Pesca de Mar
Crónica de una semana en las aguas del Ebro
Última actualización 21/04/2008@16:43:07 GMT+1
Pocas veces un pescador puede permitirse el lujo de dedicarse por completo a esta pasión durante una semana. Esta es la crónica de las peculiares vacaciones del autor en uno de los escasos paraísos de pesca españoles: el Delta del Ebro. Por si fuera poco, en esos días tuvo la oportunidad de coger el palometón de su vida.
Del 20 al 27 de octubre disfruté de unas merecidas minivacaciones para afrontar un reto ilusionante: intentar pescar alguna pieza récord. Como siempre, el tiempo era un factor importante, marcando las pautas de comportamiento en los peces y en la práctica de la pesca. Y es que, en esta región cuando el viento azota es difícil aguantar imperturbable. Como bien me advirtió mi hermano, los dos primeros días “haríamos el tonto” de aquí para allá, de una zona del río a otra, sin poder salir a mar abierto. En realidad, sólo hubo un día en que nos pudimos adentrar un poco más. Una circunstancia que nos falló y por la que no pudimos disfrutar plenamente de otras especies que no pueblan el río, como túnidos o lampugas, por ejemplo.
En el transcurso de esta primera jornada de pesca, el curricán fue nuestro aliado, aunque no tuvimos ni una picada. Sólo varios enganches, con la incertidumbre que ello conlleva de atrapar alguna pieza, la cual por alguna extraña razón no quedaba prendida y en su lugar venía un puñado de algas.
Por este motivo y alguno más, decidimos que el spinning sería nuestra mayor baza ese día. Adentrándonos río arriba observábamos algunos kilómetros seguidos con abundantes posturas que estaban preparadas para nuestra llegada. Esta circunstancia abría un panorama por descubrir, machacar y trabajar duro. Deambulamos de un lugar a otro, pasando horas enteras hasta que la fugaz huida de unos peces presa nos dio esa alegría impalpable que hace que seamos pescadores.
A toda prisa nos dirigimos a ese lugar para prospectar la zona con los primeros lances. Primero cerca de los saltos y luego el área próxima. Si a este sistema de pesca (ya de por sí divertido como pocos) le añadimos el empleo de una barca, el resultado es una pareja letal, tal y como quedó demostrado enseguida. Al segundo lance ya tenía enganchada una pieza, que si bien no era un gran trofeo sí nos pareció un buen premio. Por fin estábamos haciendo algo bien. Tras el combate, transcurrieron nuevos ataques en forma de zambullidas y carreras alocadas mientras devolvía la preciosa lubina de buen aspecto al agua.
El siguiente lance tuvo como destino el mismo lugar y también el resultado fue el mismo. Esta vez, la captura cabeceaba un poco más, pero venía bien prendida, y en pocos segundos un pequeño lirio yacía en mis manos. Creo que el vinilo era más grande que él. Vigilando no cortarme con sus dientecillos, fue al agua de nuevo. Varios lances más nos dieron otras tantas lubinas que iban acompañadas de pequeños lirios, y tras acabar la jornada de pesca la única conclusión que sacamos era que a priori el spinning sería la técnica a desarrollar.
A la noche agradable le seguiría un nuevo día, soleado y sin ningún tipo de brisa, lo que hacía presagiar que podría tratarse de una muy buena jornada. Un desayuno potente y al agua con la barca de nuevo. Esta vez, con las ideas más claras, cometimos el mismo error de perder horas con el curri, aunque la excusa esta vez era que teníamos que ir a la desembocadura para ver cómo estaba el mar y no costaba nada soltar un par de rapalas de camino. Nada, claro está, excepto el tiempo que pierdes en preparar todo para esta técnica y en ir prospectando las orillas a un par de nudos de velocidad. La verdad es que la mayoría de los que estábamos embarcados utilizamos esta técnica, amén de los guías profesionales de la zona y pescadores extranjeros, quienes intercalaban la pesca con cebo vivo.
Sin poder salir a mar abierto y dando unas pasadas sin resultado, decidimos volver río arriba y esperar esas lubinas que tanto nos alegraron el día anterior.
Basses de agua salada. Todas los días era una imperiosa obligación ir a la desembocadura y ver cómo estaba el mar, por si era posible rebasar esta zona. Esto se traducía en una continua e incesante preocupación en lo referente al estado del tiempo, visionando las noticias de televisión y los periódicos. A pesar de que la paciencia era aún acto de obligación, después de cómo habían ido los días anteriores fuimos entrando en una atmósfera de negatividad impalpable por no poder hacer lo que realmente queríamos: salir a mar abierto tras los palometones, lirios y otras especies pelágicas. Sólo la tranquilidad de tener varios días más en la reserva nos proporcionaba un poco de respiro. Además, el ajetreo de barcas y pescadores del fin de semana se había reducido a la mitad.
Después de comer partimos río arriba desde una de las rampas de la pequeña urbanización de Riumar. Costaba ver alguna estela de agua producida por algún depredador, pero cuando la tarde se echó encima la caso cambió... y de qué manera. Las zonas que días antes nos depararon alguna captura, ahora eran lugares sin vida, lo que nos llevó a buscar otros puestos. Los canales fueron nuestro talismán y pronto aconteció la primera captura.
Habíamos engañado una lubina, depredador tanto de agua salada como de agua dulce, y una tras otra empezaron a sucederse las capturas a lo largo de la tarde. Sin cambiar de artificial y ajustando los lances a los cortados de arena, solía producirse picada o persecución. Afortunadamente, se trataba de uno de esos pocos días que se dejan entrever a lo largo del año. Por si fuera poco, el tamaño medio de la lubina iba aumentando en centímetros a medida que transcurría la apacible tarde.
Lomos de peces que creíamos lubinas asomaban en la superficie, asombrándonos a cada instante con su buen porte, por lo que decidimos no darles tregua. Un espacio reservado para los amantes del spinning, y un disfrute sin igual para nuestros ojos. Mi hermano, por ejemplo, tuvo una lucha trepidante con una loba de alrededor de tres kilos, suficientemente intensa como para que nos quedase grabada en la retina.
El día 23, sin duda el mejor. Como era tónica habitual, entre hacer la compra del día y desayunar se nos marchaban aproximadamente dos horas sobre el horario previsto de pesca, pero ésta era una parte que irremediablemente teníamos que llevar a cabo. No fue hasta las 11 de la mañana cuando botamos la barca y nos dispusimos a comenzar la jornada.
Cerca de la desembocadura, comenzamos a lanzar una y otra vez absolutamente todos los artilugios que llevábamos, sin resultado alguno. Así hasta la hora de comer. Una pareja de ingleses entraron a la rampa escasos segundos antes que nosotros, así que aguardamos nuestro turno para varar la barca. Como vimos que tenían para largo volvimos a dar una vuelta por el río para hacer algo de tiempo. Cuando regresamos después de un buen rato, nos llevamos la desagradable sorpresa de que seguían allí y, además, con la furgoneta dentro del agua y las olas entrando dentro de ella. Entre las ganas que teníamos de comer y que no queríamos perder más tiempo decidimos echarles una mano, pero para su desgracia habían metido la pata hasta el fondo. Viendo la parsimonia con que se tomaban el asunto, decidimos embarcar al lado y comer algo.
Después de esta aventura partimos de nuevo en dirección a la desembocadura, lugar de peregrinación para cualquier barca que se movía por la zona. Nosotros esta vez decimos vararla en la playa.
Rapaleamos expectantes y sin señal alguna de movimiento durante un buen rato, contemplando el paisaje que, aunque aliviador, estaba bastante sucio. A nuestra izquierda, la tropa de barcas con pescadores extranjeros marcaba mientras tanto sus boyas con vivo.
Paz y tranquilidad, por tanto, hasta que el silbido de mi hermano me alerta y me indica que algo gordo ha seguido su señuelo hasta el borde de la playa. Un poco despistado comienzo a lanzar de un lado hacia otro en su misma dirección, hasta que de repente, mientras recojo el popper a escasos 5 m, una silueta plateada me arrebata el artificial, se lo lleva para él y me comba la caña hasta un punto crítico. Mi hermano se queda atónito y sin mediar palabra, y yo, perplejo, noto como el carrete me pide línea. Sin embargo, tan pronto como vino se desclavó, dejándonos a los dos sin palabras.
La primera impresión fue la de haber cometido algún error por mi parte, pero al contemplar las marcas del artificial me di cuenta de que lo había cogido de lado y la popera no había enganchado parte alguna en su boca. La anchura del popper era mayor que la envergadura del anzuelo triple, por lo que hizo de traba para impedir el enganche. Una explicación que no convenció en absoluto a mi hermano, y que hoy todavía yo mismo no me acabo de creer totalmente.
Sea como fuere, seguí pescando intentado olvidar lo sucedido. Tenía que mantener la fe, aunque por si acaso, y pensando que son pocas oportunidades que le surgen a uno como para perderlas por unos anzuelos poco afilados, me decanté por el flash minnow y lo afilado de sus anzuelos. Así, si picaba otro no se desclavaría tan fácilmente.
El sosiego imperó, pero las ganas de seguir intentándolo no desfallecieron, y después de mucho cambiar de artificial y probarlos insistentemente, tuvimos la recompensa a nuestra persistencia. Después de un lance lejano, y al recoger un par de vueltas del carrete, se produjo un enroque muy brusco seguido de una carrera incesante que me puso la piel de gallina. Un minuto más tarde seguía sacando trenzado y parecía que tenía para rato. A la incertidumbre que me producía la carrera de ese ser (pues no sabía qué especie era) le siguió el horror más absoluto al contemplar los pocos metros que quedaban en la bobina del carrete. Todo hacía presagiar otra vez el fracaso más rotundo. Por suerte, el destino cambió a mi favor y la bobina fue frenando su ritmo hasta que se paró. Con la caña plana, me dispuse sin dilación a aguantar el envite, pero aquel ser ni aceleraba ni retrocedía línea. Los segundos se hicieron eternos hasta que por fin pude hacer el primer bombeo de la caña, y luego otro, y otro...
Tras recuperar unos metros bien trabajados con el sudor de mi brazo, aquel animal volvió a retomar su carrera hacia la libertad, pero esta vez en sentido contrario, es decir, hacia el río. Las barcas de alrededor miraban la bella estampa de un combate que, para mi desgracia, me estaba perdiendo por tenerlo a una lejana distancia. La siguiente carrera fue menos veloz y el trenzado no salió como en la primera ocasión. Buena señal.
Tras 25 o 30 minutos había conseguido llenar por fin el carrete hasta la mitad, pero fue entonces cuando volvió a vaciarse. Ahora me tocaba recuperar de nuevo lo que hacía unos momentos tenía cargado en el carrete. Vuelta a empezar. Bombeo la caña y puedo apreciar a la presa por primera vez a una distancia de 20 m. Entonces es cuando le vimos la cola y la aleta caudal, reconociendo enseguida el gran palometón que había picado. Su dorso de tono marrón y oscuro, y su librea plateada cuando estaba de costado, hacían presagiar la fortuna del lance.
Después de 45 minutos de pelea, el corazón se me puso en un puño, ya que ni él ni yo sabíamos bien qué hacer. Con la mente en blanco por unos segundos, no encontraba el freno. El pez claramente había perdido su vigor y sólo brillaba en la superficie, sin sobrepasar esa barrera de unos pocos metros, sabedor de que al cruzarla estaría vencido. Su última resistencia consistió en una serie de enérgicos cabezazos que lograron destensarme la línea por unos momentos, llevando con ello el miedo a mi cuerpo.
Pero todo había sido un susto y esa última demostración de fuerza dejó paso a su rendición. Más de una hora después de clavar, por fin este gran pez yacía a mi lado. Tan grande como hubiera sido también su liberación, la cual no pudo producirse ya que el animal había desfallecido a mi lado. Pena y alegría mezcladas. El único consuelo que me quedó es que al menos su ciclo reproductivo ya lo había realizado.
Tras la tormenta viene la calma. Si este día resultó así de bueno, nada parecía impedir que el siguiente pudiera serlo también. Pero la meteorología en el Delta juega con las aspiraciones de los pescadores, y una vez más dio al traste con la nuestra y con nuestra salida de pesca. Los basses de agua salada habían desaparecido de los lugares que días anteriores habíamos pescado con particular éxito, y tuvimos que esperar hasta la tarde para tocar escama de nuevo. En poco más de media hora, tres pequeños palometones y una llisera aumentaron nuestro cómputo general. Los X-Rap funcionaron bien a “toda pastilla”, recogiendo a sacudidas.
Por otro lado, el día anterior habíamos trabado cierta amistad con uno de los campistas, un italiano llamado Lauro y que pesca en estas aguas cada año. Según nos comentó, hasta hace cinco años la pesca era más abundante y de mejor calibre, además de que el cauce del río estaba más limpio y el olor que ahora desprendía era entonces inexistente. Un crecimiento descontrolado de algas en el lecho del río y la plaga de siluros (que dentro de no mucho tiempo va a dejar sin minitallas a buena parte del río), no permiten soñar con un futuro muy halagüeño. Aun así, siguen viniendo muchos pescadores de toda Europa. Una pena que los organismos o las autoridades no impongan unas medidas estrictas, perteneciendo sus aguas y tierras a un parque natural.
Además, los pescadores profesionales de la zona tienen que ganarse el sustento calando sus redes de una orilla a otra, lo que es un claro ejemplo de “pan para hoy y hambre para mañana”, ya que irán terminando sistemáticamente con toda la fauna del lugar. Nadie debería modificar este entorno, ya que estos factores y otros más se dirigen hacia una degradación del medio sin aparente vuelta atrás.
Con el cansancio acumulado de varios días durmiendo en el suelo de la tienda (aunque reconfortados por las vivencias pasadas), no tuvimos más remedio que cambiar la zona de pesca y explorar otras aguas durante los dos últimos días de pesca. El viento, muy cambiante durante toda la semana, soplaba hacia el interior del río, y por experiencias anteriores preferimos no botar la barca por lo complicado que se tornaba la navegabilidad. A pesar de ello, no podemos quejarnos de las capturas de esos días y de los momentos vividos.