La parte este de Nicaragua está dividida administrativamente en dos zonas: la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN) y la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS). Entre ambas, y prolongándose hacia las vecinas Costa Rica y Honduras, se extiende una de las mayores selvas tropicales de Centroamérica. Una buena parte de este área es también conocida como Llanura de la Mosquitía o Costa de los Mosquitos, si bien los encuentros con estos molestos insectos son menores que en otras partes del Caribe.
Esta Costa de los Mosquitos está surcada por innumerables cursos de agua dulce que, antes de desembocar en el océano Atlántico, forman extensas zonas pantanosas con exuberantes manglares. En ellas, el nivel del agua fluctúa constantemente, pues se encuentra sometido, por un lado, a la influencia de las mareas, y por el otro, al variable caudal de los ríos que vienen de la selva y que recogen el agua de las lluvias, normalmente torrenciales. El constante movimiento entre las aguas continentales y marítimas ayuda a crear un ecosistema donde abundan los nutrientes, transformando así a estos manglares en lugares muy ricos en vida animal, sobre todo en peces.
En varios puntos de la costa se abren hacia la selva extensas masas de agua salobre, como es el caso de la Laguna de Perlas, nuestro destino de pesca. Ésta abarca una superficie de 543 km2, extendiéndose entre la ciudad de Bluefields en el sur y la desembocadura del río Grande en el norte. A lo largo de las orillas se asientan pequeñas comunidades (Laguna de Perlas, Awas, Orinoco, Marshall Point, La Fe, Kakabila, Raitipura...) habitadas por diferentes etnias, como los creoles -o población negra angloparlante, que constituyen el 50% de la población total-, los garífunas, los miskitus o los mestizos. Todas estas poblaciones ribereñas viven de la pesca artesanal, y en menor medida de la agricultura y la ganadería.
Laguna de Perlas pasa por ser el más grande de los municipios ribereños gracias a sus aproximadamente 1.500 habitantes, lo que le permite continuar siendo un tranquilo pueblo que se asienta próximo a la desembocadura de la laguna en el mar. Aquí existen varios sitios en donde alojarse, como el Hotel Casa Blanca, que también ofrece servicio de embarcaciones y guías de pesca. Es un lugar acogedor que dispone de una docena de habitaciones sencillas, servicio de restaurante y bar en su terraza con jardín, y que es regentado por Dell López y Svend Friberg, una pareja de nicaragüense y europeo. Al llegar nos recibieron afectuosamente y después de instalarnos nos presentaron a nuestros guías de pesca, sus hijos Braket y Bredy. Aunque aquí la mayoría de la gente es angloparlante, todos entienden el español, hablándose también otros idiomas locales como el creole o el miskitu.
Después de un rato de conversación, nuestros guías nos empezaron a poner los dientes largos con historias sobre los peces de la zona. Y es que, aunque el trío de ases para la pesca a mosca es el formado por tarpón, snook y jack crevalle, en la laguna hay una gran variedad de especies también pescables con esta técnica, tales como corvinas, ladyfish, barracudas, túnidos, spanish mackerel, mojarras, pargos...
Empieza la pesca. En la primera jornada pescamos en la zona de salida al mar de la laguna, conocida como la barra de Laguna de Perlas, la única salida al océano de esta gran masa de agua. Es un lugar dominado por intensas corrientes producidas por las mareas de subida o bajada, y por donde entra y sale toda el agua de la laguna. Es, por tanto, el punto de choque entre el mar y las aguas continentales. Grandes manchas de sardinas y camarones cruzan necesariamente por este sitio, atrayendo consigo a muchos depredadores. Por ello, para pescar aquí es imprescindible controlar las horas de cambios de marea, ya que en esos momentos la actividad alimenticia de los peces puede ser muy intensa.
Nada más salir a la barra avistamos un grupo de delfines que no se asustaron ante nuestra presencia y acompañaron a la panga durante un rato. Después de unos veinte minutos de travesía llegamos a nuestro destino con cielo despejado y casi sin viento, y tuvimos la suerte de localizar rápidamente un gran cardumen de sardinas entre el que rolaban 8 o 10 tarpones de unas 50 o 60 lb de peso. Elegimos unos clousers minnows con anzuelo 2/0, de color blanco y bastante lastrados para contrarrestar la corriente.
Anclados y a una distancia prudencial, comenzamos a castear a unos 15 o 18 m del bálamo de tarpones que parecía bastante tranquilo dándose el atracón de sardinas. Ya en el primer lanzamiento de Pepe uno de ellos tomó la mosca, si bien tras unos minutos de lucha y unos cuantos saltos espectaculares se desprendió del clouser. No habíamos empezado mal. En aquel momento nos las prometíamos muy felices, ya que a pesar del escándalo el grupo no se había asustado demasiado y continuaba cebándose a unos cuantos metros de la embarcación. En cuestión de segundos, nos situamos y volvimos a la carga.
Aunque pescamos, tuvimos la pequeña decepción de no lograr clavar ningún tarpón más, pues habían hecho acto de presencia los auténticos reyes de la laguna: los jacks crevalle. Y cuando estos peces aparecen, lo hacen normalmente en grandes concentraciones y monopolizan la pesca por la velocidad con la que atacan las moscas, sin dejar mucha opción a otras especies, y esta vez parecía que casi había el mismo número de sardinas que de jacks. Eran peces grandes, casi todos de entre 20 y 30 lb de peso, aunque en los primeros instantes los llegamos a confundir con peces de mayor tamaño por la fuerza con que se defendían. Los jacks crevalle son carángidos comprimidos lateralmente y suelen ponerse de lado al tirar del señuelo, ofreciendo así una gran resistencia.
No sé bien la cantidad que pudimos pescar entre dos cañas (unos 10 o 12 cada uno), pero al cabo de un rato empezó a decaer la actividad considerablemente hasta que cesó por completo. En total fueron unas dos horas y media de pesca intensísima. Para ser la primera jornada nos dimos por satisfechos, y decidimos no probar más en otros sitios ni esperar a un punto de marea más propicio. Regresamos al pueblo a montar más moscas para el día siguiente y a reparar algunas de las que tenían arreglo después de los empeñones que las habían metido el ejército de jacks.
Explorando los pequeños cauces tributarios. En los primeros días comprobamos la enorme influencia de las mareas en la actividad de los peces que, junto con la fase lunar y la meteorología tan cambiante en esta zona por la lluvia, eran las variables que había que conjugar para buscar los mejores lugares y horarios de pesca. Así, analizados estos parámetros, en las siguientes jornadas seguimos pescando la barra y los manglares por las orillas de la laguna, adaptándonos a las circunstancias para aprovechar los mejores momentos de pesca. Con ello, sacamos gran cantidad de snook, tarpones, jacks crevalle, corvinas y spanish mackerel.
Los últimos días de pesca exploramos las zonas más recónditas de la laguna y nos adentramos por pequeños ríos tributarios, que no son más que canales de agua en medio de una selva cerrada. Con una anchura de unos 20 m y una profundidad media de 3, a veces se abrían en pequeñas lagunas donde casi siempre se concentraban los tarpones. La panga se deslizaba lentamente por el centro del río y nosotros nos colocábamos en proa y popa vigilando el agua, preparados para lanzar en cualquier momento.
Por uno de estos cursos de agua, cerca de Marshall Point, sacamos bastantes tarpones de mediano tamaño, esto es, peces de entre 30 y 60 lb de peso. Los mejores momentos de pesca fueron al atardecer y nos recordaron a los serenos de los ríos trucheros. Un par de horas antes de anochecer, los tarpones comenzaban una actividad frenética persiguiendo sobre la superficie a sus presas, como sardinas y otros pequeños peces. Nos fueron muy útiles los poppers de foam en anzuelos del 2/0 y 3/0, que lanzábamos sobre las hondas que dejaban los lomos plateados al asomar fuera del agua. Según caía la tarde, la cosa se iba animando y se incrementaban nuestras oportunidades.
La pesca en superficie de estos peces es una bonita experiencia, y aunque me parece mas difícil clavarlos bien, verlos subir al popper es un gran espectáculo. Casi todos los días se nos hacía de noche con el último tarpón enganchado al extremo de la línea y lo terminábamos de subir a bordo ya sin luz. En esos momentos hacían acto de presencia los mosquitos, recordándonos así que era la hora de poner punto y final a la jornada de pesca. Emprendíamos de noche el camino de vuelta al pueblo, atravesando la jungla y navegando despacio para evitar los obstáculos que nos pudiéramos encontrar en el río. Gracias a la pericia de nuestros guías, regresábamos sin novedad después de un trayecto completamente a oscuras.
El encanto de una naturaleza pura. Íbamos planificando las jornadas de pesca sobre la marcha, dependiendo de cómo se presentase la meteorología y los niveles del agua, y por supuesto siempre siguiendo las indicaciones de Braket y Bredy. En varias ocasiones nos sorprendieron los intensos chaparrones típicos de estas zonas de selva, obligándonos a buscar refugio en la orilla, casi siempre bajo un gran árbol.
Afortunadamente, nuestros guías demostraron una gran pericia a la hora de pronosticar el tiempo valiéndose tan sólo de su observación del terreno y de su profundo conocimiento de ciertos detalles, como el cantar de determinados pájaros. Resultaba sorprendente presenciar cómo aseguraban, bajo un buen aguacero y un cielo totalmente cubierto de nubes negras, que esa tarde no caería ni una gota porque habían visto a unos pájaros cantando sobre un árbol cercano. Sobra decir que siempre acertaron en sus vaticinios, y esto mismo se puede decir en lo concerniente a la pesca para buscar los mejores lugares a las mejores horas.
Cuando llovía un poco, intentábamos los grandes snook, que en esta parte de Centroamérica -la Mosquitía- pasan por ser los más grandes del mundo. Hay historias de ejemplares de hasta 60 lb y los pescadores locales dan fe de que en ocasiones se pesca alguno de este peso. Mientras, capturas de peces de 25 o 30 lb son frecuentes.
Utilizábamos sobretodo clouser minnows en bucktail blanco y crema, y también poppers en foam de diferentes colores. El agua podía pasar en unas horas de la total transparencia a tener color chocolate, pudiéndose pescar en cualquiera de estas situaciones. Normalmente pescábamos al agua, lanzando entre las raíces del mangle y cerca de los obstáculos presentes en el agua (troncos sumergidos, rocas, etc), mientras que pocas veces lanzábamos a pez visto, ya que sólo veíamos a los snook cuando lanzaban sus fulminantes ataques sobre nuestras moscas. Sacamos un buen número de ellos, algunos de considerable tamaño.
En este territorio, con unos ambientes naturales poco alterados todavía, tuvimos la oportunidad de ver gran número de animales mientras pescábamos, como monos de cara blanca, monos aulladores, perezosos, nutrias, caimanes, iguanas, y también gran cantidad de aves (como el águila arpía, loros, colibríes...) y muchas especies de aves acuáticas, tales como garzas, pelícanos, flamencos, martines pescadores y un largo etcétera.
Asimismo, nos deslumbramos con la impresionante masa vegetal del bosque tropical húmedo, que lo tapiza todo y hace prácticamente imposible andar por sus orillas, repletas de majestuosos árboles como el mahogany, el cedro real o la ceiba, de la que utilizan su tronco para hacer cayucos de una sola pieza. Y por último el manglar, compuesto por sus tres especies de mangle (el rojo, el blanco y el negro), plantas que son auténticas creadoras de vida y pioneras en la colonización de los terrenos ganados al mar.
En ocho días de pesca, además de tarpones, jack crevalle y snook, también sacamos corvinas, spanish mackerel, mojarras y ladyfish. Nos volvimos a casa completamente satisfechos con la experiencia de pesca del viaje a Nicaragua, lo que vino a ser completado con el trato afectuoso y hospitalario recibido de todas las personas que conocimos en Laguna Perlas y Bluefields.
CUÁNDO y CÓMO IR
Aunque para pescar se puede ir durante todo el año, es mejor descartar los meses de mayores precipitaciones, como son junio, julio y agosto. En esta parte de Centroamérica el clima está marcado por los periodos de lluvias, dividiéndose en dos estaciones: la seca (de diciembre a mayo) y la húmeda (entre junio y noviembre). Aunque en realidad, al tratarse de una zona tropical, incluso en la estación seca llueve un poco casi todos los días. Las temperaturas, eso sí, no suelen bajar de los 20ºC y aunque se produzcan precipitaciones no hay sensación de frío.
Es muy importante contar con algún tipo de protección frente a los mosquitos (repelentes de buena calidad son suficientes), ya que es una zona donde hay casos de malaria. Además, aunque sea para estancias de pocos días es recomendable tomar un antipalúdico preventivamente y consumir el agua embotellada.
Como en todo viaje internacional, es conveniente informarse antes de la partida y consultar con algún médico por si fuera necesaria alguna precaución sanitaria más. Personalmente, nosotros sólo tomamos los antipalúdicos y tuvimos precaución con el agua, y todo fue de maravilla.
En lo referente al viaje, varias compañías aéreas vuelan desde España a Managua varias veces por semana. Una vez allí, lo más rápido es enlazar otra vez por aire con la ciudad de Bluefields (La Norteña y Atlantics Airlines vuelan varias veces al día por unos 100 euros i/v), y desde su aeropuerto tomar un taxi hasta el puerto, en donde un servicio regular de transporte (pangas) nos llevará hacia los diferentes pueblos de la laguna.
Direcciones de interés:
- Hotel-Restaurante Casa Blanca. Tfno. (505) 572 05 08.
- Aeropuerto de Bluefields. Tfno. (505) 233 16 24.
- Contacto en España: www.seaflycasting.com
- Web sobre Nicaragua: www.vianica.com