Ciprínidos
Entre alevines
Un rececho a mosca
Última actualización 01/08/2005@00:00:00 GMT+1
La llegada de la primavera y los primeros calores estivales traen la vida al embalse. Carpas y barbos están más activos, pero también los cardúmenes de alevines de otras especies que deambulan por las orillas, lo que hace aflorar su carácter predador y provoca auténticas demostraciones de voracidad. Es el momento de aprovecharlo para intentar su pesca a mosca imitando estas presas.
Hace algunos años nuestras jornadas de pesca tras los barbos con la caña de mosca se iniciaban prácticamente desde el amanecer. Con la fresca de la mañana disfrutábamos de los momentos mágicos que provocan las eclosiones de pequeños insectos. Los primeros ejemplares los engañábamos con imitaciones de caenis y efémeras de tamaños superiores, asegurando mejor la picada y clavando peces de mayor envergadura.
Conforme iba avanzando la mañana pasábamos a pescar con señuelos de superficie como cucarachas e imitaciones de hormigas de ala, pues en horas de poca luz los reflejos de las aguas aún impedían pescar a pez visto por las orillas. El grado de agresividad de los barbos, los ataques y las subidas constantes a superficie nos indicaban su presencia, y no era difícil intuir que sus embestidas iban dirigidas a pececillos indefensos o insectos en superficie. Desde media mañana y hasta el mediodía, estos ciprínidos, acompañados de un sol de justicia, se podían ver con nitidez por las orillas. En estos momentos nos dedicábamos a pescarlos conforme a sus reacciones y formas de alimentarse, pues estos “todoterrenos” de agua dulce ofrecen al pescador multitud de posibilidades a la hora de tentarlos con la caña de mosca.
Después de refrescarnos y reponer fuerzas a mediodía con un merecido descanso, llegaba la tarde y, todavía deseosos de repetir, volvíamos a pie del cañón bregando sin parar por distintas zonas del embalse en busca de nuevas sensaciones. Aquellas interminables jornadas pescando de sol a sol resultaban enormemente divertidas, principalmente para aquellos que, con el afán de aprender e innovar distintas técnicas, aprovechábamos todos los momentos del día.
Deambulando por la orilla
Casi todos los años, principalmente cuando se va adentrando el verano, un calor intenso se va adueñando de nuestras vidas y eleva poco a poco la temperatura de las aguas. A partir de estas fechas, los pequeños alevines unidos en cardúmenes provocan un chispeo superficial que a veces perdura durante toda la jornada. Una explosión de alevines -de bogas, principalmente- procedentes posiblemente de la primavera anterior, se deja ver por las orillas a partir de primeros de julio, como si fueran verdaderas plagas de nueva vida. Millones de ejemplares de 5 y 6 centímetros aproximadamente se desplazan por las márgenes de aquí para allá, buscando la temperatura ideal, alimento y zonas seguras ante la presencia constante de los depredadores.
Esta explosión de vida que se concentra en determinados puntos de los embalses induce y excita a los barbos hacia un comportamiento tremendamente voraz y depredador, como si de basses de media talla se tratara. Los pequeñines se ven acorralados formando verdaderas nubes móviles, comportamiento habitual que algunos animales utilizan para defenderse.
A lo largo del embalse se detectan los ataques de los barbos, requisito casi imprescindible para localizarlos y conseguir muchas capturas. Estos peces atacan sin compasión a las minitallas como si fueran verdaderas pirañas. Las cebadas son espectaculares y en multitud de ocasiones los pequeños recurren a la superficie para defenderse dando saltos y brincos para evadirse de sus perseguidores.
En ocasiones, me puedo imaginar docenas de barbos de considerable tamaño escoltando ese “manto” de pequeñines al tiempo que arremeten contra ellos de forma indiscriminada en espera de que alguno se despiste y salga del cardumen quedando herido o desprotegido. Los barbos, que son nuestros verdaderos objetivos, se localizan fácilmente, pero ello no quiere decir que estén repartidos por igual en todas las márgenes del pantano. La presencia de los pequeños será en cualquier caso la que determinará el éxito y una jornada llena de emociones.
Dónde encontrarlos
Localizar los ataques y la presencia de minitallas resulta casi imprescindible para efectuar lances con fundamento. Estos ciprínidos se abalanzan sobre las nuevas generaciones de bogas y no existe para ellos otra obsesión que no sea perseguir sus presas hasta la extenuación.
Las zonas abiertas del embalse y espigones con poca profundidad son una buena opción, entre otros motivos porque se forman unas corrientes que motivan la presencia de los pequeños, convirtiéndose en lugares donde se agrupan formando grandes cardúmenes. Se pueden observar en ocasiones manchas oscuras y cordones de pececillos que se desplazan de un lado para otro acosados por sus perseguidores. Los barbos, unidos con un mismo fin, acuden una y otra vez a cazar en grupos reducidos, hostigando continuamente a sus presas.
Las reculas del embalse son zonas más protegidas por los vientos, por lo que retienen aguas cálidas y comida abundante, condicionantes que motivan la presencia de las minitallas y, como consecuencia, la de los barbos para encontrar el sustento.
Las zonas de playa se caracterizan por disponer de poca profundidad y temperaturas elevadas cuando el tiempo permanece apacible. Estos lugares permiten a los bandos de alevines defenderse, al tiempo que los barbos realizan largas persecuciones provocando estelas en superficie. En muchas ocasiones me he visto obligado, antes de efectuar un lance, a correr tras ellos realizando falsos lances “a la carrera”, pues los barbos, con una actividad fuera de lo común, se abalanzaban por sus presas paralelos a la orilla.
En su ambición incesante por alimentarse, saltan fuera del agua y “pegan” unos chupetones y zambullidas que se escuchan a cientos de metros. He comprobado en multitud de ocasiones cómo los barbos atacan en auténticas manadas, sacuden con coletazos a los bandos superficiales y posteriormente engullen todos los pececillos que quedan dañados y heridos. En muchas ocasiones he visto también que las gaviotas y otras aves acuáticas aprovechan estos momentos críticos para llevarse su también merecido premio en el pico.
Existen otros puntos críticos donde los pequeños encuentran un refugio apropiado. Estos lugares se caracterizan por disponer de zonas rocosas, matorrales y árboles sumergidos. Son, por tanto, lugares idóneos para concentrarse y defenderse formando grandes bancos de peces. Todas y cada una de estas situaciones son ideales para enfrentarnos a estos ciprínidos que, enfurecidos por el hambre, están dispuestos a atacar en cualquier momento y, por tanto, a tomar nuestros señuelos como recurso para alimentarse de una presa fácil.
Modalidades de pesca
Desde la orilla y con caña de mosca en la mano ha sido y será toda la vida la modalidad más practicada, conocida y usual. Detectar las tomadas, pescar a pez visto y realizar lances en la “cota del medio metro” resulta muy divertido y espectacular. Lo único importante y a tener en cuenta es que nuestros objetivos pueden encontrarse alejados de la orilla y nos encontremos limitados con nuestro lance.
La presión de pesca en las zonas de fácil acceso juega en nuestra contra, ya que suelen estar bastante acosadas. Los barbos detectan y rehuyen de la presencia de pescadores; máxime cuando se les ha lanzado cientos de veces peces artificiales y cucharillas, también bastante eficaces. No cabe duda de que existen lugares apartados, poco transitados y de difícil acceso, que nos pueden proporcionar muy buenos resultados. Evidentemente, ello conlleva un conocimiento más profundo del embalse y una dedicación sin límites intentando localizar poco a poco nuevos enclaves en donde los alevines serán imprescindibles y los barbos comizos los verdaderos protagonistas.
Pescar desde embarcación proporciona el acceso a lugares alejados de la civilización, zonas de gran abundancia de peces y donde los barbos no extrañan nuestra presencia. Existen territorios mágicos donde un estrímer bien trabajado puede hacer estragos en un momento dado. No obstante, suelo ver a pescadores noveles que les cuesta trabajo entender que los peces no son ingenuos, que están enseñados desde pequeños a sospechar y prever el peligro que les llega desde la orilla.
Es obvio que una barquita de motor o un buen fueraborda proporciona largos recorridos y permite ir repartiendo a un grupo de amigos mosqueros por zonas para evitar pisarse el terreno los unos a los otros. A mí personalmente siempre me ha gustado compartir orilla con un compañero, tirar fotos y comentar emociones conjuntamente.
Pescar desde embarcación, y en particular desde aquellas que disponen de motor eléctrico y pedal de pie, proporciona gran comodidad al tiempo que buenos resultados, pero desgraciadamente no está al alcance de todos. Poder navegar en silencio y paralelos a la orilla cuando las aguas están nítidas, aporta una información privilegiada de cuantos acontecimientos se producen.
Un kayak o piragua estable facilita gran movilidad, buenos desplazamientos, mucho sigilo y fácil manejo para botar y retirar la embarcación de la orilla. Su altura es apropiada y permite pescar sentado cómodamente. Elegir las zonas calientes y turnarse con un compañero compartiendo caña y zonas de pesca es sin lugar a dudas la opción más acertada para los que disfrutan haciendo deporte en compañía, sin privarse de un ambiente puramente ecológico.
La acción de pesca
Para pescar barbos tanto desde orilla como embarcación es importantísimo realizar lances relativamente largos y posar con la línea perfectamente estirada. Suele ser frecuente que el barbo se abalance de inmediato, por lo que debemos estar muy atentos y pendientes en todo momento. A larga distancia tenemos muy poca visión sobre el señuelo, por lo que la picada la sentiremos únicamente mediante el tacto, pues además el ángulo de visión es mínimo.
Los barbos persiguen nuestras moscas y desconfían. Quizás que se acerquen a sólo unos metros de nosotros, situación que resulta muy espectacular y, por supuesto, extrañan y recelan al vernos. Aconsejo no perder el tiempo con los barbos que nos rodean, ya que no reaccionan ante ningún señuelo.
Una vez efectuado el lance debemos iniciar la recogida lenta y constante dando tirones a la línea. Las picadas son tan bruscas y efectivas que se suelen clavar prácticamente solos.
Después de clavar, debemos tener en cuenta que la salida del barbo es muy rápida y decidida, por lo que todo el equipo debe estar en perfecto estado de revista. He visto en infinidad de ocasiones cómo se parten los sedales y se abren los anzuelos por forzar la situación con un buen ejemplar. No obstante, debemos controlar en todo momento el freno que ejercen nuestros dedos al paso de la línea y el carrete, pues los barbos son verdaderos artífices para rozarse en el fondo, meterse entre peñas y ramas sumergidas para librarse del pescador.
Aconsejo siempre a los aficionados a esta modalidad que tengan los ojos bien abiertos y que sepan valorar e interpretar los encantos del río, pues serán los pequeños detalles los que nos irán abriendo las puertas del éxito ante una especie de la que todavía queda mucho que contar.