Hemeroteca :: 01/03/2005
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Predadores
Última actualización 01/03/2005@00:00:00 GMT+1
Al pescador de predadores el otoño lo mete, año tras año, en el atolladero de elegir entre
lucio y black bass, pues ambos andan en buen momento de pesca. Decidirse por uno u otro va con los gustos de cada cual y con la abundancia en el entorno donde el pescador practica su afición. Pero con el frío invernal señor de la sierra, el lucio es entonces la opción
si no se quiere dejar la caña arrinconada y ociosa.
Con el paso de las semanas otoñales esa disyuntiva de elegir entre la pesca del centrárquido o el esócido se va resolviendo sola, pues el bass cada día que pasa se va dejando sentir menos, mientras que el lucio va ganando actividad. Así, a los que nos gusta perseguir a uno y otro -bien al lanzado ligero, bien con estrímeres, poppers... servidos por la caña de mosca- el dilema nos lo va esclareciendo el tiempo climatológico y pasamos del uno al otro casi sin sentir. Pero hay que tomar la decisión de elegir.

Personalmente, suelo pasarme a la pesca del lucio en cuanto hay ocasión, lo que se justifica porque con el bass tengo más oportunidades de pesca a distancias razonables de casa, mientras que el lucio me queda más a trasmano y lo pesco bastante menos. Pero también porque el estío lo he pasado tras el centrárquido y septiembre siempre me depara unas cuantas jornadas con él. Llegado noviembre el lucio es, entonces, la novedad.


¿Cómo proteger el señuelo?

Y así, con octubre en el calendario, y con algún señuelo al final de un aparejo con vocación de bassero, el lucio reclama nuestra atención cortando el sedal tan pronto como sentimos ese parón en la recogida que significa su picada. Porque en la pesca del esócido hay un asunto, que no por clásico y sentido, anda demasiado bien resuelto; el cómo defender las líneas de su cortante dentadura. Y digo que no está bien resuelto a tenor de las variadas soluciones que utilizamos.

Lo más empleado es el cable de acero trenzado, plastificado, recubierto de kevlar y aun desnudo, que si bien ha ganado en flexibilidad en relación con los que se usaban antaño, no deja por eso de “obligar” al señuelo, restándole parte de su acción. Pero, sobre todo, “cantando” mucho su presencia, pues no sólo es muy visible, sino que los quitavueltas e imperdibles levantan mucha agua durante la recogida, dejando una tenue estela en el seno acuático que puede ser la diferencia entre que muerda el lucio de mérito o lo deje pasar sin dejarse sentir. Porque un señuelo defendido por el cable acerado siempre proporcionará menos picadas que si anda éste sin esta defensa. Sin él, más picadas, que no más capturas.

El bajo de acero le quita al pescador bastantes posibilidades de vérselas con un buen lucio, uno de esos que ya pasaron de los 5 kilos, que es por donde anda aquí la frontera entre lo corriente y lo bueno, y lo lleva -con sus excepciones- a trabajar lapiceros y algunos lucietes que ya gallean, en el entorno de los 3 kilos.

Algo semejante le ocurre a ese señuelo clásico que aún muchos utilizamos; la cucharilla plomada -plomo en barquilla- que se adorna de lana roja en su potera y se defiende con un eje alámbrico alargado. Que clava lucios nadie lo va a negar, pero que rara vez se clavará en lucio de mérito también es cierto, a veces porque el lucio de talla escasea, a veces porque no se dejan engañar con este señuelo tan poco discreto, tan burdo... Es señuelo que llevará a seco lucietes adolescentes, porque el lucio longevo te dice hoy la marca y modelo de cualquier señuelo que le presenten y aun puede recitar la carta de colores del fabricante. Dos soluciones clásicas en la defensa del señuelo que siguen siendo útiles, pero que limitan mucho las posibilidades con el lucio de talla. Al menos eso creo.

El trozo de kevlar, que también se emplea, parece que sólo lo usan quienes tienen en el sedal pesado el arma para dominarlo, pues no es solución que se emplee en el lance ligero, aunque no sé muy bien por qué. Quizá porque no es material corriente en las tiendas de pesca. Como también es escaso el uso de la cuerda de guitarra, que presta un excelente servicio en este menester. Estoy hablando de cuerda de tripa, que no metálica; aunque ésta, si es fina, también es una opción que merece la pena probar.

Hay quien defiende el empleo del multifilamento, afirmando que resiste mejor el roce con la dentadura de este predador. No dudo que así sea, pero plantea un problema grave; su nula elasticidad, que favorece la detección y clavado del lucio profundo o lejano, pero puede causar una apreciable herida en el ejemplar que se defiende con energía y, también, que el ensanchamiento de la herida conlleve la pérdida de la pieza por soltarse el anzuelo.

Solución también utilizada, que me parece la mejor elección, es emplear un trozo de monofilamento de mayor calibre que la línea, de un 0,40 a un 0,60. Tiene la ventaja de su menor visibilidad, aunque no la resistencia del acero trenzado, y deja mayor libertad al señuelo, que despliega mejor sus cualidades natatorias. A día de hoy ningún lucio me ha cortado un bajo de 0,45, quizás porque no he tenido que trabajar con él ningún lucio realmente grande (de 7 kilos para arriba), pero un 0,50 o 0,60 resiste una prolongada pelea con un lucio de esta talla y mayores. Si se opta por esta solución, se ha de tener presente que cuanto más grueso es el bajo, mayor la seguridad de que el esócido no lo partirá por rozamiento con sus dientes, pero también que menor es la naturalidad con que trabaja el señuelo.

Otra posibilidad es emplear señuelos de cierto tamaño. No es la longitud de un señuelo algo que produzca rechazo en el lucio, que puede atacar presas de hasta la mitad de su talla, aunque parece preferir la presa que no excede de un 30% de la suya propia, lo que da un largo margen al pescador. Así, por ejemplo, los peces artificiales de 18 cm rara vez serán perdidos en acción de pesca por rotura del sedal que los sujeta. Yo no he perdido ninguno caceando lucios porque haya cortado; se pierden estos señuelos porque los fondos de muchos embalses son muy irregulares y el enroque o enganche en el chaparro que murió ahogado y cuyo esqueleto aún perdura en las aguas. Aquí, con esta técnica, un error puede ser una pérdida, aunque con el barco muchos señuelos se sacan acercándose al enganche.

Muchas soluciones, pero todas con claroscuros, pues al final lo que se necesita está muy claro; un material resistente a la abrasión y corte con la dentición de este voraz, que tenga una excelente flexibilidad, permitiendo así que el señuelo despliegue todas sus cualidades y sea invisible bajo el agua. Sobre todo para esas escasas oportunidades que nos dan los lucios de talla si pescamos desde orilla, que auxiliados del barco nos da -en embalse- algunas más.


Poco lucio de talla

El lucio no anda en su mejor momento, y aquellas pescatas de hace 20 o 25 años, cuando eran cuatro los que andaban tras él, son hoy recuerdo para quienes las disfrutaron. Hoy hay poco pez para tanto pescador y menos de esos lucios longevos que llevan bastantes años alimentándose de cangrejo rojo y ciprínidos en las aguas profundas y que son la ilusión de todo pescador que ande buscándole las vueltas a este pez importado. De vez en cuando, en la primavera, algunas hembras que buscan el desovadero caerán, y algunos de sus galanes enamorados, pero en el invierno habrá que trabajarlos casi de continuo en fondos con cierto calado y aun muy profundos (a más de 20 metros de hondura).

Pero ante esta realidad, de pocos y difíciles, lo único sensato que puede hacer el pescador es crecerse y mimar los detalles, porque si bien ha de tener fortuna para que su señuelo cite a un buen ejemplar, que este azar benévolo no sea baldío y que muerda y tengamos la oportunidad de sentir esos cabezazos enrabietados que le son tan característicos. Más aún en bastantes de esos embalses que hacen honor al refrán castellano que afirma que quien tuvo retuvo. Como es el caso de Cijara, La Fernandina, Guadalmena, Entrepeñas... donde la densidad de lucio grande es baja o muy baja, pero la compensan estas aguas ofreciendo ejemplares de postín, con 10 kilos o más, aunque adornados de bastantes jornadas sin más recuerdos en la cesta de las capturas que los del señuelo perdido en el roquedal sumergido o el que nos abandonó enamorado de algún árbol anegado.

Siguen existiendo aguas capaces de dar buenas jornadas, como sucede en Orellana, con un sinfín de embalses que también pueden tener su día, como Sierra Brava, Alange, Santa Ana... pero lucio de talla se saca poco, porque la escasez aprieta, pero también porque este lucio de mérito -con la excepción del momento primaveral de puesta- rara vez sale de los fondos de bastante calado y que lo haga con el agua muy fría y los ciprínidos y el cangrejo abrigados con muchos metros de agua es la excepción. Tendencia que acentúa a medida que las noches se van vistiendo de frío y que será la norma con el invierno dueño de la sierra; por más que tengan sus momentos en que se animen a instalar su puesto de caza en escarpes sumergidos más o menos cercanos a las orillas, aunque también profundos. Esto lo hacen con cierta frecuencia en aquellos lugares de paso de ciprínidos.


Vinilos: una solución para el invierno

De ahí que entre los pertrechos del pescador de lanzado ligero, desde barco u orilla, no puedan faltar los señuelos pensados para trabajar el fondo y sus cercanías, por mucho calado que tenga, cuando las aguas ya no recuerdan las tibiezas del otoño en sus inicios.

Entre estos señuelos, hace bastantes años que son los vinilos los más empleados, montados en anzuelos de cabeza plomada (jigs) o con plomo interno de yunque últimamente, y la verdad es que reúnen un ramillete de características deseables en esta pesca. Entre ellas su coste, bastante menor que el de los peces artificiales y algo menos que cucharillas, sin que su pérdida duela tanto al bolsillo; pero también el que son utilizables en fondos de cualquier calado y que su eficacia está contrastada. Si acaso, como posible defecto, que el disponer de un solo anzuelo no traba al ejemplar que mordió con la seguridad que lo haría un señuelo de potera. Pero esta supuesta deficiencia es virtud cuando el engaño trabaja el propio fondo y sitios donde el enganche en roca, ramajo o vegetación subacuática es lo esperable, pues son estos lugares pocos limpios en los que suele el lucio de talla instalar su apostadero de caza. Los adolescentes, sin embargo, también pueden aparecer descansando sobre fondos limpios cubiertos por unos pocos metros de agua. No es difícil dar con ellos a 4-6 metros en las horas centrales del día, si éste es calmo y soleado.


Lucios cercanos

Como hay días calmos y soleados en los que las carpas y barbos se arriman a comer en las aguas someras, no será de extrañar que el lucio les siga a cola y también él suba en las horas centrales del día. Más si cursa el invierno con unos días de sol y bonanza eólica.

En esos momentos en que el lucio se acerca a las orillas o sube hacia aguas de bastante menor calado, pueden emplearse otros señuelos con éxito. Los peces artificiales flotantes de amplia pala son opción aconsejable cuando los suponemos a 6-8 metros de agua, en especial cuando las aguas andan oscuras, tomadas, pues señalarán su presencia con el vigoroso tambaleo lateral que le es propio durante la recogida y su sonajero. Pero habrán de estar libres de obstáculos, para no perder el señuelo.

También pueden utilizarse los señuelos medianos de superficie si se les ploma ligeramente la línea (un Husky Jerk de Rapala, por ejemplo), transformándolos en señuelos de hundimiento lento. Son idóneos en aguas claras o muy claras y abiertas, sin demasiados enganches potenciales, haciéndolos trabajar a medias aguas o sobre fondos de medio calado (6-10 m) a 1-2 metros sobre ellos, lo que se consigue empleando el procedimiento countdown (cuenta atrás). Es decir, se lanza el señuelo con el carrete abierto y se empieza a contar hasta que el señuelo deja de sacar sedal del carrete, con la caña baja. Se cierra el recogehilos y se alza la caña (levantando el señuelo del fondo) recogiendo a continuación. Si el pez artificial alcanzó el fondo a llegar nuestra cuenta a 16, en el próximo lance empezaremos a recoger (con la caña baja) al llegar a 12-14, así sabemos que trabajará a uno o dos metros sobre el fondo.

Y para esas amanecidas, atardeceres, horas centrales de días de niebla... en que el lucio grande puede situarse bien cerca de la superficie (2-4 metros de hondura) y si anda el agua despejada de posibles trabaduras, es opción provechosa el empleo de la cucharilla con pez de goma del número 4 o 5. Este engaño se emplea poco -cayó casi en desuso-, pero sigue siendo atractivo para el lucio y permite batir mucha agua en su búsqueda. Lástima que Mepps o cualquier otro fabricante no haya hecho el esfuerzo de dotar a este señuelo de un mayor número de coloraciones y libreas. Probablemente si al pececillo de goma se le dotase de un mayor realismo y se incorporasen libreas imitadoras del joven bass o de la percasol, por poner dos ejemplos, su eficacia aumentase.

En lo demás, se han de cuidar los detalles (sedal no envejecido por el uso, nudos bien ejecutados...) para que si tenemos la suerte de cara y el lucio grande nos visita, que este azar benévolo tenga el premio de la captura. Sólo ella justifica ese caudal de ilusión que nos lleva hasta el embalse luciero a poco que dispongamos del tiempo libre necesario. Que bien la merece quien salió a altas horas de la madrugada, para recorrer muchos kilómetros entre nieblas densas, tan propias de esta estación climatológica, para soportar fríos y que volverá a casa con noche cerrada.
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