Hemeroteca :: 01/11/2009
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Editorial
Última actualización 27/10/2009@08:30:00 GMT+1
Desde hace unos años, y a raíz de que surgieran en los medios de comunicación iniciativas masivas en favor de la conservación del planeta con tono apocalíptico sobre la extinción de las especies, la pesca marítima parece haber cambiado de rumbo. No sabemos si se debe al efecto de fenómenos mundiales como el documental Una verdad incómoda, auspiciado por Al Gore. O a casos más cercanos como el presentado este año The end of the line (El final de la línea), que augura el final de todos los peces para el año 2048 en base a un estudio de científicos que asegura que la sobrepesca y la demanda de pescado como alimento dejarán los océanos vacíos en pocas décadas (se puede ver el trailer y obtener información en www.endoftheline.com). El caso es que cada vez más y con soportes como éstos de base para la opinión pública, se intuye una obsesión por conocer el estado de los mares y todo lo relativo a las poblaciones de las especies más emblemáticas, así como del cambio de temperatura y el nivel de algunos océanos.

Prueba de esta tendencia son las continuas convocatorias que se celebran con los túnidos, y especialmente el atún rojo como tema central. Es el ejemplo más claro de hacia dónde camina la pesca hoy en día, y que ya no distingue entre su aspecto comercial y el recreativo, sino que los estandariza en lo que a legislación se refiere, en la mayor parte de los casos. Si el atún era hace años una captura abundante, perseguida y de la que había un cupo generoso, ahora la realidad nos ha llevado prácticamente a no poder pescarlo en ningún rincón de nuestra geografía y a imponer un cupo a la flota pesquera, probablemente más pequeño cada temporada.

El pescador dispone ahora de mucha más información que le permite tener una conciencia distinta acerca de lo que el mar puede darle, y ésto a pesar de llegar cuando muchos de nuestros peces se encuentran en un estado vulnerable. Algunos ejemplos recientes han tenido lugar con la captura de atunes rojo marcados, concretamente por los científicos de AZTI-Tecnalia en el País Vasco. Una embarcación izó un ejemplar a 88 millas al norte de Bakio que llevaba la marca electrónica que le fue adherida un año antes cerca de San Sebastián, pero lo más importante es la información que acumulaba. Ésta le permitió obtener datos como las migraciones que realizó el ejemplar en el invierno hasta las Islas Azores o las inmersiones de hasta 1.000 metros de profundidad registradas por el receptor. Años antes y con otro ejemplar marcado y pescado después, se obtuvieron datos más sorprendentes aún, recogiendo el viaje de un atún dede la costa este americana en Massachussets hasta el Golfo de Vizcaya. Un viaje de 6.000 kilómetros que demuestra una vez más que los males de un océano influyen en los demás.

Esta práctica, la del marcaje y suelta, no debe contemplarse sólo como un método científico de estudio, sino como un técnica con futuro aplicable a concursos de pesca de altura, en donde además de liberar a un pez que puntuaría para la competición se puede aprovechar la circunstancia para contribuir a la ciencia. El procedimiento de esta técnica puede verse en este número a través del reportaje realizado en una jornada organizada para fomentar el marcaje y suelta. Ese parece ser el futuro más inmediato si deseamos seguir pescando determinadas especies con cierta frecuencia.
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