Surfcasting
ROCKFISHING
Última actualización 27/10/2009@08:31:04 GMT+1
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| ROCKFISHING |
Cuando la playa se convierte en lugar vedado para los pescadores deportivos, la pesca desde las rocas o rockfishing se erige como alternativa para suplir la ausencia de la fina arena. Quizás no tan cómodos como aquélla, estos escenarios ofrecen sin embargo unas opciones de captura que hay que tener muy en cuenta. Entre las especies que podremos tentar destaca por encima de las demás la dorada, que nos dará buenas peleas y jornadas para el recuerdo.
Texto y fotos: Humberto Gacio Almeida
Muchos quizás se pregunten por qué practicar la pesca desde piedra cuando se puede pescar desde la orilla más cómodamente y sin ningún problema a la hora de lanzar, enganchar los aparejos o incluso perder los peces entre las piedras. En realidad, la razón es muy sencilla: en la época veraniega las leyes de costa impiden a los aficionados al surfcasting la práctica de la pesca en los litorales, ya que en esta estación del año se le otorga preferencia al bañista con respecto al pescador de caña. Por lo tanto, el horario de pesca desde orilla queda reducido a las horas del atardecer-amanecer y a aquéllas en que no hay luz... en las que sólo los bañistas más osados se meten en el mar. Pescar desde piedras y escolleras es por tanto una alternativa para todo aquel aficionado que no permite cambiar la caña de pescar por el chiringuito a pie de playa.
Pero el presente artículo no va a estar dedicado a la típica pesca desde roca, en la que los aparejos gruesos nos aseguran la captura. Iremos algo más allá y apostaremos por practicar el rockfishing con aparejos finos, llevando así al extremo la adrenalina a la hora de sacar una dorada desde estas estructuras tan inseguras para el pescador y tan inciertas a la hora de cobrar una pieza.
Desde piedra pueden buscarse multitud de especies, ya que la riqueza de alimento que se puede encontrar en estos ecosistemas es muy amplia. Además, la gran mayoría de estospeces que están asociados a la piedra son de gran interés deportivo: el sargo común, el sargo soldado, el sargo picudo, la hurta, la mojarra prieta, el pargo, el dentón o la corvina... ninguna de ellas especies que pasen desapercibidas al aficionado al surfcasting. Sin embargo, en este reportaje nos vamos a centrar en la que personalmente me parece la especie más interesante y codiciada por la gran mayoría de aficionados a este deporte: la dorada.
Como muchos sabrán, es una especie muy impredecible aun estando el mar en las mejores condiciones para su pesca. Así, nunca sabremos si ese será el día en el que pesquemos una dorada, aunque no sea una gran dorada. Quizás ese sea el motivo que explique que sólo el hecho de capturar un ejemplar de mediano tamaño es ya motivo de orgullo para el pescador.
Condiciones idóneas para su pesca
Aunque asegurar la pesca es imposible, sí hay una serie de factores que aumentarán las probabilidades de capturar este espárido. En gran medida, el patrón a seguir para pescar este pez requiere en principio de tres factores principales. El primero es que el agua ya esté a una temperatura más o menos templada, de ahí que la mejor época para su pesca sea la estación estival. Aunque eso no quiere decir que en otras épocas no se realicen buenas capturas, ya que de hecho es en primavera y otoño cuando se suelen capturar los ejemplares de mayor tamaño (en su llegada después del aletargado invierno y en su huida a aguas más profundas ante la llegada de un nuevo período frío a finales de otoño).
El segundo factor que es preferible que se dé es que las aguas estén más bien limpias, ya que la dorada es un pez muy visual y que se orienta mucho a la hora de alimentarse por lo que ve. De ahí también se desprende su carácter extremadamente desconfiado y, por consiguiente, su dificultad a la hora de pescarla. Por último, y en cierta consonancia con lo que acabamos de decir, son preferibles las aguas no muy movidas, sobre todo si este movimiento causa que las aguas se enturbien en demasía.
En definitiva, un buen día de verano, caluroso, con poco viento y del componente que haga aclararse el agua, podríamos decir que es en el que debemos insistir en la busca de la ansiada dorada.
Sin embargo, y una vez dicho esto, no es menos cierto que caeríamos en un error si creyésemos que las condiciones de pesca de un pez no pueden cambiar nunca. O dicho de otra manera, no porque las condiciones de pesca no sean las más propicias debemos abandonar la idea de salir de pesca. Días de aguas movidas y sucias, buscando sargos en aguas turbias, con aparejos impropios y con las expectativas por los suelos, sin embargo me han dado la oportunidad de presenciar pescas difíciles de olvidar. No hablo de grandes sargos, robalos o bailas, sino de grandes doradas que, al no tener la misma visión y cegadas por el hambre (nunca mejor dicho), han tomado uno tras otro los cebos que los incrédulos pescadores les presentaban. Así que está claro, nunca se puede decir nunca.
Para completar los condicionantes que influyen en la pesca de la dorada, no podemos pasar por alto el debate acerca de la conveniencia de pescar lejos o cerca. Por un lado, es cierto que los peces se acercan a comer a estas estructuras de piedra por la gran cantidad de vida y de alimento que generan estos ecosistemas, pero hay que tener en cuenta que no siempre estarán a nuestro alcance. Por otro lado, tampoco hay que olvidar que el pescador que lanza lejos también puede lanzar cerca... En multitud de ocasiones los peces -y en concreto, la dorada- se acercan mucho a la piedra en busca de cangrejos, lapas, camarones, etc. Sin embargo, cuando delante del pesquero hay una colonia de muergos, que además están situados a más de 100 m de distancia de la piedra, ¿cómo plantamos allí nuestros cebos?
Como os podéis imaginar, lanzar largas distancias desde piedra no es fácil, y si para colmo lo intentamos con monofilamentos gruesos que resten metros a nuestros lances lo tendremos más difícil todavía. Por ello, vamos a arriesgarnos y a pescar con hilos de poco diámetro.
Hilos finos: Inconvenientes y ventajas
Estaremos de acuerdo en que un hilo de calidad y lo suficientemente grueso como para forzar una captura da una tranquilidad enorme a la hora de cobrar una pieza. Tanta, que nos replantearemos si merece la pena el empleo del “pelo fino”. Pero existe otro análisis de la situación. En primer lugar, la localización del pez (que personalmente considero lo más importante en la pesca) se convierte en una tarea más sencilla ya que podremos buscar tanto cerca como lejos. Además de que estaremos pescando zonas más tranquilas -o sea, con menos presión- ya que no todos llegarán a esas distancias y por tanto los peces no habrán escuchado tantos plomazos en las cercanías. Eso los hará estar más confiados, lo que se traducirá en que tomen mejor nuestros cebos.
También se puede pensar que la posibilidad de que una captura rompa un hilo comprendido entre 0,16 y 0,20 mm será mayor, pero es un precio que vale la pena pagar si el número de picadas aumenta. Eso sin contar con que lo que hace al pescador estar más satisfecho de su captura es la oportunidad que se le da al pez de batirse en duelo contra él. Si tenemos en cuenta que el pescador como disfruta es trabajando al pez y doblegándolo con su buen hacer, qué mejor recompensa que ese subidón de adrenalina que se experimenta al meter al pez en el salabre y cansarlo con maña y no con fuerza.
Esto no quiere decir que cuando la pesca esté cerca de la piedra permanezcamos pescando con diámetros finos, ya que a tan cortas distancias el pez está muy vivo. Conserva todavía muchas fuerzas y esto se convierte en un factor que juega en nuestra contra, por lo que al practicar pesca en corto desde piedra debemos jugar con ventaja.
Para empezar, un condicionante para poder pescar en piedras con hilos finos es que el fondo sea arenoso, ya que si es mixto o rocoso está opción la descartaremos y pescaremos con diámetros gruesos para no perder muchos aparejos. Ahora bien, para todo aquel que no lo sepa, cuando se pesca con hilos finos se dota al aparejo con un terminal de hilo cónico que va anudado al monofilamento fino, de forma que podremos lanzar sin romper el hilo y además podremos trabajar bien los peces cuando están cerca para no tener una rotura del hilo en la lucha. Los más utilizados son los que van desde el 0,18 hasta el 0,45, los que comprenden grosores del 0,20 hasta el 0,57, e incluso del 0,23 hasta llegar al 0,60, dependiendo del grosor del hilo con el que lo queramos anudar.
Por lo tanto, es este terminal de hilo cónico nuestra mejor baza para terminar de cansar un pez. Y digo terminar porque la tarea de trabajar y agotar a un pez se tiene que realizar lejos de la piedra, ya que aquí jugaremos con la elasticidad del hilo, el puntero de la caña y el freno de nuestro carrete. Una recogida lenta y disfrutando de los cabezazos del pez reflejados en el puntero serán la mejor recompensa y algo que no se nos olvidará... si es que no se nos escapa el pez, claro está.
Aparejos y cebos
El aparejo más efectivo para la pesca de la dorada es el compuesto por un codal de hilo comprendido entre 1,5 y 3 m de longitud, dependiendo del espacio que tengamos para lanzar y evitando siempre enredar con la piedra en el momento de efectuar el lance. Si optamos por pescar en zonas mixtas o rocosas descartaremos los codales demasiado largos para evitar enredos con las piedras, y si además pescamos con cangrejos éstos serán más cortos todavía para evitar que se metan en agujeros cercanos.
Otra opción para evitar enganches en zonas rocosas es dotar al aparejo de un trozo de foam que haga flotar el cebo. Si es posible, la utilización de anzuelos que no pinchen mucho evitará también un buen número de enganches, por lo que descartaremos los afilados anzuelos de carbono.
A estas gametas empatillaremos un anzuelo como mínimo del nº 2, mientras que el máximo dependerá del cebo que utilicemos: un anzuelo del nº 1 para el gusano grande o similar, y 1/0 para el cangrejo si es de buen tamaño. El hilo de la gameta debe ser de fluorocarbono y preferentemente grueso para evitar cortes con los roces con las piedras. Además, también nos servirá para podernos defender ante una buena pieza con la ayuda del puente de línea.
Cuando montemos una muergo o navaja entera (es decir, con la cáscara) utilizaremos preferentemente un montaje de las mismas características pero con tres anzuelos montados en la misma gameta, separados entre sí lo suficiente para que queden dentro del molusco sin verse nada de ellos. Posteriormente, los fijaremos con tres puntos de hilo elástico para evitar que se abra durante el lance. En caso de que utilicemos gusanos de gran tamaño, una buena opción es empatillar un anzuelo de menor tamaño (nº 4, por ejemplo) de forma corredera encima del anzuelo de la gameta para que éste nos ayude a estirar el gusano y no se nos apelotone al lanzar. Con ello daremos mayor naturalidad al cebo y evitaremos también que el pez se embuche y no se clave.
La elección del cebo es muy personal pero, como ya hemos comentado antes, la gran variedad de alimento que puede encontrar un pez en estos lugares hace que la amalgama de cebos que podemos utilizar sea casi infinita. En cualquier caso, la mejor opción es la de utilizar cebos que abunden en la zona.
En este sentido, sí es de reseñar que en las jornadas que he dedicado a esta modalidad de pesca hay un factor que casi siempre ha coincidido: al amanecer los cebos que lancemos al agua no pueden ser blandos, ya que normalmente abundan los peces pequeños que no nos dejarán optar por una captura mayor. Una buena técnica para sortear este problema es dotar a una de nuestras cañas con un cebo resistente -ya sea choco sucio, muergo entero, tita o cangrejo-, mientras la otra caña se dedica a atrapar pezqueñines con un cebo blando. Llegará un momento en que esta caña deje de ser acribillada, y entonces será el momento de poner cebos más atractivos e intentar pescar nuestra ansiada dorada. Sin desprestigiar, eso sí, a nuestro cebo selectivo, ya que también nos puede dar un susto considerable.
La importancia de una pesca responsable
Si hay un momento bonito y característico en la pesca desde escollera es aquél en que se ve por primera vez una captura desde la posición elevada que nos confiere la piedra. Esa primera silueta que se dibuja bajo el agua, en la que intentamos adivinar el tamaño y peso de la captura y, por supuesto, la especie. Las típicas carreras de las doradas en la orilla se suplen por cabezazos continuos y tirones hacia aguas profundas y hacia las rocas en las que desprenderse de esa extraña cosa que inexplicablemente las hace dirigirse hacia el lado contrario al que ellas quieren ir. Estrés y miedo en el pez, y una gran satisfacción en el pescador.
De este modo, ya que les damos la lata, si no dan la talla o si no nos los vamos a llevar por la razón que sea debemos devolverlos al agua lo menos dañados posibles. Cuestión de responsabilidad.