. Tras de una intensa jornada dedicada íntegramente al marlin rayado, la expedición puso rumbo a la frondosa e inhóspita isla de Floreana, emplazamiento donde se hizo noche, teniendo la oportunidad de contemplar muy de cerca a las tortugas gigantes o galápagos, animal que dio nombre al archipiélago. Atendidos de forma exquisita por una familia oriunda del lugar, degustamos el mejor sushi de atún del tour, así como ricos platos elaborados con productos de la misma isla.

La esperada visita al Banco de Hancock resultó ser un fiasco. El desconocimiento total por parte de la tripulación de los puntos calientes de la zona, a la que se sumó una fuerte corriente, complicó la tarea, obligándonos a volver a los alrededores de Floreana. Aquí, en un bajo situado frente a la costa norte, de nuevo nos topamos con los omnipresentes atunes. Mientras Pedro y Víctor se hinchaban en superficie con los strike-pro y roosta de turno, otros lo intentábamos a jigging con menos éxito.

De regreso a Puerto Baquerizo Moreno, aprovechamos el trayecto tocando varias marcas en las inmediaciones de La Española. Después de unas horas con ausencia total de picadas, en un escarpado escalón que descendía rápidamente a los 60 m de profundidad, nuestros jigs llamaron la curiosidad de un numeroso banco de combativas serviolas.

UNA DESPEDIDA A LO GRANDE. Curiosamente, y aunque parezca increíble, no fue hasta el último día de pesca cuando nos dimos cuenta del verdadero potencial de este enclave del Pacífico. Todavía quedaban por aparecer las majestuosas cuberas, especie de espectacular planta y potente pelea, sin duda las reinas del lugar. Correctamente asesorados por Edwin, nos dirigimos a una paradisíaca playa donde el azul turquesa pronto se desvanecía por la existencia de un cantil de piedra. Atraídas por los chapoteos de nuestros poppers, llegamos a avistar a un grupo de unos siete u ocho ejemplares de tamaño XXL, pero no parecían estar por la labor. Lanzamos todo tipo de muestras, resultando finalmente letal el baile de un colorido big foot presentado por Juanjo. Lástima que un visto y no visto enroque desencadenara la consecuente pérdida de pez y señuelo.

De nuevo Juanjo, esta vez con un Heddon Super Magnum de Zara Spook, logró provocar el ataque de otra buena cubera. En esta ocasión, la marcha del pez se produjo por un insuficiente armado del artificial. Cuando parte del grupo daba la misión por imposible, apareció Víctor con un Ranger casero de Pedros´s factory, y tras una corta pero dura batalla, logró por fin hacerse con un impresionante ejemplar de 26 kg. La perseverancia había merecido la pena. Los últimos compases de la jornada también nos ofrecieron momentos gloriosos a jigging, capturándose un gran número de depredadores, algunos hasta entonces desconocidos para nosotros, tal es el caso del “cagaleches” o mero coriáceo, singular serránido de hermosa librea.

Las conclusiones del viaje, contrariamente a lo que se presumía en un principio, otorgaron una victoria por goleada del spinning sobre el jigging, obteniéndose bajo esta modalidad las piezas de mayor relevancia y tamaño. Como suele ser habitual, el influjo de las mareas y la luna tuvo una incidencia directa en la pesca, percibiéndose dos marcados momentos de actividad entre el alba y el ocaso. Otro aspecto que nos llamó poderosamente la atención fue la escasez de picadas por debajo de los 40 m, vinculando este hecho a la baja presión pesquera ejercida en estas aguas. Lo cierto es que todos los integrantes de la aventura quedamos con ganas de repetir destino.
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