Hemeroteca :: 01/05/2005
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Salmónidos

Genética y agresividad, dos rasgos ligados en los salmónidos

Última actualización 01/05/2005@00:00:00 GMT+1
A menudo nos preguntamos por qué una trucha es más agresiva que otra, o qué razón hay para que en una misma población varios ejemplares defiendan su territorio con más posesión que los demás. Las razones hay que buscarlas en su genética, ya que dependiendo de este factor una trucha puede variar enormemente su comportamiento.
Los salmónidos se caracterizan por la enorme diversidad genética que presentan las distintas poblaciones y la capacidad que poseen para variar dichos genes. Es decir, si no se sueltan ejemplares foráneos, cada población truchera posee bastantes variantes génicas que son propias, exclusivas y que la caracterizan. Y el conjunto de poblaciones, para un mismo rasgo genético, presenta una ingente cantidad de opciones distintas y de versiones diferentes de esos genes.

Esta diversidad dota a truchas, tímalos o salmones de capacidades distintas para transportar oxígeno, sobrevivir en aguas más cálidas, tolerar metales pesados en el medio acuático, para ser precoces en alcanzar la madurez sexual o en su carácter migratorio. Pero también, dentro de cada una de ellas, existen ejemplares que presentan resistencias dispares frente a contaminantes orgánicos o variaciones de acidez de las aguas, diferencias de fertilidad, en la precocidad en el desove o en la agresividad. Es una cuestión de aislamiento, de la ausencia o escasez de cruces entre ejemplares de poblaciones distintas, algo que viene impuesto por factores medioambientales que confinan a estas poblaciones cuando se trata de la trucha común.

Para entendernos, una población de truchas que vive en cualquier cabecera fluvial no tiene a priori opción alguna -sin la intervención del hombre- de que algunos de sus ejemplares tengan descendencia con los de otra población que ocupa el tramo alto fluvial de otro río fuera de su cuenca hidrográfica. Salvo que se produzcan circunstancias como glaciaciones que hagan descender el nivel del mar, captura fluvial por erosión o el cambio en la trayectoria del agua por levantamiento de una falla.

En el caso de especies o formas migradoras (truchas garganta cortada -cutthroat-, reos o salmones) es el regreso tras su etapa marina al mismo río donde nacieron para desovar lo que dificulta el nacimiento de individuos pertenecientes a dos ríos distintos, a dos poblaciones distintas.

Y como el medio ambiente donde se expresan esos genes ejerce una continuada presión selectiva, cada población con el transcurso de cientos/miles de generaciones termina poseyendo los más idóneos para persistir y desarrollarse en él. Y aquellas poblaciones que habitan cursos fluviales de caudal muy cambiante poseen un conjunto de genes que les permiten sobrevivir y prosperar en ellos, mientras que las que ocupan medios acuáticos estables en cuanto a caudal no tendrán esas “mejoras” que les permiten salvar con éxito los acusados estiajes que suponen aumento de la temperatura acuática, descenso de la tensión de oxígeno o variaciones anuales en la composición de la comunidad de invertebrados fluviales
Así, cada población, con el paso de los años, va adquiriendo una personalidad genética propia que la hace distinta a otras más alejadas de ella. Pero todas presentan algunos individuos con variantes distintas para ciertos aspectos, que actúan como seguro frente a la extinción en el caso de variaciones bruscas e inesperadas de ese medio natural. Lo que significa, por ejemplo, que si un río presenta las condiciones idóneas para el desove en diciembre, la mayoría de sus truchas frezarán entonces, con algunos ejemplares que lo hacen antes y otros después. Así se garantizan que si uno o varios años se presentan condiciones adversas para la reproducción en ese mes, las poblaciones pervivan. Si así ocurriese, la población bajaría, pero no se extinguiría, pues dejarán simiente en el río los más precoces y/o los más tardíos en completar su ciclo anual de maduración gonadal.

Pero a la vez, el alto porcentaje de individuos de una población que tienen acceso a la reproducción provoca en la práctica una panmixia, una mezcla de células sexuales que supone la aparición de múltiples combinaciones de genes, pues óvulos y espermatozoides se encuentran en el seno acuático y ambos son arrastrados por el flujo, dando lugar a que se puedan encontrar las células sexuales de individuos frezantes que estén incluso a cierta distancia.

En definitiva, cada población presenta el acervo genético más adecuado para dar respuesta a las variaciones medioambientales del ecosistema acuático que ocupa. Pero siempre están apareciendo individuos que suponen combinaciones génicas novedosas, quizá aún mejores (que sobrevivirán) quizá peores (probablemente no alcancen el estado adulto). Es esta adaptación a un río la razón de que en todo plan gestor de salmónidos se tenga que preservar la identidad genética de cada población, gestionada como mejor forma de conservación y con vistas a su aprovechamiento como recurso renovable que es.

Repoblaciones
Si se pretende gestionar una población truchera para conseguir su mantenimiento continuado y su explotación como recurso para la pesca recreativa, es un contrasentido introducir ejemplares de otras poblaciones, cuyos genes han sido modelados por la presión selectiva medioambiental para mejor responder a otras características hidrobiológicas. Estos ejemplares suelen tener, incluso en ausencia de extracción por pesca, un tiempo de persistencia limitado en el nuevo ambiente, para el que no suelen estar genéticamente adaptados. Pero mientras ocurra la desaparición, producirán un efecto pernicioso en la población original si alcanzan a reproducirse, ya que dejarán sus genes en ésta, alterando el patrimonio genético original, mejor adaptado para responder a las peculiaridades medioambientales de esas aguas, es decir, contaminándolo.

Esto es sabido por todos aquellos que se preocupan por la salud ecológica de las poblaciones trucheras o salmoneras que le sirven para su entretenimiento; por todos aquellos pescadores de salmónidos que se han documentado para ver, con los ojos de la inteligencia, cuáles son sus intereses a medio y largo plazo. Pero no ha calado en quienes son incapaces de ver más allá del aquí y ahora, del yo y mis intereses más inmediatos. Esos que sólo valoran como buena una jornada si la cesta pesa y que piden repoblaciones continuadas, pues consideran el río un lugar del que sacar truchas. Cuantas más, mejor, y el que venga detrás que arree.

Jerarquía en las truchas
La variabilidad genética se expresa también en la etología de los salmónidos, en sus comportamientos, y estos rasgos no pueden ser aislados de otros aspectos ecológicos. Entre éstos destaca la distinta agresividad de los especímenes de una misma población, que es fácilmente observable y que, además, nos proporciona interesante información sobre otras características ecológicas que deben ser valoradas en toda gestión.

La agresión resuelve conflictos entre individuos, sujetos siempre a competencia por el acceso a los recursos disponibles, limitados. Entre ellos, los refugios frente a predadores alados o frente a riadas y estiajes, los invertebrados que el río proporciona y que forman parte de la ingesta, el acceso a hembras sexualmente maduras para la procreación, los apostaderos de caza, los descansaderos, las graveras para el desove...

Entre los salmónidos, y en especial en las truchas comunes no migradoras, se sabe del establecimiento de relaciones jerárquicas (de individuos dominantes y subordinados) y de aspectos relativos a la defensa del territorio (poza donde descansar, lugar para establecer el nido, cazaderos...). En estos casos, la agresividad actúa como un mecanismo para mantener esas relaciones jerárquicas que suponen ventajas para el individuo dominante.

Los comportamientos tienen una base genética clara, pero la conducta no es el resultado exclusivo de los genes, sino que está modulada por las circunstancias medioambientales. La conducta es el resultado de la interacción entre genes y entorno hidrobiológico. Así, el territorialismo (un individuo expulsa de un área que considera propia, en determinadas circunstancias, a cuantos otros pretenden establecerse en ella) sólo se establece en condiciones de baja densidad, mientras que desaparece cuando el número de individuos por unidad de superficie del río o lago es alto o muy alto, como si entonces fuese pretensión inútil y derrochadora de energía. Pero no desaparecen entonces las relaciones jerárquicas, que pueden reconocerse por la observación de ganadores y perdedores habituales en los conflictos por acceder a la hembra desovante, sitio más idóneo para predar sobre pececillos, la covacha más adecuada donde descansar y protegerse de la predación alada, la sobaquera donde defenderse de la riada...

El territorialismo en las truchas se traduce en ventajas como la mayor probabilidad de supervivencia en un determinado periodo, un mayor crecimiento, mayor éxito reproductivo o mayor tasa metabólica (cantidad de energía consumida por unidad de tiempo), estando todos estos aspectos interrelacionados explicados porque el dominante disfruta de aquellos retazos acuáticos que mejor satisfacen sus necesidades ecológicas. Así, por ejemplo, un espécimen con territorio dispone de comida de refugio,lo que se traduce en que alcanza mayor talla (lo que diminuye su riesgo de ser depredado), resiste mejor las parasitosis y otras enfermedades infecciosas como consecuencia de una mejor alimentación (que se traduce en un más eficaz sistema inmunológico), tiene más vigor para defenderse de las riadas, etc.
Modulación de la agresividad
La agresividad viene determinada por los genes, pero se manifiesta con mayor o menor intensidad según las circunstancias ambientales. Se incrementa en condiciones de baja disponibilidad de comida y también varía según la presión de predación o la velocidad acuática. De igual forma, cambia también según el grado de parentesco entre los oponentes, la diferencia de talla entre éstos y las experiencias cercanas en cuanto a salir vencedor o vencido de los conflictos surgidos.

Otro factor capital a la hora de predecir el ganador en un conflicto es la situación previa (tiene más opciones de salir triunfante aquel que defiende el territorio propio que el que lo invade con ánimo de apropiarse de él). Quizá esto explique que los reos sean menos agresivas que las truchas comunes como consecuencia del mejor conocimiento del espacio circundante de las formas residentes, no migradoras.

La altitud y latitud también influyen sobre este rasgo etológico, probablemente por la frialdad del agua (más agresivas aquellas truchas de aguas situadas a mayor altitud o latitud, de aguas más frías, quizás por la escasa productividad de estos medios, la menor capacidad para generar la microfauna donde tiene la trucha o el salvelino su despensa).

Los estudios realizados sustentan la idea de que una mayor agresividad reporta ventajas en medios estables, poco dados al cambio, cuando los esfuerzos metabólicos del mantenimiento de la jerarquía son rentables por las ventajas que proporciona ese dominio en cuanto a la alimentación. Pero también el ser dominante tiene sus costos. Las esporádicas peleas con individuos que atentan contra esa jerarquía son causa de heridas susceptibles de ser colonizadas por hongos acuáticos, lo que supondrá -si es el caso- gasto de energía y de moléculas en la reparación; como también son momentos en que los individuos que participan en el conflicto resultan más vulnerables a la predación por parte de águilas pescadoras, cormoranes, nutrias... Pero estos costos suelen ser menores, en general, que las ventajas que proporciona el ser individuo agresivo y dominante.

Situación actual
La situación actual en cuanto a adaptación de los patrimonios génicos a las condiciones locales de cada río es muy dispar, y nos encontramos con cauces sin contaminación genética alguna, que quedaron al margen de esa corriente introductora de truchas alemanas e italianas que dominó la gestión truchera en España durante buena parte del último cuarto del pasado siglo, con el aplauso generalizado y entusiasta de nosotros, los pescadores. Pero también hallamos otros donde está tan fuertemente hibridado lo autóctono con lo foráneo que la recuperación de la situación anterior a las sueltas parece casi imposible. Entre estos dos extremos, todas las situaciones intermedias están representadas en la amplia geografía truchera ibérica.

Por otro lado, es innegable que la presión pesquera que han de soportar estas poblaciones es creciente y, en bastantes casos, si no en todos, excesiva. Presión de la caña que deja un número corto o muy corto de reproductores en el río tras el cierre de cada temporada. En el caso de los tramos con muerte la ejerce el pescador, pero también el furtivo, que actúa al margen de cualquier norma legal y que supone un altísimo costo para la trucha.

A este problema que cada temporada parece acrecentarse se añaden todas esas agresiones que se propician o consienten, como el episodio contaminante, la extracción abusiva de aguas, el manejo de caudales que no tienen presentes a las poblaciones de salmónidos río abajo, la construcción de obstáculos que rompen la continuidad fluvial y fragmentan la población impidiendo a parte de ella acceder a los lugares de puesta... Pinceladas tan nefastas como repetidas que bosquejan un cuadro sombrío, un futuro incierto, pero nada halagüeño.

Desde luego, los pescadores debemos de exigir un aumento de vigilancia, una más decidida actuación contra los responsables de los episodios contaminantes, un mayor compromiso de las distintas autoridades con la vida del río... pero también hemos de cambiar de mentalidad para conservar estas poblaciones trucheras; la necesidad obliga. Cambio de mentalidad y comportamientos que pueden sintetizarse en considerar que el río es el bello campo de juego donde practicar nuestra afición, pero no una fuente de pescado.

Hemos de tomar conciencia, cuando todavía estamos a tiempo de rectificar pasadas conductas y recuperar sanas poblaciones trucheras, de que nuestro concurso es imprescindible, que el recurso es escaso para cuantos salimos caña en mano a pescar unas truchas. Practicar la devolución de los ejemplares no resolverá el futuro de los salmónidos en España, pero paliará el problema. Lamentablemente, existe un número importante y quizá mayoritario de pescadores que parecen conocer tan bien sus intereses inmediatos (muchas truchas en la costera, que están deliciosas en escabeche) como ignorar sus intereses a medio plazo (poder seguir practicando la pesca de estos y otros salmónidos mientras mantengan las condiciones físicas imprescindibles para esta pesca). Sería un paso adelante el que estos colectivos de pescadores no concienciados con la escasez de truchas dejasen de ejercer presión sobre las autoridades competentes para que se efectúen nuevas sueltas (“repoblaciones”).

La gestión más adecuada
Con demasiadas resistencias para lo que es razonable, los tramos de pesca sin muerte aumentan temporada tras temporada, aunque haya pasos atrás por parte de los organismos competentes de algunas autonomías. El establecimiento de estos tramos debe seguir criterios bien sustentados por el conocimiento actual de la biología de los salmónidos autóctonos y, entre ellos, el declarar sin muerte aquellos tramos fluviales de mayor pureza genética, por ser los más productivos y los que mejor respuesta darán en cuanto a recuperación de las poblaciones en igualdad de otras variables con tramos más contaminados genéticamente.

Por el contrario, las poblaciones fuertemente contaminadas genéticamente quizá podrían quedar como tramos con captura sin posibilidad de suelta (tramo con muerte obligatoria) reforzando el patrimonio genético local autóctono con una, dos o tres sueltas, en temporadas sucesivas, de ejemplares obtenidos en piscicultivo de reproductores locales genéticamente indígenas, diluyéndose así el componente alóctono, pues los pescadores capturaríamos y retiraríamos del río mayoritariamente ejemplares de origen no local, al ser éstos los más abundantes. Cuando la situación genética fuese cercana a la previa a las sueltas de alóctonos, podrían transformarse en tramos sin muerte con la esperanza de que los genes mejor adaptados (los locales) terminen, con el tiempo, por excluir del río a los no indígenas, ahora minoritarios. Serían sueltas de juveniles procreados por un número relativamente alto de reproductores y con todas las mezclas posibles de sus células reproductoras.

Pero una gestión adecuada no puede dar la espalda a la realidad y ésta es, a día de hoy, la exigencia por parte de muchos de tramos con muerte, por lo que se han de mantener, pero ubicándolos en aquellos ríos más degradados desde el punto de vista genético y ecológico, y con las limitaciones legales al uso (talla mínima, cupo, prohibición de artes muy lesivas...). Así, el pescador tendría la opción de elegir, según su modo de entender la pesca, con o sin sacrifico de las capturas legalmente realizadas.

También sería recomendable una política de precios que tuviese en cuenta el muy distinto coste que tiene para las poblaciones de salmónidos uno y otro tipo de pescador, pero sobre todo el convencimiento por parte de muchos de que los tramos sin muerte presentan más opciones de recreo por tener mayores densidades y mejores ejemplares. La adecuada vigilancia de los sin muerte resulta necesidad obvia.

Aunque siempre habrá el pescador que se escude en la ausencia o escasez de guardería, en las mortalidades provocadas por episodios de contaminación, en la tradición y en tantos otros factores, reales o inventados, para justificar su falta de compromiso con este disfrute conservador, para ser él parte del problema, pero no de la solución.
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