Hemeroteca :: 01/06/2007
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Salmónidos

Cómo adaptarse pescando a ninfa

Última actualización 01/06/2007@00:00:00 GMT+1
Las casualidades siempre han existido y la pesca con mosca no iba a ser la excepción. Sin embargo, si pretendemos ser efectivos de verdad y disfrutar del mayor número de horas pescando en nuestras salidas, no tendremos más remedio que aprender a pescar a ninfa. En la modalidad tradicional, es decir, aquella en la que percibiremos en nuestra mano el toque, más o menos sutil, de la trucha al tomar nuestra imitación, es posible encontrar tantas variantes que podemos hacer dos grandes grupos y extendernos en cada uno de ellos. Se trata de las aguas lentas y de las aguas rápidas.
Las aguas rápidas
Pescar con ninfa al tacto en aguas rápidas no es muy difícil, precisando tan sólo de una concentración y tensión máxima y permanente por nuestra parte. En la mayoría de los casos, este tipo de entornos (ríos rápidos con corrientes alternas, rocas, cobertura...) suelen ser ríos de montaña más o menos anchos, en los que en muchas ocasiones podremos pescar desde la misma orilla, facilitándose con ello aún mas nuestra labor y dándonos más posibilidades a la hora de engañar a las truchas. Aquí, como casi en la totalidad de los casos, podremos cubrir nuestras necesidades con la caña en alto, brazo extendido y bajo de línea sumados. Esto nos proporcionará un abanico de acción de unos 7-8 m, lo que será más que suficiente para pescar todos los rincones que encontremos.

En esta modalidad, el lance tiene poco misterio. Se tratará sencillamente de ir posicionando río arriba nuestras ninfas (una o varias, dependiendo de la profundidad y velocidad del río) y mantener un contacto continuo con ellas para percibir cualquier cambio en la trayectoria de las mismas o picada en la línea. Cuando éstas se producen en este tipo de aguas, suelen ser muy rápidas -mucho más que en las aguas tranquilas de llanura-, lo que provocará la perdida de la captura si no estamos totalmente en tensión. Ésta será precisamente la parte más negativa, ya que la tensión continua que tenemos que mantener, unida a la posición elevada de nuestro brazo y al peso de la caña, producen una merma física importante en el pescador con el paso de las horas.

Además, el contacto que hay que mantener con las ninfas en todo momento debe de ser equilibrado. De un lado, será lo suficientemente débil como para permitir que se hundan y, de otro, lo suficientemente tenso como para permitirnos percibir las picadas sin excedernos y provocar que la trucha note la tensión excesiva del terminal y escupa la imitación. Dominar este punto tal vez sea la clave de la pesca a ninfa, pero de nuevo la lectura repetida mil veces de la teoría no bastará, y será sólo a base de horas de río cuando seamos capaces de notar cuándo arrastramos las ninfas, o cuándo perdemos el contacto o la tensión con ellas. Esta percepción se acentúa tanto con el tiempo que llegaremos a ser capaces de notar en nuestra mano como nuestras ninfas se arrastran por un fondo arenoso.

A esto hemos de sumar que una referencia visual de la línea ayudará a mitigar la dificultad del asunto, sobre todo al principio. Sólo tenemos que mirar el final de nuestra línea o el bajo de la misma para ayudarnos un poco más en el control del aparejo. Si vemos que con esto no es suficiente, podemos añadir un pequeño terminal de color a nuestro bajo o pintar una pequeña sección del mismo, para lo cual existen en el mercado varios rotuladores diseñados para ello. De cualquier forma, una vez que se domina la técnica será totalmente innecesario y nuestra percepción será la que nos ofrezca las capturas.

Evitando los enganches
Si el cauce que pescamos está muy sucio de malezas en el fondo o tiene muchas piedras donde se enganche nuestra ninfa de rastro o más pesada, podemos eliminar el arpón de la misma y dejarla sencillamente como peso, evitando con ello que se clave en los obstáculos del río. Con esta solución deberemos dejar, eso sí, a una segunda ninfa todo el protagonismo de nuestras capturas, la cual marchará siempre un poco más arriba y con mucha más movilidad.

Si de todos modos nos encontramos las truchas clavadas en el fondo, no tendremos más remedio que arriesgarnos y tirar para abajo con nuestras imitaciones. Usaremos entonces ninfas más pesadas y tendremos precaución con las piedras del fondo, ya que si se clavan ahí nos resultará muy difícil liberarlas. Si aún así no evitamos la clavada, antes de acercarnos a desenganchar probaremos siempre a hacer un rodado bastante fuerte en dirección opuesta al enganche para intentar así librar nuestra ninfa. Sin embargo, muchas veces no será suficiente, por lo que yo optaría por romper el terminal y recuperar después la mosca. Una solución que puede funcionar si no hay mucha profundidad, ya que si ésta es elevada sólo nos quedará cambiar nuestra posición y tirar. Muchas veces, y con lo corto que se pesca en estos escenarios, bastará con estirar nuestro brazo y avanzar un metro o dos, distancia con la que seguro habremos sobrepasado el lugar de enganche con la puntera de la caña y podremos tirar de nuestra ninfa en sentido contrario.

Por último, no conviene dejar de revisar nuestro terminal a menudo, debido a los continuos roces del mismo bajo el agua. Tampoco dejaremos de comprobar con frecuencia la punta de nuestros anzuelos, ya que frecuentemente pierden capacidad de clavada por el mismo motivo.

Las aguas lentas
Nuestra siguiente parada la hacemos en las aguas más remansadas, lejos de las cabeceras de los ríos y más metidas en las zonas de llanura. Aquí la técnica es similar a la anterior, con la diferencia de que nuestra aproximación será mucho más difícil. En la mayoría de los casos tendremos que estar dentro del cauce, donde generalmente las ondas que producimos al avanzar delatarán nuestra presencia a las truchas que se encuentren en nuestro radio de acción.

Al igual que en aguas más rápidas, podremos pescar al tacto en un radio que rondará los 6 m de donde nosotros estemos. Para distancias más largas -que es lo común en las aguas lentas- tendremos que empezar a idearnos sistemas para controlar de algún modo la deriva, profundidad y picada sobre nuestras ninfas, pues la tensión con nuestra mano se romperá una vez posemos parte de la línea en el agua.

Siempre y cuando el radio de pesca sea inferior, todo será igual que lo visto hasta ahora. La única diferencia es que tendremos que tener en cuenta que en este tipo de agua el tiro es mucho más lento que en las cabeceras, por lo que necesitaremos menos peso en nuestras imitaciones para profundizar en el mismo recorrido que si fueran aguas rápidas. Así, si en una zona de corrientes necesitamos una ninfa con un peso de 1gr para llegar a 1 m de profundidad después de que recorra 2 o 3 m lineales de río, en una zona de aguas lentas esta misma ninfa llegaría a 1 m de profundidad tras recorrer solamente 1 o 1,5 m lineales de río. Esto nos permitirá utilizar ninfas más ligeras que en zonas más rápidas para llegar a las mismas profundidades. Una vez más, probar con distintos pesos nos enseñará la velocidad de hundimiento de las mismas.

Tendremos siempre en cuenta que a igualdad de peso profundizarán siempre más las ninfas que posean un menor volumen. Un ejemplo claro lo podemos ver con las cabezas de tungsteno. Una cabeza de este tipo de 2,3 mm profundizará casi lo mismo que una de latón de 5 mm, debido principalmente al menor volumen para un mismo peso.

Personalmente me gusta pescar con ninfas pequeñas, si bien esto -como todo- es a gusto del consumidor. En mi caso me siento mucho más cómodo pescando con pequeñas imitaciones, aun siendo consciente de la gran limitación que tienen: la dificultad para alcanzar el fondo. En casos así, en los que tengamos que hacer bajar al mismo imitaciones que ronden los 2-3 mm de tamaño, nos podemos ayudar de un buen bajo de línea construido con fluorocarbono y acabado con una punta de unos 2,5 m y bastante fina, no sobrepasando las 0,10 milésimas.

A esto le podemos añadir el lanzado de rebote, el cual consiste en realizar un lanzado básico frontal en un plano un poco más elevado de lo normal, de forma que en el último lance en lugar de posar nuestra ninfa en su debido momento (cuando se extiende la línea), dejaremos que ésta se extienda para, sin bajar la caña, permitir que la línea al estirarse totalmente y no posarse en el río, rebote y vuelva hacia atrás. Esto lo hará sólo un poco, posándose con el bajo totalmente perpendicular al agua y rompiendo al instante la tensión superficial. Con ello, se dispone además de una buena cantidad de bajo de línea totalmente destensado, que permitirá que la ninfa penetre rápidamente hacia el fondo.

La picada y su detección
Algo distinto nos podemos encontrar cuando intentemos pescar truchas que estén más cerca de la superficie o comiendo totalmente en ella. Incluso estas últimas, no dejarán pasar una ninfa que les pase cerca. En estos casos bastará con utilizar las mismas pequeñas ninfas, pero posarlas como si pescáramos a seca e intentando dejar la menor cantidad de línea muerta para que el mismo bajo frene, por decirlo de algún modo, la inmersión de la misma. Se puede incluso añadir un poco de grasa o flotabilizador al bajo en una zona concreta, de forma que no pase de ese punto en su inmersión.

También podríamos usar en estas aguas los indicadores de picada que vimos al comienzo. Es más, una vez tengamos que sobrepasar el límite de acción que nos ofrece nuestro brazo, caña y bajo sumados, no tendremos más remedio que idear algo para detectar las picadas sobre el aparejo y el indicador será una de esas posibles soluciones.

Otra será la propia línea en el punto de conexión con el bajo, y una tercera el mismo bajo de línea engrasado. A fin de cuentas, cualquier aliado nos vendrá bien en derivas largas.

Hay una creencia popular acerca de que cuando se pesca a ninfa la mayoría de las picadas se producen cuando aquéllas sobrepasan la posición del pescador y, manteniendo la tensión, comienzan a describir un arco en busca de la superficie del agua. Esto es cierto a medias. Si somos capaces de dominar la técnica correctamente, veremos cómo una vez que pesquemos al tacto y las ninfas se acerquen a nuestra posición y nos sobrepasen, detectaremos más picadas. Pero sólo eso, detectaremos.

No es que en los primeros metros del recorrido no se produzcan picadas, sino que es francamente difícil detectarlas. Digo esto porque he visto a pescadores que apenas prestan atención a los primeros metros de deriva de sus ninfas, volcándose de lleno en la evolución de las mismas una vez se acercan a su posición y les sobrepasan. Nosotros intentaremos prestar más atención en los primeros metros de deriva no quitando ojo a nuestro bajo, tratando de ver si hace cualquier tipo de extraño en su inmersión. Si en un momento concreto nuestro bajo se hunde más lentamente o, por contra, vemos que de repente coge carrerilla, clavaremos sin esperar más. Siempre podemos volver a lanzar si estamos equivocados.

Una vez que las ninfas se acerquen a nosotros y podamos controlarlas con nuestra caña, podremos dejar de prestar atención visual. A partir de ese momento todo el control lo mantendremos con el tacto.

Una alternativa: la pesca a la polaca
Dejamos para el final otra modalidad de pesca con ninfa que bien utilizada resulta letal: la pesca a la polaca. Ésta consiste básicamente en la utilización de una ninfa tremendamente pesada en punta, la cual en muchos casos incluso carecerá de punta para no clavarse en los obstáculos del fondo, y una o varias ninfas superiores que irán pescando. Éstas no necesitarán peso, pues ya la ninfa de rastro será capaz de llegar al rincón más profundo del río. Personalmente no quito la punta de la mosca pesada, pues más de una trucha suele tirarse a por ella. Sin embargo, lo común será que lo hagan sobre las superiores.

A grandes rasgos es una técnica muy similar a lo visto hasta ahora, con la salvedad de la distancia a la que se pesca (que siempre será dentro del radio de acción de nuestra caña) y el peso de la imitación de punta (que será bastante elevado, y mantendrá un contacto constante y continuo entre pescador e imitación).

Todo comienza con un lance oblicuo a nuestra posición, de unos 45º sobre nuestra situación en el río u orilla. Dejaremos que las ninfas bajen y que lo hagan a toda velocidad, para una vez alcanzada la profundidad deseada mantener la tensión de todo el aparejo y notar así cualquier anomalía en el conjunto. Con esta modalidad, en muchas ocasiones las truchas casi se clavan solas como consecuencia de la tensión existente.

Una vez las ninfas se hayan hundido y controlemos la situación, iremos acompañando el movimiento de las mismas río abajo y sin movernos. Una vez nos hayan sobrepasado, mantendremos la tensión para que empiecen a elevarse desde el fondo hasta llegar a la superficie. Como dijimos antes, este momento es muy propicio para recibir picadas, ya que se trata de un movimiento que hace pensar a las truchas que se trata de un manjar que no deben dejar escapar.
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  • AGUAS RAPIDAS Y AGUAS LENTAS

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    12 | mara - 21/06/2007 @ 21:35:22 (GMT+1)
    Me parece que esta muy bien la pesca pero no hay que excedece
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