Hemeroteca :: 01/05/2007
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Pesca de Mar
Última actualización 01/05/2007@00:00:00 GMT+1
Actualmente, el empleo de señuelos para la pesca de peces voraces es hegemónico. Las principales firmas ofrecen un amplio catálogo de imitaciones de peces que, confeccionados con distintos materiales, forman parte del ajuar del pescador deportivo en una amplísima gama de libreas y acciones. Con ellos, al lanzado, curricaneando en superficie, al jigging o en cacea de fondo el aficionado tienta desde embarcación a pargos, lubinas, corvinas o anjovas, por citar sólo algunos. Pero también se puede volver a los orígenes y utilizar los propios peces vivos para tener éxito con ellos bajo determinadas circunstancias. Es el caso de la lubina.
Pescar el robalo al vivo con cierto éxito supone resolver con acierto un amplio número de problemas. El más determinante de ellos, aunque no el primero, es conocer con precisión aquellos retazos de mar que pueden ofrecer lubinas de talla por ser fondos frecuentados por este serránido tan apreciado por el pescador. No bastará presentar el pez vivo en cualquier lugar de la mar cercana para tener éxito. Así, si acaso, caerá alguno esporádico fruto de la casualidad. Si no se conocen con exactitud bajos rocosos que el robalo frecuente es mejor emplear el curricán, que si bien es una técnica que también pide este conocimiento, no es tan imprescindible en él, pues las muestras “ararán” mucha agua y las posibilidades de dar con las lubinas aumentan mucho. Suelen ser puntos generosos en ofrecer robalos de talla los roquedales sumergidos que se alzan más o menos sobre los fondos que los circundan, y que varían de unas jornadas a otras según el tiempo climatológico, los estados de la mar, el momento de su ciclo biológico anual y quizá el capricho de las lubinas. Unos días se dejan sentir en esta piedra y después desaparecen de ella para instalarse en otro bajo rocoso litoral, donde permanecerán un número muy variable de jornadas. Habrá también ocasiones en que estarán en ese roquedal submarino que tentamos -la sonda las marca pegadas al fondo-, pero no están por la tarea de morder el cebo que el pescador les ofrece. Sin embargo, no todas las piedras son feraces en ofrecer pesca del serránido. Hay algunas que rara vez dan lubinas y nadie sabe a ciencia cierta el motivo. Como nadie puede explicar con satisfacción por qué otras dan corvinas o pargos, y no robalos. Si no conocen estos roquedos sumergidos en la localidad donde pesca, ya tiene faena: bastantes jornadas de probar aquí y allá, atento a la pantalla de la sonda para ir descubriendo roquedos, taludes, canchales... y ver qué resultados dan con el vivo. Antes, esta tarea era labor de tiempo y de mucho probar; hoy la sonda proporciona en unas decenas de jornadas lo que sin ella era asunto de varios años de tentar a la mar. Condiciones de la mar y estrategia de pesca Las condiciones de la mar son determinantes para que esta pesca pueda deparar éxito y, según esté, habremos de pescar al garete o fondeados. En cualquiera de ambos casos, si la deriva es mínima y los sedales cuelgan en vertical a las bandas de la motora por ausencia de corriente, mejor será dejar este modo de pescar para otra ocasión y buscar la picada con cucharillas plomadas, con jigs o al curricán, porque raro será que embarquemos pieza alguna. Pescando al garete, si la acción combinada del viento, la marea y las corrientes litorales hacen derivar la motora con rapidez excesiva, el vivo será arrastrado por el aparejo, quedando muy cerca de la superficie y dando lugar a una presentación inadecuada para que la lubina -que tiene bien merecida fama de recelosa- caiga en la trampa. Esta situación a veces se puede corregir utilizando un ancla de superficie o deriva, que aminore el desplazamiento de la embarcación (bastará, si el arrastre no es muy fuerte, un cubo atado con un cabo a la cornamusa más adecuada). Lo ideal para pescar con embarcación al garete es un arrastre suave de la motora, que permita una presentación natural del vivo y le impida ir al fondo, quedando entre dos aguas. A él llegará la lubina que anda de caza o la que, golosa, suba desde el roquedo donde sesteaba, incapaz de resistirse a ese pececillo cercano de nadar dificultoso. Si no hay suficiente deriva, el vivo buscará el fondo o caerá en él por fatiga -según el pez que se emplee-, para enrocarse o ser presa de pulpos, congrios u otros, sin que pueda entonces esperarse el éxito que se busca. Cuando pescamos al garete y el arrastre es algo fuerte, además del ancla artesana de superficie, viene bien lastrar la línea colocándole una oliva de plomo de 8-12 g media braza por encima del cebo para dificultar que el pececillo suba a la superficie. Esto no hará mejorar mucho la presentación del vivo en el agua ni favorecerá que el robalo lo emboque, pero así terminan cayendo algunas lubinas que sin el lastre aún serían más improbables.
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