Ciprínidos
Señuelos para el género barbus
Última actualización 26/01/2010@13:04:41 GMT+1
Ellos siempre habían estado allí. Tras años pescando basses y lucios, abrimos los ojos a aquellos torpedos con aletas, cuya excepcional capacidad de adaptación había llevado a los ejemplares crecidos a comportarse como grandes depredadores. Auténticos supervivientes que aúnan todas las características exigibles a un gran pez deportivo: resistente, luchador, noble, con una potencia sorprendente en relación a peso y tamaño, voraz, emboca los señuelos con decisión y alcanza importantes tallas. pero los ejemplares de buen tamaño no son sencillos de capturar. ¿No nos habíamos dado cuenta antes?
Texto y fotos: Jorge Gómez
De las diferentes subespecies de barbos que podemos encontrar en la Península Ibérica, el barbo común (Barbus bocagei) y el barbo comizo (Barbus comiza) aparecían como objetivos de primer orden para ser tentados con señuelo artificial. Al igual que el barbo gitano o andaluz (Barbus sclateri), barbo cabecicorto (Barbus microcephalus) y el barbo mediterráneo (Barbus guiraonis), son variedades propias de tramos de río lentos y profundos, a diferencia del barbo de montaña (Barbus meridionalis) o el colirrojo (Barbus haasi), que habitan ambientes más agitados.
Dadas las relaciones de parentesco entre especies, las diferencias morfológicas entre barbos no son siempre claras. Tampoco existe excesiva documentación sobre estos peces y los ictólogos no siempre se ponen de acuerdo. El barbo común (propio del Duero y el Tajo) puede llegar hasta 1 m de longitud y 10 kg de peso. El barbo comizo, que habita en las cuencas del Tajo y Guadiana, con el gran desarrollo en su cabeza, su hocico alargado y boca frontal, sí es fácil de distinguir del barbo común (de boca succionadora, menor y orientada hacia abajo). Ambos están perfectamente adaptados a la vida en embalses con una aceptable proporción de oxígeno en sus aguas y tramos con algo de corriente tales como desembocaduras de ríos. Ricobayo, Alcántara, Valcecañas, La Serena o Peñarroya representan algunos ejemplos de escenarios modificados por el hombre donde estos animales se desenvuelven a la perfección. El comizo es la estrella de todos los barbos, mayor que cualquiera de sus congéneres centroeuropeos, ya que puede rondar los 15 kg de peso. La variedad con hocico plano similar al de un lucio, conocida como barbo trompetero, llega hasta 12 kg de peso.
PREDADORES EVOLUTIVOS. Tradicionalmente, nos han enseñado que los omnívoros barbos se alimentan en el fondo, buscando principalmente larvas, ninfas o insectos, como cucarachas, saltamontes u hormigas de ala, y también moluscos, gusanos, caracoles, camarones, etc. Una vez alcanzan cierto tamaño, algunos tipos de barbos se inclinan más hacia una dieta vegetal (no son éstos nuestro objetivo), mientras que otros prefieren el alimento animal.
Con la proliferación de diferentes tipos de peces presa como alburnos o escardinos, los barbos crecidos han agudizado su instinto depredador. En especial, los barbos comizos, endemismo de la Península Ibérica, y muchos barbos comunes, que a medida que van incrementando su talla se vuelven implacables cazadores de peces.
Los grandes barbos del Tajo o del Guadiana se han convertido en cazadores letales. Este comportamiento no sucede de forma excepcional o puntual, sino que tiene lugar jornada tras jornada. En un tiempo, han perfeccionado las estrategias que les permiten alimentarse de los bálamos de peces presa, ranas, cangrejos y crías de pájaro que forman parte de su dieta. Esas mismas que les convierten en vulnerables a los señuelos artificiales del pescador.
EN BUSCA DE GRANDES BARBOS. Que en varias cuencas de nuestra geografía existan poblaciones estables de barbos no implica que sea sencillo localizar y echar el guante a peces crecidos. Este hecho se hace patente cuando se prescinde de esas capturas casuales y esporádicas que tienen lugar cuando se persigue a otras especies y se decide ir expresamente en busca de estos combativos adversarios.
Para su pesca con artificial, prescindiremos del invierno, cuando los barbos se ubican en fosas profundas y su actividad es menor. En un sentido práctico, distinguiremos dos tipos de barbos: los que cazan cerca de la orilla y los que prefieren hacerlo en aguas abiertas.
En primavera, cuando las aguas empiezan a caldearse, y hasta después de la freza, es fácil encontrar barbos en la cola del embalse y “tomando el sol” en ensenadas poco profundas. Durante los momentos en que las aguas no están aún caldeadas es sencillo localizarlos sobre fondos duros que mantienen el calor.
En verano, cuando el agua se calienta, los barbos de tamaño tienden a posicionarse cerca de zonas profundas donde la temperatura del agua es más fría. En ocasiones permanecen suspendidos sobre zonas con algas, rocas y obstáculos sumergidos. Las mismas áreas que suelen ser productivas cuando cuatro o cinco de estos colosos cazan en superficie. Como los momentos de frenesí y los de calma total se suceden siguiendo ciertas pautas que van mas allá del amanecer y el anochecer, parte del juego consiste en detectar las rutas imaginarias por las que pasarán varias veces en su patrullar en busca de alimento.
LA CUESTIÓN DE LA PRESENTACIÓN. La pesca que se realiza a pez visto cerca de los márgenes del pantano es muy divertida. Hay que lanzar el artificial cerca del pez, pero evitando que le caiga encima. Frecuentemente produce ejemplares medianos, que pueden llegar a ser muy asustadizos y cautelosos, por lo que hay que evitar ruidos y sombras innecesarias. Cuando los barbos se están desplazando, hay que actuar como si de un banco de tarpones se tratara, adivinar su trayectoria y colocar el señuelo unos metros por delante, esperando que lo ataquen.
Aunque sus libreas varían según la tonalidad del agua, época del año e incluso de unos individuos a otros, a la hora de la pesca, su fisonomía (más alargada y estilizada) y costumbres los diferencian claramente de las carpas. Una vez las aguas se van aclarando, hay que emplear un buen par de gafas polarizadas y educar la vista para aprender a detectar a estos misiles.
Prescindiendo de las capturas accidentales, atrapar a un gran barbo es una historia bien distinta. Los lances largos suelen ser imprescindibles para engañar a estos especímenes, bastante más cuidadosos que otros ciprínidos. Con animales tan desconfiados, la manera de proceder es tan importante como el señuelo a emplear.
A los grandes comizos les gusta el juego de la caza, acosando a sus víctimas en grupos formados por cuatro o cinco individuos de tamaño semejante que trabajan juntos. Cuando el alimento lo forman los bancos de alburnos, éstos a menudo se agrupan en mitad de un recodo, o frente a una isla o punta principal del embalse. La potencia de estos bólidos a la hora de atacar los señuelos es indescriptible. Mientras acorralan a sus presas, los ataques de tan temibles predadores se suceden a velocidad de vértigo. En ocasiones prefieren los señuelos de superficie. Otras veces, son más productivos aquellos que se hunden lentamente o lo que actúan directamente en capas profundas.
LA NECESIDAD DE UN EQUIPO ADECUADO. Si careces del equipo adecuado, tendrás muy complicado sacar del agua a un barbo de gran tamaño y aspecto aerodinámico. Los barbos son potentes, obstinados y se muestran como buenos luchadores al otro lado de la línea. El barbo exhibe una arrancada realmente violenta en su primera carrera, una vez se sienten clavados. Un freno de combate desajustado, o una línea inapropiada o en malas condiciones, darán al traste con la captura de uno de estos combativos adversarios.
Es falso que el barbo oponga una lucha sin tregua; sí es cierto que se trata de peces muy robustos y que en las primeras carreras desarrollan una velocidad vertiginosa, lo que demanda el empleo de material de calidad. Hay que utilizar snaps, anillas y áncoras de confianza. Algunos triples japoneses de alto contenido en carbono penetran increíblemente en la boca del pez, pero terminan partiéndose. Cada uno de estos detalles debe ser tenido en cuenta, así que la presión que ha de ejercerse durante la pelea debe ser intensa, pero sin llegar a desgarrar el anzuelo de la boca del barbo.
Seleccionaremos una caña potente, de acción regular-moderada, que permita a los peces absorber los señuelos. No olvidemos que muchos barbos están constituidos para alimentarse “aspirando” y no mordiendo. El carrete deberá contar con un freno de combate debidamente graduado. Por último, sólo falta un poco de suerte para que el gran barbo no parta la línea al rozarla con un obstáculo del fondo.
Cada día, más aficionados se convierten a la pesca del barbo con señuelo artificial. Por desgracia, el futuro de esta fascinante y noble especie no está asegurado. La variedad graellsi, hace años abundante en el Ebro, demuestra que la introducción de especies exóticas puede constituir un gran peligro para su supervivencia. Por ahora, seguiremos disfrutando del privilegio de la pesca de estos batalladores contrincantes.