Hemeroteca :: 01/06/2009
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Viajes

La captura más salvaje en las aguas más idílicas

Última actualización 26/05/2009@09:26:44 GMT+1
Aunque más conocida por haber albergado los rodajes de El señor de los anillos, Nueva Zelanda ofrece algunas opciones verdaderamente atractivas para la pesca en el mar. Y lo mejor es que estas aguas son prácticamente vírgenes. razones más que suficientes que justifican una aventura en busca de los enormes monstruos que habitan los traicioneros mares de esta zona del planeta, situada en las antípodas de nuestro país.

Texto y fotos: Meter Christensen
La primera parada de nuestra aventura de tres semanas son los puertos naturales de Rangiputa y Parengarenga, en la costa noreste de la isla norte de Nueva Zelanda. Temprano por la mañana del primer día, nuestro guía, Nik Mathiesen, pone en el agua su barca de aluminio de siete metros desde una playa de arena fina y abandonamos el Rangiputa. Mientras nos alejamos, pienso que en días grises y nublados como éste el puerto parece más un fiordo de mi Dinamarca natal que un enclave natural de este paraíso de la naturaleza que es Nueva Zelanda. La profundidad es de unos 3 o 4 m en casi toda la bahía, con fondos arenosos interrumpidos solamente por algunos bancos de algas. Sin embargo, hay una diferencia ostensible. En un fiordo danés es una gran suerte toparse con una trucha de mar de cinco libras; el Rangiputa, sin embargo, alberga tiburones cobrizos de 350 lb, tiburones blancos de pequeño tamaño y yellowtail kingfish (Seriola lalandi, y cuyo nombre en español es jurel de Castilla) tan grandes que podrían destrozar con facilidad una caña de mosca de línea 14. Todo esto en aguas con una profundidad no mucho mayor que la longitud de una caña.

Nuestra primera misión es capturar un gran tiburón cobrizo, de forma que ensartamos medio mújol en un anzuelo circular del 10/0 y lo lanzamos en un agujero de 6 m de profundidad. A continuación, aflojamos el freno del carrete Stella 20000. La marea está bajando, arrastrando multitud de peces presa con ella, mientras una tormenta empieza a hincharse sobre nuestras cabezas, lo que crea un ambiente de cierta tensión. Todo parece una premonición del drama que nos espera en las saladas aguas de Rangiputa.

Para mí, los tiburones pertenecen a un reino especial de criaturas de fantasía, un reino que comparten con los dragones, los unicornios y otros monstruos marinos, y tal vez una o dos atractivas sirenas. La idea de tener realmente clavado uno al final de mi trenzado de 80 lb es sencillamente absurda. Pero de repente el Stella comienza a cantar y a soltar línea más y más rápido, y caigo en la cuenta de que un tiburón es ciertamente una realidad tangible que ahora se agita con mi mújol entre los dientes, a tan sólo 30 m de distancia. Mi compañero, Mikkel “Pop” Poppelhøj, es el primero en alcanzar la caña y da el cachete. El tiburón reacciona violentamente y comienza una frenética carrera con la que saca más de 150 m de línea sin importarle mucho los 12 kg de presión a los que está ajustado el freno del carrete. Repentinamente, hace una serie de saltos y la superficie del agua explota en un inmenso chapoteo. Pop se aferra a la pequeña caña de jigging con toda su fuerza y poderío, pero desafortunadamente no es el más grande ni más fuerte de los hombres, y conectado a los 3 m de “cobre” que se agitan al otro extremo tiene serios problemas.

Bajo el cielo plomizo la pelea se alarga durante un buen rato, antes de que el tiburón comience a dar vueltas a unos 30 m de la orilla de una pequeña isla en la que nos encontramos. Es tarea de Nik agarrar al tiburón por la cola y arrastrarlo los metros finales hacia aguas someras donde poder hacerle una foto y liberarlo del anzuelo... pero esto es más fácil de decir que de hacer. Con su gigantesca cola fustigando salvajemente el agua a diestro y siniestro, el tiburón está a punto de tumbar a Nik en varias ocasiones. En una de ellas, el tiburón se revuelve sobre su costado tratando de clavar sus dientes en el molesto idiota que está tratando de agarrarlo por la cola. Nuestro guía consigue evitar a duras penas las fauces del pez y esprinta hacia la orilla a toda velocidad mientras, por un breve instante, creo que considera seriamente buscarse otro trabajo. Sin embargo, finalmente el monstruo se postra inmóvil a nuestros pies, y Pop y Nik se arrodillan para admirar la enorme bestia. El anzuelo circular permanece perfectamente clavado en la comisura de la boca del pez y se puede extraer fácilmente, incluso sin la ayuda de tenazas. Yo disparo un par de fotos antes de liberar al tiburón, el cual lentamente desaparece en la distancia con su aleta dorsal triangular cortando las olas como un arado.

Encuentro con Mr. Black. Este éxito con la captura del tiburón cobrizo nos lleva a la búsqueda de nuevas aventuras, por lo que nos dirigimos incluso más al norte para intentar la pesca desde la orilla del yellowtail kingfish, cuya traducción deja claro al menos uno de sus rasgos: kingfish de aleta amarilla. En Nueva Zelanda, sin embargo, a este pez se le conoce sencillamente como kingfish, por lo que así le denominaremos aquí también a partir de ahora. Nos encontramos en un área cercana al punto más al norte del país, acertadamente llamado North Cape. Frente a este cabo se unen las aguas del Mar de Tasmania y del Océano Pacífico, atrapando millones de peces presa en sus poderosas corrientes y, con ellos, a sus miles de hambrientos depredadores perseguidores. Así, en estas aguas pasan el verano grandes ejemplares de hembra de marlin negro alimentándose vigorosamente de salmones blancos y carángidos, sin parar de crecer. Los marrajos comunes se unen al festín, y también los kingfish más grandes del mundo y los marlin rayados.

Es a la mañana siguiente cuando volvemos a embarcarnos para buscar los grandes kingfish. A pesar de las complicadas condiciones atmosféricas, buscamos grandes bancos de carángidos y de salmones blancos a tan sólo unos cientos de metros de la orilla. Hacemos curricán con un salmón blanco vivo o jigging pesado, que es una de las mejores técnicas para capturar los ejemplares más grandes. El único problema es que un salmón blanco de 3 kg sujeto con un montaje de tipo arnés (bridle rig) trabajado cerca de grandes bancos de peces presa es probable que sea devorado por cualquier depredador que se acerque. Yo hago el primer turno vigilando la caña, de forma que me aferro a ella ansiosamente, sosteniendo el trenzado bien tenso con mi dedo índice. En estos momentos, el cebo, en su arnés, ya se ha dado cuenta de que se encuentra en una situación más que delicada y tira frenéticamente tratando de escapar. Después de 20 minutos de curricán comienzo a impacientarme un poco; con semejante banquete de peces presa parece que algo grande y “malvado” debería haber ahí abajo.

De repente, un gran estallido en la superficie del agua a sólo unos pocos metros por detrás de la barca, en medio de una vorágine de agitación, y los tres clavamos nuestra mirada en el azul que nos rodea con una mueca de incredulidad en nuestros rostros. Segundos después, la línea se afloja: un gran kingfish ha encontrado finalmente nuestro salmón blanco.

Rápidamente aprieto el freno del Saltiga 6500 a aproximadamente 15 kg, acciono el seguro y doy el cachete tensando la línea. La pequeña caña de jigging se curva entonces como una hoja contra el viento y la bobina del carrete comienza a girar cada vez más deprisa. Nik y Pop parece que me culpan de que gire tan rápido, y antes de que pueda darme cuenta Pop ha apretado el freno del carrete al máximo: ¡más de 25 kg! Incapaz de soltar la caña para aflojar el carrete, aguanto como puedo y casi caigo por la borda ante la embestida de tan poderoso adversario. Sencillamente, no es posible que esto sea un kingfish. Después de un rato, nuestro trenzado amarillo cambia de dirección, ya que el pez se dirige ahora a la superficie. “¡Marlin!”, grita Nik, y un instante después 5 m de marlin negro hacen una elegante pero brusca aparición en superficie, sosteniéndose en el aire durante un larguísimo instante. El bajo de 80 lb de fluorocarbono no es nada adecuado para la afilada espada del marlin, y un sordo pero fuerte estruendo se propaga raudo sobre el mar cuando el bajo se rompe. Es el momento en que yo me quedo tan sólo con el recuerdo. Eso sí, un recuerdo de pesca digno del viejo pescador del libro de Hemingway.

A pesar de que, potencialmente, capturar uno de los “grandes” raya no es imposible, la verdad es que estos encuentros con marlin ocurren una o dos veces por temporada y forman parte de este tipo de pesca. Tener la posibilidad (o correr el riesgo) de clavar un marlin en tan sólo 50 m de agua es algo que añade un poco de salsa a la pesca con pez vivo.

Depresión con los kingfish. Hemos cambiado las aguas infestadas de marlines de North Cape por las de la Bay of Plenty y East Cape, el lugar donde se capturó el actual récord del mundo de kingfish a mosca, una pieza de 25,2 kg. Nik maneja el bote en círculos alrededor de pináculos sumergidos muy cerca de la orilla y la sonda muestra bancos de peces presa que se extienden desde escasos metros bajo la superficie hasta el mismo fondo. Cada pocos minutos, una enorme sombra roja como un pintalabios planea sobre los bancos de peces presa, en lo que es una señal inequívoca de que los grandes kingfish están cazando.
“Vamos a probar aquí, chicos”, dice Nik con una sonrisa de complicidad en su rostro. Lanzamos dos enormes estrímeres por detrás del bote, los cuales se hunden rápidamente en el profundo azul gracias a las líneas de 500-grain. Justo antes de que comience a recuperar la mosca, mis ojos se encuentran con los de Nik, y recuerdo haber pensado que algo no iba bien. Su expresión es de anticipación y emoción al mismo tiempo, pero también de ominoso pesar, como si supiera que el siguiente lance tendrá consecuencias duraderas.

Recojo, recojo, recojo, recojo... y ¡zas! Es el caos lo que sigue al cachete. La línea se desliza cortante a través de mi puño apretado ante la tensión que la empuja despiadadamente hacia abajo, hacia el fondo, hacia las profundidades. Una vez que tengo contacto directo con el pez, aprieto el freno de mi carrete Loop Opti Big tanto como puedo, pero la bobina sigue girando. Por un instante me pregunto si Mr. Black no nos habrá seguido hasta aquí... Y es que resulta un misterio como un pez relativamente pequeño como un kingfish puede ponernos en tal aprieto a pesar de que estamos utilizando uno de los equipos de pesca a mosca más pesados del mercado. La lucha se prolonga durante 20 minutos con una presión máxima sobre la línea 12 y finalmente un bonito kingfish de unos 10 kg aflora en superficie.

El siguiente en la cola es Pop, que ha optado por un equipo incluso más pesado: un descomunal carrete Abel, con una línea hecha a medida del 16 montando en una caña de mosca de 7,6 pies. Pop ha realizado solamente dos tirones recuperando su mosca, cuando ésta es brutalmente engullida. Mi kingfish presentó una batalla extremadamente dura, pero comparado con el tren expreso que Pop acaba de clavar parece un caniche bien educado con la correa puesta. Pasan sólo unos segundos antes de que el pez alcance los traicioneros pináculos del fondo, lo que obliga a Pop a luchar por cada centímetro de backing. En un par de ocasiones, Pop se las arregla para ganar medio metro, pero sólo para perderlo en cuestión de segundos. En realidad, nunca llega a haber auténtica esperanza de salir victoriosos de esta pelea, ya que se trata de una batalla perdida desde el principio. El kingfish encuentra finalmente un canto afilado en el fondo de roca y rompe la línea. La parte positiva es que sólo llevamos media hora de pesca, y por tanto tenemos todavía cinco días por delante. Además, pronto será luna llena.

Pero nuestras ilusiones se iban encontrando poco a poco con un panorama desolador. Cinco días después de esa jornada inaugural y su primera media hora de prometedoras picadas, Pop se tambalea al borde de un ataque de nervios. El marcador es abrumador: kingfish 47 - Peter y Pop 5. Hemos perdido 3 colas de rata enteras, se nos acaba el fluorocarbono de 80 lb y hemos partido dos cañas. Nuestras articulaciones están moradas, nuestros duendecillos derrotados y los brazos parecen haberse alargado considerablemente, posiblemente de sujetar cañas en tensión durante largas jornadas. Sin embargo, sí hemos capturado algunos inmaculados kingfish de hasta 16 kg, lo que es un auténtico monstruo con una caña de mosca. Además, clavamos muchos peces cerca de la superficie que estaban a buen seguro entre 20 y 30 kg, pero nos derrotaron una y otra vez.

En mi opinión, el kingfish es junto con el jurel gigante y el pez gallo uno de los peces deportivos más espectaculares del mar. Clavar un kingfish de tamaño récord con una caña de mosca es tarea fácil, pero llevarlo a la barca es virtualmente imposible. Para los pescadores de mar con mosca que gusten de la aventura o para aquellos que quieran hacer jigging rápido, tengo que decir que la pesca de esta especie es obligada. Si os atrevéis a llevarla a cabo, es que éste es realmente vuestro tipo de pesca. Por nuestra parte, Pop y yo aún hoy sufrimos una profunda depresión causada por todos esos kingfish que perdimos, a la par que pensamos en que éste es el verdadero y más profundo mensaje que Nik quería transmitirme con aquella mirada justo unos segundos antes de que yo clavara mi primera pieza...
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