Alas lubinas, caprichosas e inconstantes, podemos encontrarlas en ambientes totalmente diferentes: playas, roquedos, bajíos mar adentro... y la estación del año, la climatología o las mareas entre otros factores, condicionarán estos lugares, convirtiendo un escenario determinado en propicio o inadecuado. Pero si tuviese que elegir una zona particularmente querenciosa, ésta sin duda sería un estuario, entendiendo por ello a la desembocadura de cualquier río de mediano tamaño.
La acumulación de nutrientes en estas zonas debido a la unión del agua dulce y la salada, mantiene una gran diversidad de especies. Con las mareas llenantes el nivel de los ríos sube; luego, la bajante llevará en suspensión un aporte extra de materia orgánica, produciéndose un efecto de cebado natural que por lo general movilizará multitud de especies, incluida nuestra apreciada lubina. De ahí que las mareas bajantes suelan ser las mejores. Las lluvias crearán un efecto similar y por ello los días lluviosos (sobre todo en los meses de octubre a diciembre) cuando el río incrementa su caudal suelen ser excelentes y constituyen un inmejorable panorama para las grandes capturas salvo que las aguas se enturbien en exceso, lo que nos puede complicar la pesca.
Por otra parte, los estuarios son extremadamente sensibles a los vientos, más concretamente al oleaje que éstos provocan, alterando su fisonomía al desplazar grandes cantidades de arena que se acumularán en diferentes lugares, lo que nos obligará siempre a un reconocimiento previo para detectar las zonas más fructíferas, puesto que la corriente principal será también susceptible a estos cambios, y los declives, hondonadas y zonas someras, imprescindibles de conocer, se verán también frecuentemente alteradas.
También hay que decir que la pesca en el mar es, para mi gusto, una pesca eminentemente nocturna (con algunas excepciones, como por ejemplo la palometa y la anjova). Y en los estuarios, a menudo de aguas cristalinas, la oscuridad y la tranquilidad que trae la noche disminuye el recelo de nuestro predador favorito, mostrándose más activo ante la facilidad para capturar sus presas amparándose en las sombras.
Jugando a las muñecas rusas: zonas estratégicas
Si habéis oído hablar alguna vez de las muñecas rusas o matioskas, sabréis que se caracterizan porque dentro de ellas se encuentra otra de menor tamaño, y dentro de ésta otra, y dentro de ésta otra más... Y si os pongo este ejemplo no es tan sólo para ilustrar el artículo. Esto hace referencia a un importante concepto que suele pasar inadvertido para la mayoría de los pescadores. Y es que hay que tomar conciencia de que un estuario no es un único lugar a pescar, entendiendo que no toda el agua que aparece ante nuestros ojos es igual, que no basta con escoger un lugar cualquiera (esa piedra que nos parece más cómoda) y comenzar a lanzar. Por el contrario, debemos dividir el conjunto de las aguas en zonas, individualizándolas y reconociendo sus características propias, pues las pescaremos de forma diferente. En general, distinguiremos:
- Aquellos lugares de mayor profundidad donde la corriente tire más, esas hondonadas frecuentemente delimitadas por barras de arena sumergidas que no tienen que estar necesariamente situadas en el centro del cauce.
- El punto de confluencia de las aguas dulces con las saladas, línea imaginaria que reconoceremos próxima a la desembocadura.
- Los bajíos que se forman cuando la marea ya apenas tira y antes de que se pare del todo. Este lugar lo tendremos sólo en las últimas horas de la bajamar.
- La desembocadura propiamente dicha, hacia mar abierto.
Un señuelo sencillo y versátilMi señuelo preferido en este tipo de escenario es el pez de vinilo. De entre la amplia gama que existe en el mercado me decanto por el modelo más simple con forma de pez, con el que obtengo los mejores resultados, aunque no hay que descartar otros, sobre todo los de aspecto realista.
La silueta alargada de estos señuelos y su movilidad son las responsables de que sean tan efectivos. El gramaje del anzuelo plomado en el que los insertaremos dependerá de la distancia de lance que necesitemos conseguir, la cual generalmente no será excesiva, bastando con utilizar pesos medios, salvando el inconveniente de ciertas condiciones, por ejemplo, un fuerte viento de cara. Tened siempre presente que a más peso menor movilidad, lo que restará efectividad. Por otra parte, tampoco necesitaremos habitualmente trabajar a profundidad. Además, la lubina responde bien a los señuelos que pasan por encima de ella, prefiriendo atacar sus presas cerca de la superficie, esto es, de abajo arriba, por lo que intentaremos pescar próximos a la superficie y profundizando algo más en las llenantes.
La máxima efectividad del vinilo la obtendremos recogiendo contra la corriente a pequeños e irregulares tirones, asemejando un pez que remonta las aguas con cierta dificultad. De vez en cuando, conviene imprimirle un movimiento más activo, elevando bruscamente la puntera para que ascienda hasta casi la superficie, y dejar que luego descienda rápidamente. Detenerlo unos instantes, en muchas ocasiones, puede decidir la picada.
Buscando las zonas donde la corriente es más intensa
En primer lugar nos situaremos hacia el punto medio de la desembocadura (preferentemente donde la anchura sea menor) y desde allí comenzaremos a tantear el terreno lanzando hacia el frente, ligeramente en oblicuo, a la inversa del sentido de la corriente. Comenzaremos a recoger, con la puntera de caña en alto, hasta que lleguemos al punto de contacto con la corriente principal. Entonces sentiremos cómo el señuelo empieza a ser sostenido por la corriente, que tenderá a levantarlo. Es el momento de recoger más despacio, bajando la puntera a la par que damos pequeños tirones, dejando que la fuerza del agua sea el motor que anime nuestro engaño. A partir de ese instante, debemos estar pendientes de esos impulsos de la corriente y detectar la fuerza con la que nos retiene el señuelo. Hay que aprender a sentirlo navegar al otro extremo de sedal, intuir cómo se mueve según la fuerza que actúa sobre él, acrecentando o disminuyendo la velocidad de recogida, la cual intentaremos que sea lo más lenta posible sin que el jig baje al fondo. Como es lógico, el vinilo describirá una trayectoria curvilínea hasta situarse en paralelo a la posición que ocupamos, pero el momento crucial es ese lapso de tiempo en que navegará por el flujo más intenso de las aguas y por sus laterales.
Ya sólo nos quedaría modificar nuestra posición si es preciso, desplazándonos hasta dar con el lugar donde la corriente sea más fuerte. ¡Y ese será nuestro punto de partida! Os preguntaréis: ¿puede haber tanta diferencia de resultados de pescar treinta metros arriba o abajo de un punto determinado?
En ciertas condiciones, cuando el perfil del estuario es uniforme, la corriente principal puede ocupar una banda ancha y bastante larga de terreno. Si además los peces se muestran activos, cualquier punto puede ser fructífero -lo cual no quiere decir que unos no lo sean más que otros-. Pero en otras muchas ocasiones la elección de la zona a pescar puede marcar una significativa diferencia.
Las barras de arena que se forman en determinados lugares suelen flanquear zonas más profundas donde las corrientes que las transitan se convierten en auténticas autopistas por donde circulan las lubinas a la caza, que habitualmente suelen ir en bandos más o menos nutridos. Pescar ahí puede suponer una diferencia abrumadora de piezas con respecto al resto del pesquil. Además, hay que saber que con el paso de las horas y el lógico cambio que conlleva la variación en la fuerza de la marea estas zonas calientes suelen cambiar de posición. Sucede con frecuencia hacia el final de la bajamar, con la acusada pérdida de profundidad de las aguas. Sentiremos entonces cómo decrece la fuerza de la corriente que actúa sobre el señuelos y las picadas comienzan a disminuir gradualmente hasta llegar a no producirse ninguna. Es el momento de desplazarnos unos metros hacia la desembocadura para retomar esta vena de corriente donde probablemente volvamos a obtener picadas.