Hemeroteca :: 01/01/2008
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Editorial
Última actualización 01/01/2008@00:00:00 GMT+1
Confieso que desde hace algo más de un año me he vuelto piaraguadicto o kayakófilo, como ustedes prefieran. Cuando uno creía que poco tenía ya que descubrir en esto de la pesca de agua dulce vino este sencillo artilugio a abrir un mundo de posibilidades y sensaciones que nunca antes pensé que experimentaría si no poseía una embarcación a motor. Porque la piragua, si algo ha conseguido, es eso: democratizar la pesca desde embarcación, aunque las condiciones y las distancias que se manejan son totalmente distintas. Aunque en esencia son lo mismo, y nos permiten desplazarnos por el agua hasta rincones que desde orilla sólo podemos atisbar.

Hasta hace algunos años la piragua se asociaba siempre a deporte, o incluso a una variante de la barca hinchable para mantener a los niños entretenidos. Algunas temporadas atrás, las revistas comenzamos a publicar artículos en los que aparecían pescadores dentro de sus piraguas, practicando el lance de una manera bastante incómoda y colocando las cañas donde podían. Pero pescaban. Después, nos dimos cuenta de que no habíamos inventado nada, y que en países como Estados Unidos la pesca desde piragua o kayak era algo habitual. Y hoy en día podemos encontrar en el mercado modelos diseñados específicamente para este propósito, pensados para hacerlo todo lo más cómodo posible y que el acto de traer un pez hasta nuestras manos no sea complicado. Incluso ya hay algunas que incorporan preinstalación para poder colocar un motor eléctrico, sin hablar de cañeros para cañas de spinning y mosca, viveros, o anclas de superficie que facilitan lo más complicado de esta técnica: el acercamiento a la orilla.

Por eso, cuando descarté la posibilidad de hacerme con una embarcación de motor, la idea de la piragua cobró fuerza poco a poco. Además de la evidente diferencia de tamaño y facilidad para guardarla, los costes son tan exiguos que se reducen a los pocos euros de la tasa de navegación anual de la confederación correspondiente y que puede ir desde los 10 a los 30 euros. A día de hoy todas estas cualidades me han permitido realizar bastantes jornadas de pesca vividas de otra manera y me han llevado a recomendarla a todo aquel que, teniendo unas mínimas condiciones físicas que se lo permitan, ame la pesca y la oportunidad de descubrir sitios nuevos.

En esa línea se puede leer en este número la crónica de una breve travesía de dos días en piragua en las Hoces del Guadiana, un tramo de río apenas conocido y con accesos por tierra casi imposibles. La idea era realizar algo parecido a un safari de pesca, conjugando a partes iguales deporte, contacto con la naturaleza y por supuesto pesca. Y lo vivido me lleva más aún a la conclusión de que con el panorama actual es necesario buscar vías como ésta para poder explotar un poco más nuestra pasión, y que con un poco de esfuerzo por nuestra parte aún es posible descubrir lugares impolutos en nuestro país. Porque la aventura no es sinónimo de viaje largo, sino de ganas de vivirla.
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