Hemeroteca :: 01/06/2007
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Pesca de Mar

Trucos para no fallar con la lubina, la herrera y la dorada

Última actualización 01/06/2007@00:00:00 GMT+1
Con el surfcasting tenemos acceso a muchas especies, pero hay algunas que se repiten sea cual sea la época y el lugar elegido. A todos nos ha ocurrido que, intentando perseguir una determinada presa, ha hecho acto de presencia otra, a veces bien recibida y en otras no tanto. Pero nosotros podemos seleccionar. Tenemos acceso a ciertas estrategias para que el factor suerte se reduzca y al final del anzuelo aparezca el premio que perseguimos. Las especies que abordaremos pueden no ser en todas las ocasiones las más deseadas, pero sí las más comunes. Decimos esto porque determinado pez puede ser un contratiempo para unos y un regalo del cielo para otros.

Por ejemplo, si buscamos la dorada de nuestra vida y se clava una lisa, seguramente no nos hará gracia, pero si estamos en una competición ese pez puede ser decisivo. Por lo tanto, es hora de adentrarnos en esos detalles que nos harán seleccionar lo que queremos: pescar una de las tres especies reinas.
Herrera
La herrera está presente en todo nuestro litoral y se podría decir que en abundancia. Escasea en Asturias y en Galicia, pero por una vez parece no ser culpa del hombre, sino porque tradicionalmente no han sido aguas con mucha densidad de este pez. A lo largo de nuestras costas adopta nombres como perla, mabra, magre, erla, rayatao... Es un espárido eminentemente playero que gusta de fondos arenosos, ya que su morfología la adapta perfectamente a este hábitat y, aunque el lanzado desde la playa o surfcasting es la técnica por excelencia para buscarla, se puede pescar también a fondo en estuarios, rompeolas, escolleras, etc.

La evolución que ha sufrido el surfcasting en los últimos tiempos nos permite disfrutar al máximo de capturas como la herrera que, si bien no alcanza tamaños descomunales, la relación tamaño-fuerza es una de las más espectaculares del mundo submarino. Sobre todo teniendo en cuenta lo que se afina hoy día en los monofilamentos, ya que no es raro usar uno de 0,14 mm. Piezas que superen el medio kilo comienzan ya a ser respetables y las que superan el kilo un auténtico trofeo. Se pueden ver fotos excepcionales de herreras que rondan los dos kilos de peso, pero son muy pocas y casi siempre en blanco y negro.

Pero entremos en materia. No necesitamos una caña especial ni un carrete determinado. Tampoco podemos imponer un determinado monofilamento, porque podemos encontrar herreras en la misma orilla de la playa o a distancias alcanzables únicamente con equipos especiales de lanzado extremo e hilos finísimos. Lo que sí es importante es encontrar una discontinuidad en el arenal, una pequeña depresión o pozo, o un cúmulo de algas aislado que pueden atraer a los bancos de herreras.

En el bajo de línea debemos mostrar algo más de interés. La mejor opción es casi siempre el paternoster o lo que unos llaman rosario, panchera... resumiendo, un aparejo de dos anzuelos (o hasta tres si competimos) construido con las famosas perlas de doble taladro o mediante pequeños emerillones. El tamaño de anzuelo irá en función del tamaño de herrera que persigamos. La forma no es algo decisivo, sino que suele ir sujeto a manías (anilla, paleta, pata larga, corta, recto, torcido...), y lo más importante es el grosor. Independientemente del tamaño del anzuelo, debemos buscar uno con un grosor fino del acero. A continuación sabremos la razón.

El arma más importante del cazador de herreras es el cebo. Pueden morder un gusano de tubo o funda, una de fango o norte, una rosca o un americano. Cosas más raras se han visto, pero la golosina por excelencia es la lombriz de arena, ese gusano fino y largo que adopta numerosos y singulares nombres. Algunos la llaman catalana, que es como se llamaba originalmente a la que se extrae en esas aguas, pero hoy la mayor parte de lombriz de arena que llega a los comercios especializados, incluyendo los catalanes, no baila la Sardana sino la Muñeira, Galicia abastece prácticamente todo el mercado y hasta exporta a países muy surfcasters como Italia.

Como estrategia de pesca especial para el espárido rayado cabe destacar el movimiento de la carnada por parte del pescador. Hay una creencia muy extendida que obliga a recoger unas vueltas de carrete cada cierto tiempo para llamar la atención de este pez. Aparte de cubrir una área del fondo más amplia que si dejamos el bajo de línea en el lugar que lanzamos, conseguimos que el plomo se arrastre sobre la arena levantando una pequeña nube que despierte la curiosidad de la herrera y, además, un cebo en movimiento es mucho más atractivo que uno estático. Si conseguimos realizar este movimiento con la velocidad adecuada (que ha de ser muy lenta) la herrera nos sorprenderá en más de una ocasión con picadas mientras tenemos la caña en la mano. Advertimos que esta técnica puede ser penalizada en algunos concursos, obligando a recoger el aparejo por completo una vez retiramos la caña del soporte sobre el que descansa. Por lo tanto, recomendamos chequear las bases de la competición para no recibir rapapolvos del juez.


Lubina
La lubina quizá sea uno de los peces más perseguidos por el pescador deportivo dada la nobleza de su carácter y la exquisitez de sus carnes. Además, es una de las especies que más modalidades de pesca admite. Como gran depredador que es, podemos tentarla a spinning, técnica muy deportiva y muy de moda; se puede usar la boya con cebos naturales preferentemente vivos como anchoas, pejerreyes, quisquillas... y el rockfishing (o pesca fondo desde acantilados o escolleras), pero este es el rincón del surfcaster y es precisamente esta modalidad una de las más prolíficas para el róbalo.

En ocasiones supera los diez kilos de peso, pero son raras las veces que lo veremos. Sin embargo, no son de ciencia ficción los ejemplares de entre cuatro y siete kilos. Tengamos en cuenta la talla mínima de la zona donde pescamos, ya que a veces hay que asistir a vergonzosos espectáculos de individuos que se hacen llamar pescadores y que se llevan cestas de una docena de lubinetas de poco más de un palmo, cogidas con angulón en áreas donde la talla mínima es de treinta y seis centímetros.

Cuando la pesca es recreativa, es normal buscar piezas de cierta entidad de las que hablar luego en las “batallitas”, de las de agarrar con dos manos en la foto. Aunque si se está en un campeonato, cualquier tamaño es bueno siempre que pase de la medida mínima. Las técnicas en general son las mismas, pero en el apartado del cebo haremos diferencia para la búsqueda de un tamaño u otro.

Se puede encontrar en todo tipo de arenales, pero la hallaremos especialmente en las planas, las de poco fondo que suelen poseer fuertes corrientes. Allí un gran nadador como el róbalo se encuentra a sus anchas cazando peces en apuros, y crustáceos o moluscos desenterrados por las olas y la corriente. Normalmente no es necesario efectuar lanzamientos con nombres rimbombantes, ya que con lances cortos llegamos de sobra a la zona de caza de la lubina (la orilla) y es que se atreve a buscar comida en profundidades de un palmo de agua.

Prefiere una mar con fuerza antes que una balsa de aceite, y precisamente los días de grandes olas, fuertes corrientes y mal tiempo, es decir, cuando menos apetece ir a pescar, más necesario es poseer un buen equipo y ropa de calidad para intentar una cacería de lubinas de trofeo.

Si bien podemos encontrarla durante todo el año, el invierno parece una época especialmente propicia, ya que en este tiempo suele haber una concentración mayor de lubinas en fondos arenosos. Algunos autores lo relacionan con el desove, pero hay un dato que no admite lugar a dudas: la presencia masiva durante los meses de frío de angulas, un apreciado y caro manjar no sólo para paladares humanos sino también para de este depredador.

El cebo debe ser grande, como la boca de la lubina, independientemente de si la pesca es recreativa o de competición. Y es que hay que tentar a un pez acostumbrado a perseguir alimento que merezca la pena gastar las energías que supone cazarlo. El anzuelo, como siempre, en consonancia con el tamaño de la carnada. Para piezas de gran porte aconsejamos principalmente tres cebos: la sardina, la pata de pulpo y el calamar entero. Los dos últimos son muy duros y permanecerán en condiciones aceptables cuando llegue el róbalo al banquete, aunque haya sido previamente atacado por cangrejos, quisquillas y demás morralla. Podemos aconsejar un anzuelo del tipo O´Saughnessy, fuerte y de pata larga para facilitar un ascado manual. El uso de hilo elástico mejorará sensiblemente la presentación y la duración del engaño en el agua.

Para un tamaño de lubina más modesto podemos recurrir al duro gusano americano, el cual intentaremos dañar lo mínimo posible para mantener su vivacidad ya que el movimiento es especialmente eficaz con el róbalo. También funciona muy bien el mechoncito de gusanos de tamaño medio o pequeño, como el gusano blanco o el norte (como en principio no necesitaremos lanzar con violencia, servirá clavar por la cabeza unos cuantos ejemplares). Lo malo es que ambos son bastante sensibles a los ataques de seres no deseados en esta ocasión, algo que podemos solucionar en parte con el empleo de otra nereida más dura y también muy eficaz como es el coreano. Pocos cebos mejoran este último en cuanto a movilidad.

Existe un gusano empleado casi en exclusiva en algunas zonas del Mediterráneo llamado llobarrero. El nombre lo dice todo, llobarro llaman a la lubina en estos lugares, así que es previsible la finalidad de este gusano largo y carnoso, inconfundible por dejar los dedos manchados de sangre morada muy difícil de quitar. Es tan largo que debe ser cortado en trozos para su ascado, comenzando por la cola para que si sobra pueda seguir vivo hasta la próxima jornada de pesca, cosa que no ocurriría si comenzamos a cortar por la cabeza.


Dorada
La reina de todas las especies buscadas por el pescador de costa por varias razones. Ningún país, desde España hasta Turquía, pasando por Grecia, Italia o Egipto, puede obviar la importancia de la dorada en la cocina. En cuanto a un interés puramente deportivo, ya sabemos que este pez puede alcanzar tallas muy importantes, superando los ocho kilos de peso. Pero quizá sea su combatividad la característica más valorada por el pescador. Tanto su potencia muscular como su poderosa mandíbula ponen a prueba constantemente el equipo del aficionado.

Lo primero que necesitamos para la pesca de la dorada es un equipo robusto. Si comenzamos por el anzuelo, procuraremos elegir uno muy resistente, que no equivale a grueso. Las marcas de mayor prestigio consiguen la fortaleza sin necesidad de recurrir a aceros muy gruesos, mientras que los anzuelos mediocres tienen un diámetro exagerado y la resistencia no está garantizada.

Está muy extendido el uso de los anzuelos estilo chinu (pata corta, pico de loro y torcidos), los cuales no son una mala opción. De hecho, suele ser adecuados para peces de bocas dotadas de poderosas dentaduras. Pero al tener pata corta, suelen ser tragados y el monofilamento entra en contacto directo con los duros y afilados dientes de la dorada. Por esta razón vamos a aconsejar una solución poco popular (casi herética para los más puristas). Se trata de empatar en nuestra gameta un anzuelo tipo Aberdeen (pata larga, recto y con anilla). La razón es muy sencilla: la tija del anzuelo tenderá a salir de la boca debido a su longitud y nuestro amigo espárido tendrá muchas dificultades para romperlo, muchas más que si es un monofilamento lo que roza en los caninos.

La dorada es uno de los seres más desconfiados del océano -si no el que más- y engañarlo no es tarea fácil. El nailon de la gameta es crítico para este menester, y debemos afinar todo lo posible sin olvidar el tamaño que la “cabezona” puede alcanzar y su terrible dentadura. El fluorocarbono es una buena opción por su mayor invisibilidad, pero debemos elegir aquéllos con poca memoria descartando los que tienden a liarse. Esto es de vital importancia si el escenario de pesca es la playa.

Como bajo de línea tenemos que recomendar el deslizante en cualquiera de sus versiones, pero siempre asegurando que el plomo corra libre por la línea madre cuando el pez tome la carnada.

Otro dato vital para tener éxito en la pesca de la dorada es el cebo. Los cebos duros son especialmente atractivos, y mantienen a distancia a los molestos y pequeños seres roba-cebos. Los cangrejos son muy buscados por este espárido, y de los moluscos destacamos el mejillón. Si lo mantenemos con su concha, nos aseguraremos de que al banquete solamente acudirá una buena dorada (o un enorme sargo). En cuanto a los gusanos, estamos obligados a mencionar la tita aunque no podemos olvidar el americano.

Y como colofón, un truco para esperar la picada: no debemos olvidar dejar flojo el freno del carrete, casi por completo. Primero para que una brusca picada no destroce alguna parte del aparejo, y segundo para que este astuto pez note lo menos posible cualquier tensión extraña. Esto es tan importante que en algunos lugares se tiene la costumbre de abrir el pick up y mantener una cierta tensión del sedal mediante una goma que aprieta el hilo contra la caña. Cuando la dorada pica, el nailon salta de la goma y la dorada no siente nada extraño.
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