Ciprínidos
Claves para una pesca vertical con éxito
Última actualización 23/06/2009@13:37:28 GMT+1
En ocasiones la localización de los barbos se convierte en una tarea complicada. Los emplazamientos en los que antes solíamos pescarlo ahora se encuentran vacíos y sin actividad. Es el momento de probar nuevos métodos de búsqueda y de intentar captar su atención desde las profundidades mediante una pesca vertical. Se trata de lanzar nuestros señuelos a plomo y realizar leves tirones.
Texto y fotos: José María Romero.
Dicen que los que vivimos a orillas de un embalse estamos siempre al tanto de lo que ocurre y se mueve en el interior de sus aguas, que tomamos buena nota de lo que acontece e interpretamos las incidencias como si formásemos parte del medio. Pues bien, nada más lejos de la realidad. Son tantos los factores que inciden en el comportamiento de las especies que resulta difícil, cuando no imposible, predecir una simple jornada de pesca. Es cierto que estar persistentemente al pie del cañón, tener en cuenta los factores climatológicos y conocer a fondo un embalse, proporciona al pescador una dosis de información que te hace descartar muchos escenarios por falta de vida. Escudriñar una orilla con previsión de posibles picadas y acceder a las zonas generalmente calientes no supone tanta pérdida de tiempo como pegarse toda una jornada lanzando sin ton ni son donde por circunstancias evidentes, los peces no dan, ni darán señales de vida.
Entrado el otoño y coincidiendo con la apertura de la veda de caza, cuelgo las cañas y ordeno detenidamente las imágenes reflexionando sobre qué es lo que puedo aportar en esta revista que no se haya escrito, que sea interesante, novedoso y que reporte información, técnicas, datos y señuelos para los aficionados. Detecto que mis escenarios se han renovado, que los embalses nunca tienen el mismo perfil y que los peces modifican constantemente su comportamiento, viéndonos obligados a utilizar nuevas técnicas, señuelos, modalidades y aparejos.
Resulta conocido por todos los aficionados el juego que nos proporcionan los barbos cuando están activos recechando y atacando sus presas. Subidas en superficie, persecuciones constantes y un apetito insaciable. Pues bien, un año más han sido estos ciprínidos los protagonistas principales, pero con una salvedad, y es que no dieron la cara como es debido, ni en las orillas ni en las capas superficiales del embalse, viéndonos obligados a localizarlos cambiando de técnica y aparejos. En esta ocasión, las fotos hablan por sí solas, estamos todos subidos en la embarcación, lejos de la orilla, en mitad del embalse y con muchas peleas y capturas en nuestras manos, aunque no todo era lanzar y sacar. Había que hacerlo bien y sobre todo dar con ellos. ¿Dónde? A gran profundidad y entre los bancos de alevines de años anteriores.
Hace algunos años escribí en esta revista un artículo sobre la pesca de los barbos entre estos bancos de peces presa (T.P nº 140 ). La caña que portábamos por entonces era la de mosca y los señuelos eran imitaciones de cucarachas y hormigas, capaces de excitar a aquellos barbos que deambulaban por las orillas. Era evidente que si entraban a los estrímeres, se podían capturar también a lance ligero ofreciendo sus delicias al pescador más exigente.
Barbos en profundidad
Ya bien entrada la temporada primaveral y coincidiendo con el aumento de la temperatura del agua, los barbos se acercan fielmente por las orillas en busca de alimento, siendo susceptibles de pescarse tanto a mosca como a lance ligero. Esta temporada pasada sus comportamientos cambiaron sustancialmente ya que las orillas estaban exentas de esa vida a la que nos tienen acostumbrados estos peces; pocos ataques, aguas muy claras y algo que no ocurría desde algunas temporadas: más carpas que barbos por las orillas.
Confieso que mis compañeros y yo lo vimos negro para dar con ellos los primeros días del verano. La escasez de lluvias a principios de primavera y por tanto la falta de correntías en la época de la puesta fue seguramente la causante principal de esta falta de minitallas por las orillas. Me pasé varios días tocando los puntos calientes y los barbos apenas daban señales de vida. Pocas capturas y mucho que estudiar y aprender en un embalse cambiante que cada año nos sorprende con nuevas sensaciones. Cuando esto ocurre, a los pescadores se nos pasa de todo por la cabeza: echar la culpa al cambio climático, a la introducción de nuevas especies invasoras o a una temporada que no acompaña.
En algunas anconadas del embalse las bogas de media talla saltaban al parar nuestra embarcación, pero en pocos minutos se establecía la calma y apenas percibíamos señales de vida en la superficie. La primera opción siempre es trastear en superficie con la caña de mosca y después a medias aguas con lance ligero. Los fracasos se sucedían y los peces -nuestros barbos- apenas daban la cara después de innumerables lances con el resultado de escasas capturas. Cambiábamos el rumbo dirigiéndonos hacia nuevos escenarios y todo seguía por los mismos derroteros. No obstante, y con afán de localizarlos, continuamos tocando y tocando diferentes puntos del embalse. Recordando temporadas anteriores con experiencias a gran profundidad en el pantano del Zújar, optamos por buscarlos “bien abajo”, detectando algunos toques a eso de los 7 metros. Pero tan sólo conseguíamos algunas capturas de media talla al tiempo que perdíamos nuevamente el norte.
Todo ello nos hizo buscar a más profundidad lugares donde la luz apenas llega y los peces reaccionan casi por instinto. Ya metidos en los 10 y 12 metros comenzamos a sentir los “impactos” frecuentes y con picadas tan enérgicas que se clavaban prácticamente solos cuando parecía que se habían perdido todas las ilusiones. Estas picadas a tanta profundidad nos hacían reflexionar al tiempo que descubrir nuevas facetas de una especie que, donde quiera que esté, necesita saciar su hambre y atacar conforme al instinto natural que les caracteriza en La Serena. ¡Todo un espectáculo! Fuera de nuestra vista, ¡a grandes profundidades!
Barbos depredando
Como suele ser habitual, los ciprínidos estaban “encebicados” con generaciones anteriores de bogas y no existía para ellos otra obsesión que no fuera perseguir sus presas hasta la extenuación, ¡estén donde estén! Se podían intuir bancos de pececillos que se desplazaban de un lado para otro acosados por sus perseguidores. Barbos unidos con un mismo fin: acuden una y otra vez a cazar en grupos hostigando continuamente a sus presas.
Las anconadas del embalse, como zonas más protegidas por los vientos, parece que motivaban la presencia abundante de las minitallas y, como consecuencia, la de los barbos para encontrar el sustento. En estos escenarios encontrábamos puntos críticos donde los pequeños hallan refugio y alimentación abundante, lugares que se caracterizan por disponer de fondos legamosos, matorrales y árboles sumergidos idóneos para concentrarse y defenderse formando grandes bancos de peces.
La sonda de la embarcación, aunque no siempre imprescindible, nos ofrecía una información relevante sobre la profundidad y estructura del terreno, ayudándonos a localizar esas zonas propicias. Tenemos que pensar que estas anconadas fueron pequeños arroyos cuando aún no estaban esas aguas embalsadas; esto nos hace pensar que las zonas de rocas y vegetación estaban en los puntos más céntricos de las mismas, coincidiendo siempre con la máxima profundidad. En ocasiones, llegamos a tener clavados hasta cuatro ejemplares al mismo tiempo. Merece la pena recordar estos momentos porque la alegría se transmitía conforme se iban sucediendo las picadas. Como es de prever, no sólo los barbos se sumaban a la fiesta; basses y peces gatos nos sorprendían con picadas similares y nos proorcionaban gratas sorpresas.
Los ataques de los barbos a nuestra artificial no siempre eran firmes, siendo su comportamiento idéntico al que nos tienen acostumbrados a poca profundidad, proporcionando picotazos y golpetazos continuos a los señuelos de vinilos, momentos intensos y de máxima concentración previos a la clavada. Cuando les cogimos el “punto” a estos peces las jornadas se sucedieron por lo general abundantes en capturas y pronto se corrió la voz para disfrutar de una pesca asequible para todos.
Jigging de agua dulce
Intentamos llegar al escenario procurando situarnos con el motor eléctrico en el lugar escogido y haciendo el menor ruido posible. Debemos tener siempre en cuenta la dirección del viento, ya que éste nos ayudará a desplazarnos en silencio. Cuando estamos en la cota de los 8 o 10 metros de profundidad comenzamos a dejar caer los señuelos hasta el fondo. Es conveniente que estén muy plomados y que hagan si es posible ruido en el fondo. Esto les motiva enormemente, y si están muy activos suelen dar picadas antes de tocar tierra. Cuando nuestro cebo apoya se detecta perfectamente, momento en que comenzaremos a dar tironcitos intermitentes posando nuevamente el señuelo en el fondo; si damos pronto con ellos, los toques se sucederán uno tras otro sin dilación. Cuando nos plantamos encima del cardumen no es extraño que todas las cañas tengan un ejemplar al otro lado de la línea.
Los barbos para atacar en estas circunstancias no son demasiado exigentes; los señuelos que utilizamos son imitaciones de pececillos a base de vinilos. Unos vienen plomados formando un diseño propio y otros debemos montarlos con esos anzuelos que vienen adheridos a la bola de plomo incorporada alcanzando un peso tremendo. Ambas cañas, de casting y spinning, son ideales y preferiblemente de poca longitud. A mí me gustan de acción rápida y potente. Es imprescindible pescar con buenos carretes que tengan un embrague ajustado y equilibrado. Los anzuelos deben ser de máxima calidad, pues los primeros tirones de los barbos son muy potentes, tremendamente bruscos y rápidos, debiendo reaccionar con precaución para evitar que se enderecen o partan nuestro sedal.