Hemeroteca :: 01/08/2009
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Jigging

Grandes pelágicos en la costa

Última actualización 20/07/2009@11:03:51 GMT+1
Cuando hace unos años empecé a interesarme por la locura del jigging, tenía claro que el abanico de especies pescables en el Cantábrico sería mucho menor que en otros mares. Lo que no sabía es que el abadejo se convertiría en la especie estrella del jigging nuestro de cada día, por su relativa abundancia en temporada sin necesidad de navegar muchas millas, y también por el tamaño que pueden alcanzar estos peces. Y cuando ya crees que los vas conociendo un poco, lo que buscas es esa pieza que con los primeros cabezazos te haga temblar las piernas.

Texto y fotos: Eugenio Maseda
El abadejo (Pollachius pollachius) es un pez bento-pelágico de la familia del bacalao (Gadiformes), relativamente abundante en las costas del norte de la península, que extiende su distribución hasta las de los países nórdicos. De carne blanca y fina aunque delicada, su exquisito y característico sabor es, a mi entender, poco valorado. No obstante, sufre una fuerte presión pesquera profesional, dado el volumen de capturas que se puede llegar a conseguir en temporada. Por su costumbre de formar grandes grupos y su gran voracidad, un palangre puede llegar a sacar 500 o 700 kg de abadejos de buena talla en un solo lance, dejando la piedra casi esquilmada hasta la entrada de un nuevo banco, probablemente en la próxima temporada.

Cuando son juveniles habitan cerca de la costa y es común pescarlos en puertos, donde forman pequeños grupos. A medida que aumentan su tamaño, aumentan también la profundidad en la que se mueven, hasta los 200 metros.

Cuándo y cómo. La presencia o no de grandes abadejos, al menos en las profundidades habituales, viene marcada por la época de reproducción y la temperatura del agua. Seguramente ambos factores van unidos. Comentando el tema con pescadores profesionales y deportivos, hay dos teorías distintas. Los que opinan que se acercan a la costa a desovar y que no comen en ese tiempo se basan en el hecho de que los juveniles viven en poca profundidad y se alejan de la costa cuando alcanzan la madurez reproductora.

La otra teoría, que comparto, es que buscan para el desove profundidades superiores a 150 m, formando grandes grupos. Esto ocurre entre los meses de diciembre y marzo, con ligeras variaciones. Es entre primavera y otoño cuando encontraremos más fácilmente a los abadejos, a veces en grandes concentraciones y con ganas de hacernos pasar un buen rato. El resto del año, localizar a estos peces se convierte en un trabajo duro y correoso. En primer lugar, por la escasez de animales en general. Te puedes pasar doce horas con los ojos doloridos de mirar a la sonda sin ver una miserable bola de carnada. En segundo lugar, por las condiciones meteorológicas que nos suelen acompañar en invierno, un día sí y otro también.

La estrategia. Podemos machacar sistemáticamente con nuestros jigs una piedra y conseguir finalmente una picada de un gran abadejo solitario, pero sólo recomendable cuando no hemos encontrado actividad, después de sondear unos cuantos waypoints sin resultados.

Como he dicho, el abadejo es un pez de gran voracidad y seguirá al alimento formando grupos más o menos grandes. La máxima del jigging, “mucho sondear y poco jiggear”, es premisa fundamental para obtener resultados. Revisar todas nuestras marcas buscando actividad o navegar despacio buscando manchas de peces presa pegados al fondo, sin echar los hierros, no es en esta pesca perder el tiempo. Todo lo contrario. Saber interpretar nuestra sonda implica haber echado los jigs sobre muchas manchas, para llegar a diferenciar en su forma y posición lo que es actividad predadora.

Una vez localizada esta posible actividad y calculada la deriva, colocaremos el barco para hacer una o dos pasadas por la zona caliente. Si están, y están por la labor, se harán notar pronto. Si no es así, mejor pensar en seguir buscando.

El abadejo gusta de colocarse en los laterales de los cabezos y en la zona al abrigo de la corriente, esperando que ésta le acerque la comida a la boca. A veces la carnada se puede desplazar a cierta distancia de la piedra, hacia el limpio, bien movida por la corriente o por la presión de los propios depredadores. Estaremos atentos por lo tanto también a los alrededores de la zona antes de abandonarla. Como el resto de animales, los abadejos no se alimentan durante todo el día y una vez más, el momento del cambio de marea suele ser uno de los más productivos. Será bueno por tanto encontrarnos en ese momento en una piedra en la que sepamos que suele haber grandes piezas.

En cuanto a las horas, personalmente prefiero las horas centrales del día. Durante la noche, las bolas de sardina, caballa y jurel suben a la superficie y regresan al fondo cuando sube el sol. La dirección en la que derivamos sobre la piedra puede ser determinante para atacarla correctamente. Por tanto, unos días favorecen a unas piedras y a otras no. Saber interpretar nuestra zona a base de estadísticas propias nos dará mayor porcentaje de éxito en nuestras salidas.

Nuestras armas: esos plomos de colores. El abadejo es un pez de fondo, y aunque puede perseguir nuestros jigs durante bastantes metros hacia la superficie, lo normal es que ataque en los primeros tirones. En un gran porcentaje de las veces lo cogerán en la bajada y lo tendremos clavado al primer tirón.

Dotado de una enorme boca, el abadejo grande absorbe un jig de 25 o 30 cm sin ningún tipo de problema. No hay que tener miedo por tanto a poner un solo assist corto, pero generoso, minimizando así las posibilidades de enganches en el fondo, con la consiguiente pérdida del jig. Entre un 9/0 y 11/0 sería una buena medida de anzuelo.

Mantener una posición de caña baja durante el jerking nos asegura un cachete más rápido y enérgico al sentir la picada, procurando una clavada más eficaz y antes de que el pez escupa el señuelo. Para pescar en sesenta metros y con una corriente moderada, los jigs recomendables serán como mínimo de 150 g, buscando la verticalidad el mayor tiempo posible.

Las habituales corrientes del Cantábrico nos obligarán en ocasiones a utilizar pesados hierros de hasta 300 o 400 g. Nos decantamos, por tanto, por los long jigs por su menor resistencia a la recuperación. Los cortos dan mucho trabajo cuando pescamos por encima de los cien metros, y aunque no es necesario levantarlos mucho del fondo, las inevitables recogidas hasta el barco son insufribles.

En cuanto al movimiento y ritmo de recuperación, tirones cortos (short jerks) con recuperación lenta, levantando apenas unos metros del fondo, suelen dar buenos resultados. Si no obtenemos picadas, probaremos movimientos más rápidos, también en short, y levantando unos metros más.

Recientemente hemos comprobado la eficacia de los jigs tipo Inchiku o Taburi. Básicamente, un plomo con forma de bala de cuya parte posterior cuelga un pulpito de goma, montado con uno o dos anzuelos, mediante un cordaje. Pueden imitar el movimiento de un calamar o una pelea entre dos peces pequeños. En cualquier caso, algo muy sugerente para un pez con hambre o simplemente con ganas de tranquilidad.

Con movimientos extremadamente lentos o incluso a jig parado, si hay una corriente mínima o con tirones cortos y arrítmicos estos señuelos están demostrando muy buenas maneras con peces desconfiados.

En relación directa con este tipo de muestras está la utilización, por parte de algunos amigos, del anzuelo adornado sistemáticamente con pulpito de goma, en cualquier tipo de jig. Las conclusiones que han obtenido son claras: el assist hook marca diferencias, sobre todo con algunas especies.

Aun sabiendo que tendremos mayor número de picadas, no soy partidario de colocar gomas y vinilos por encima del jig. He perdido peces muy grandes por culpa de los dichosos nudos intermedios. En invierno, cuando es necesario poner un vinilo para motivar a ejemplares solitarios y adormecidos en los pecios, prefiero la opción de colocar una cabeza plomada que haga bajar la goma directamente amarrada al final del bajo.

En cuanto a colores, siempre desde un punto de vista tan personal como discutible, los rosa-flúor en primer lugar, seguidos de cerca por amarillo-flúor, blanco y naranja. En ocasiones en que los abadejos estaban comiendo en un banco de caballas, he probado jigs con imitaciones de este pez sin notar aumento en el número de picadas, más bien lo contrario. Los jigs luminiscentes, que se cargan con la luz, se hacen muy útiles por encima de los cien metros.

Podríamos discutir sobre el complicado mundo de la visión de los peces y hacer sobre esto miles de conjeturas. Soy de la opinión de que los abadejos, al igual que el resto de peces que habitan en profundidades similares, más que colores perciben vibraciones y, como mucho, contrastes de colores. Con esto quiero decir que nuestro éxito con uno u otro jig dependerá en gran medida de lo cómodos que pesquemos con él y de cómo lo movamos.
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