Hemeroteca :: 01/03/2005
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Salmónidos
Última actualización 01/03/2005@00:00:00 GMT+1
¿Existen limitaciones para la pesca a mosca? Posiblemente sí, pero muchas menos de las que en principio se puedan imaginar, aunque parezca inventada para pescar en ríos anchos y despejados, donde poder desplegar libremente la línea antes de posar la mosca en el agua. El tiempo y la práctica nos permitirán pescar a mosca también en ríos y arroyos inimaginables, aguas en donde la reina, además de la trucha, es la vegetación que cubre sus riberas, y que nos hará pensar erróneamente que en ellos la pesca a mosca es imposible… Ahora verán que ésto no es cierto.
Una de las cosas que engrandece a la pesca en general, y a la de la trucha en particular, es la variedad de ríos y ambientes en los que se puede practicar. Todos son distintos. Esto no es una cancha de tenis o una piscina olímpica. Los ríos podrán parecerse más o menos unos a otros, pero son diferentes siempre. Incluso el mismo puede en unos pocos kilómetros transformarse por completo.

Atrás han quedado los años en los que muchos pescadores, sobre todo los ribereños, pescaban siempre un mismo tramo de un río, siendo maestros en su terreno. Hoy, al mejorar las posibilidades de los desplazamientos, no es raro que cualquiera de nosotros pesquemos en una temporada ríos muy distantes entre sí, y, por tanto, totalmente diferentes. Amplios ríos de llanura, arroyos de alta montaña, ríos con cauces pedregosos que dificultan el andar por ellos, otros con fuertes pendientes y aguas muy rápidas... Es casi una obligación para nosotros saber desenvolvernos.

Ls escenarios más difíciles para el pescador de mosca, por no decir el que más, y por esa razón a la vez uno de los más gratificantes, son los ríos y arroyos de poco caudal que transcurren bajo una bóveda de vegetación: árboles, arbustos, zarzas… con cientos de puntos que dificultan e impiden el lanzado y en donde la mosca puede terminar clavada. Son arroyos en muchos casos de alta montaña o cuanto menos pertenecientes a los tramos altos. Tramos de cabecera en los que el caudal, escaso, varía también mucho según las nieves y lluvias caídas. Esto hace que en determinados momentos el caudal sea mínimo. Si esta situación se prolonga a lo largo de una o varias temporadas, la vegetación se apodera del cauce, constituyendo un gran hándicap a la hora de pescarlos.

Las truchas de estos arroyos de aguas frías no acostumbran a ser grandes. Conseguir un ejemplar de 30 cm es ya todo un trofeo que, como todos, merece ser devuelta al agua. Precisamente es este cúmulo de dificultades los que hacen que tras una dura jornada las truchas pescadas nos hagan sentirnos en la gloria. Verdaderamente las capturas compensan con creces el esfuerzo hecho y las dificultades del ambiente.

Acercarse y lanzar
Pescar en ríos y arroyos cubiertos de vegetación es una carrera de obstáculos, y la abundancia de vegetación nos impide en la mayoría de lugares pescar desde la orilla. Lo primero será reconocer el río antes de pescarlo y decidirnos por un tramo determinado.

La pesca pasa obligatoriamente por adentrarnos en el cauce para ir remontándolo pescando todos los puntos posibles. A lo largo de él nos podremos encontrar con pozas profundas que tendremos que vadear, rocas que nos obligarán a trepar por ellas para acceder a corrientes y pequeñas tablas que intentaremos pescar con el mayor de los cuidados.

Una vez en el río, nos encontraremos con el problema de llegar a las posturas de las truchas y poder lanzarles la mosca. La aproximación es, pues, el primer intento -y un intento nada fácil-, agravado además por la extrema claridad del agua y su escasez, propia de los ríos de montaña. Bajo estas condiciones un tanto extremas las truchas disfrutan de una gran ventaja y pronto se esconderán si nos ven acercarnos. Aproximarse a ellas se convierte en un auténtico rececho similar al del cazador que intenta poner a tiro un trofeo de macho montés. Habremos de echar mano a todos los recursos posibles. Si tenemos en cuenta que la visibilidad de las truchas en el agua es mayor en un campo de unos 95º, entenderemos que situarnos por debajo de los 10º a ras del agua, en el área de menor visibilidad del pez, será esencial. Para conseguirlo recurriremos a agacharnos todo lo posible. Una buena táctica de aproximación consiste en llegar al “punto de tiro” arrodillados o incluso andando a gatas los últimos metros por la orilla si ésta lo permite. Si somos diestros la izquierda será, dentro de lo que podamos, la orilla elegida; y a la inversa si somos zurdos. La elección de este punto de tiro debe permitirnos lanzar y hacer posar la mosca en el sitio en el que hemos visto a las truchas o intuimos que puedan estar.

Llegados a él, nos quedará la duda de si las truchas habrán percibido nuestra presencia, pero esta duda pronto dejará de serlo. Antes de lanzar hemos de echar un rápido vistazo a nuestro alrededor para ver los obstáculos (ramas, troncos, hierbas, etc) que pueden hacer fracasar el lance, y determinar así el tipo de lanzado. Hemos de intentar siempre que la línea por el aire sea la justa, y que ésta evolucione por las áreas libres de obstáculos, para en el último movimiento soltarla y que pueda salir a fin de desplegar el bajo y posar la mosca.

El lanzado vertical es el menos practicado la mayoría de las veces, y cuando lo hagamos es muy posible que tengamos que ayudarnos levantando o extendiendo el brazo lo suficiente para lograr una zona despejada. La mayoría de las veces tendremos que recurrir a lances inclinados y sobre todo horizontales si estamos bajo una bóveda completa de vegetación. En estas circunstancias extremas el lanzado horizontal es una exigencia.

La línea puede volar en los falsos lances a apenas un palmo por encima del agua: es todo un vuelo raso. En el último movimiento tenemos que saber parar la línea para que el bajo se extienda y que la mosca se pose en el sitio preciso. Esto es quizás lo más difícil de conseguir, pero si lo logramos y la trucha toma la mosca la satisfacción será el mejor premio a la labor bien ejecutada.

Tampoco es nada extraño que, debido a la proximidad de los árboles que se encuentren paralelos a nosotros, tengamos que pegarnos lo más posible a la orilla para tener espacio para lanzar, y hacerlo con el brazo completamente pegado al cuerpo únicamente con el movimiento de la muñeca.

Otro caso extremo es cuando la posibilidad de lanzar es nula. Entonces hemos de procurar escondernos como podamos sabiendo aprovechar todo lo que tengamos a mano: ramas, troncos, rocas… y probar a lanzar corto en ballesta sujetando con una mano la caña y con la otra la mosca, cuidando de no clavárnosla y aprovechando la elasticidad de la caña para proyectar la mosca al agua.

El clavado también es importante. Si es demasiado enérgico puede rompernos el terminal o, si no clavamos la trucha, hacer que la mosca acabe clavada en alguna rama cercana dando al traste con todo. Intentaremos siempre controlar la línea de forma que con un leve movimiento de muñeca podamos clavar con éxito.

Caña corta, bajos ajustados
El elemento más importante para pescar en pequeños arroyos es la caña. Cuando comencé a pescar a cola de rata, hace más de 25 años, tenía una de 9 pies que me limitaba a malpescar únicamente los pocos tramos despejados que encontraba. Ahora utilizo una caña de 7 pies para línea del 4, en concreto una SAGE de la serie LL, a la que le tengo un especial cariño. Le falta una pulgada para alcanzar los 8 pies, una medida quizás un poco extraña, cosa del fabricante.

Aunque existen cañas en el mercado de 6 y 7 pies, -incluso menores-, creo que con 8 (2,40 m) se puede pescar igual y obtener además alguna ventaja sobre otras cañas de inferior longitud. Digamos que la estrategia de pesca juega un papel tan importante, si no más, que el equipo que empleemos. En pequeños ríos y arroyos libres de vegetación son más útiles las cañas largas de 9 pies que permiten pescar las corrientes a punta de caña, manteniendo la línea alta para evitar dragados en la mosca. La existencia de una cobertura vegetal que cubre el cauce obliga a utilizar cañas cortas de 8 pies máximo para líneas del 4.

Emplear cañas cortas y ligeras obliga a equilibrarlas con pequeños carretes manuales lo más ligeros posibles. Otra de mis manías es la de usar en condiciones normales un número de línea menor al recomendado para la caña. Esto viene bien si nos gusta lanzar algo largo, pero como no es este el caso y más bien pescamos en corto obligados por el entorno, podemos usar la línea que indique la caña.

Más importante aquí que la línea es el bajo, que lógicamente debe ser corto para reducir al máximo los inevitables enganches en las ramas y permitir que pueda evolucionar entre la vegetación, para posar finalmente la mosca de la forma más natural posible. La composición del bajo tiene por tanto su importancia. A un trenzado de 1,5 metros le añado dos tramos anudados de 30 cm del 0,18 y del 0,16, para unir por último unos 50 cm del 0,12 al que ato la mosca. La longitud total del bajo incluyendo el trenzado es pues de unos 2,60 metros.

Puesto que el terreno por el que vamos a caminar no es precisamente cómodo, conviene que tanto la ropa como el resto del equipo sea lo más práctico posible y rehusemos lo innecesario. Un chaleco corto en donde llevar una caja de moscas -en este sentido las modernas cajas estancas de foam son ligeras y tienen una gran capacidad, reduciendo mucho el peso y el volumen en los bolsillos del chaleco-, varias bobinas de hilo, grasa para las moscas, el cortahilos y poco más nos será de mucha utilidad. En el bolsillo trasero debemos incluir un chubasquero, ya que las inesperadas tormentas son frecuentes en las zonas de montaña, y saber que lo llevamos nos da cierta tranquilidad.

Otro elemento al que muchas veces no damos la necesaria importancia son las gafas polarizadas. Bajo el entramado de ramas la luz es escasa, incluso en las horas de máxima luminosidad, que normalmente corresponden a las del mediodía. El mejor color de las lentes para estos ambientes son las amarillas y las rosas. No obstante conforme pasan las horas y se echa la tarde las condiciones de luz varían y el reflejo en el agua impide ver con claridad la mosca. Prescindir de las gafas entonces puede ayudar más que el empeñarnos en seguir llevándolas puestas.

Por último, si como es cada vez más normal, practicamos la pesca sin muerte, es mejor dejar la sacadera para otras ocasiones, y así evitar continuos enganches que sólo nos harán perder tiempo y paciencia.
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