Hemeroteca :: 01/07/2006
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Ciprínidos

La puesta al día de una especie tradicional

Última actualización 01/07/2006@00:00:00 GMT+1
Dentro del ámbito de la pesca en agua dulce, los barbos han sido una de las especies en que se ha plasmado de forma fehaciente su desarrollo y evolución, tanto en lo que a materiales como en las técnicas destinadas a su captura se refiere. Esta es la razón por la que muchos pescadores que antes sólo perseguían truchas han dado el paso hacia su pesca, encontrando en ellos diversión para todo el año.
El barbo es básicamente un pez de río, con querencia por zonas de aguas corrientes en muchos momentos del año. Sin embargo, la proliferación de embalses a lo largo y ancho de nuestro país ha permitido a sus poblaciones encontrar nuevos hábitats en los que han conseguido adaptarse sin problemas y, caso también de otras especies de ciprínidos, proliferar con generosidad en sus aguas.

Tradicionalmente, en los pueblos de las riberas que los albergan, los barbos se han pescado con red desde un punto de vista comercial y con el objeto de abastecer los pequeños mercados locales. También han sido objetivo de pescadores no demasiado ambiciosos en cuanto al desarrollo de sus técnicas de pesca y de su afición en general, pues la imagen típica del pescador sentado bajo la sombra de un árbol, al abrigo del sol de verano, con una caña tosca, nailon de grosor excesivo para las circunstancias y un bote de lombrices como cebo, coincide con la iconografía predominante que de la pesca del barbo se ha tenido conocimiento durante muchísimos años en nuestro país.

Si bien estas situaciones se mantienen en la actualidad -más para la pesca con caña que para la pesca con red-, el barbo ha dado un salto cualitativo en cuanto a técnicas, materiales y, no sé si como origen o consecuencia de lo anterior, en la consideración que de esta especie se tiene dentro del ámbito de los pescadores en general.

Esta reflexión convendría acotarla antes de que se vean heridas sensibilidades. Dentro del mundo de lo que en España se conoce como pesca en agua dulce de competición (es decir, básicamente pescadores de ciprínidos que pescan en puesto fijo, con técnicas tipo inglesa, boloñesa, con cañas enchufables, etc) el barbo es una especie en gran consideración desde el mismo momento del desarrollo de esta actividad en nuestras aguas. Sin embargo, este artículo no se centra en ese tipo de pescador, sino en aquél que procede de otras modalidades y por distintos motivos ha llegado a descubrir la pesca del barbo. En concreto nos referimos a cómo un notable grupo de pescadores de salmónidos (sobre todo de truchas), ha descubierto en los barbos la solución a su afición fuera de las fechas habituales de la pesca de las pintonas.

Es a partir del desarrollo de esta tendencia cuando el barbo adquiere verdadero peso mediático en las publicaciones especializadas en pesca que se distribuyen en nuestro país.

Una pesca para el verano
La familia de los ciprínidos (a la que pertenecen los barbos) tiene una serie de características comunes en las diversas especies que la componen. La más conocida es la relación entre la temperatura del agua y la actividad de los peces.

De esta manera, los ciprínidos están más activos en busca de alimento durante los meses de verano. Si a esto le unimos que coincide con la época del año con más tiempo libre para los pescadores (pues la duración de la luz del día amplía el horario y las posibilidades de efectuar una salida de pesca), se nos juntan el hambre con las ganas de comer y de ahí gran parte del éxito de esta especie dentro del mundo de la pesca. Un éxito que no es ajeno al desarrollo de la actual sociedad del ocio, cuya principal demanda es la de tiempo y oportunidad para disfrutarlo.

Además, a todo esto la naturaleza le pone la guinda con algunas de las más destacadas características biológicas de los barbos que le hacen ser tan abundantes. Una de ellas es su ubicuidad, es decir, encontrarse en multitud de hábitats diferentes. Ríos de diversos portes, aguas corrientes, aguas embalsadas, etc. Cualquier curso de agua de tipo medio está capacitado para albergarlos. A esto se une su dieta omnívora, es decir, variada y sin especializaciones manifiestas, lo que les permite encontrar recursos suficientes en lugares muy diferentes.

El reto de las artificiales
La pesca del barbo con mosca se basa en los mismos principios que la de otras especies. Sobre la idea de imitar con las moscas artificiales algunos de los seres vivos de los que se alimentan, tras lanzarlas sobre el agua se intenta que el pez las tome con su boca. Aparentemente, la explicación es de perogrullo, pero sólo hasta que se pone en práctica con los barbos.

Y es que no hablamos de una especie predadora, por lo que su comportamiento difiere mucho del de otras especies que se pescan con mosca en agua dulce. Por ejemplo, la especie de referencia para la pesca con mosca en nuestras aguas es la trucha. Ésta toma las moscas incluso arrancando a por ellas a gran distancia desde su apostadero, en especial cuando se está pescando en aguas corrientes, y ésta es su principal diferencia con el barbo.

Al ser una especie oportunista, y de alimentación general y variada, no presenta las reacciones fulgurantes de las truchas, ni se empecina en persecuciones a las presas que pretende capturar. Muy al contrario, no tiene necesidad de hacerlo. Se trata de un pez de reacciones lentas en este contexto y como tal hay que abordar su pesca. Además, parte de su dieta la basa en la ingestión de vegetales del lecho del río, con lo que la parte de tiempo y energía que emplea en perseguir presas que escapan es muy pequeña.

Por todo ello, lo fundamental que hay que meterse en la cabeza a la hora de presentar las moscas a los barbos es hacerlo lo más cerca posible de su boca y mejor si es delante de ésta. No suelen salir a más de un metro de distancia a por ellas, y eso si están con hambre y la presa que les presentamos les parece atractiva. Si, por el contrario, están poco reactivos, es tal su desgana que apenas mirarán las moscas a más de un palmo de su boca.

Básicamente, si se pescan en un río, la presentación debe hacerse cuando los localizamos en aguas paradas. Por ello se debe buscarlos en las entradas o dentro de los brazos de río, curvas de pozos poco profundos donde el agua se remansa hasta casi pararse y cerca de las orillas menos profundas.

El mayor porcentaje del éxito en la pesca del barbo se basa en acercarse lo suficiente para asegurar un lance de precisión cerca de su boca sin ser descubiertos. Si esto se hace con poca finura, enseguida nos daremos cuenta de una de las paradojas de la pesca de estos peces. Y es que si bien son poco reactivos a los cebos artificiales, en cuanto descubren al pescador (bien por hacer ruido o dejarse ver al acecharlos, o simplemente porque ven mover la caña al lanzar sobre ellos la mosca) huyen raudos como el viento, mostrando una velocidad de arrancada espectacular.

En resumen, y según lo dicho hasta el momento, nos encontramos con que estamos intentando pescar un pez muy esquivo en aguas someras y que pica muy mal a los cebos artificiales. Sin embargo, una vez clavado en el anzuelo, el barbo se comporta con toda dignidad en la lucha. El encanto de esta pesca radica en gran medida en que es un pez abundante y que alcanza buenas tallas (entre 400 gr y 1 kg son frecuentes), lo que le da un gran juego a la hora de pelear en la caña. Y además, se pesca durante todo el año.

Está claro que quien se plantea un reto como este, es porque se siente atraído por la abundancia de piezas de talla y peso notables, de en torno a los dos kilos para arriba. Sin embargo, no por ello deja de ser una gran especie para quien únicamente quiere “hacer manos” con la pesca a mosca y estar en forma para cuando llegue la temporada de trucha, razón que cada año se repite con mayor frecuencia en nuestras aguas.

Al respecto, y de manera anecdótica, decir que con la caña de mosca de las truchas y el material que se utiliza en España habitualmente, no conocí la utilidad del backing ni conseguí verlo fuera del carrete hasta que me dediqué a las pesca del barbo con cierta intensidad, momento en el que junto con algunos amigos empezamos a clavar piezas de gran porte en los ríos de la cuenca del Duero.

Esta es una actividad altamente recomendable para cualquier pescador que quiera tener diversión pura y dura, sin estar atado a los estereotipos de la pesca de la trucha.

Los cebos naturales, protagonistas
Si bien el desafío de la pesca de barbos con mosca o con cualquier cebo artificial es uno de los reflejos de la evolución de la pesca en la actualidad, el uso de cebos naturales protagoniza el día a día de esta modalidad.

En este sentido, cabe decir que la pesca con cebos naturales es capaz de recoger en su conjunto la misma esencia de un día de campo y naturaleza. La recogida del cebo, como paso previo a la salida de pesca, tiene un encanto propio que complementa a la acción con la caña. El conocimiento y desarrollo de los cebos más adecuados a cada época del año y circunstancia del río, y sobre todo de los lugares y técnicas para encontrarlos, dejan notar un profundo conjunto de saberes obtenidos de la observación del medio natural. Ello define al pescador como un naturalista de primera línea, tal y como viene reconociéndose en la actualidad por las líneas de pensamiento más conservacionistas, muy lejos ya de aquellas figuras que no pasaban de ser únicamente extractores de peces para su venta.

Aquí es fundamental no olvidar que el barbo se ceba muy poco en superficie y sólo de manera excepcional. Como a todos los peces, le gusta salir poco del agua y el hecho de buscar comida fuera de ella no deja de plasmar más una necesidad que una elección.

Le gustan bastante las eclosiones de hormigas en los días de tormenta de verano, pero éste es un rasgo que podríamos aplicar a casi todas las especies. En aguas paradas y durante los rigores del estío, no tiene mucho donde elegir y buscan en las sombras de las orillas animalillos en superficie.

También a finales de septiembre y en los primeros fríos de octubre y noviembre, se les ve cebarse en superficie con las últimas eclosiones aparentes de siálidos y efémeras antes de que el invierno se instale definitivamente. Pero las cebas en superficie, salvo en estos casos puntuales, no son la norma.

Lo habitual es que coman arrastres del agua o busquen sus presas sobre el fondo. Entre éstas, la palma se la llevan los tricópteros o canutillos, seguramente por la sencilla explicación de que son de los más abundantes en nuestros ríos, tal y como demuestra el hecho de poder recogerlos en cantidades suficientes y en un tiempo razonable, para abordar una jornada de pesca con garantías.

En definitiva, cumplen las premisas básicas de un cebo de pesca, esto es, accesibilidad y eficacia. Sobre esto último, decir que en el caso de los tricópteros la práctica demuestra que funcionan muy bien. Mientras, los canutillos se encuentran sobre el fondo, encapsulados en sus fundas de piedras y palos, y una vez extraídas resisten bien el ensartado en el anzuelo.

Las gusarapas y la locura del barbo
Algo menos abundantes son las conocidas gusarapas, conjunto de ninfas de insectos, que incluyen a los efemerópteros pero fundamentalmente referidas a los plecópteros. Estos animales utilizados como cebo producen los mejores resultados en la pesca del barbo, los cuales las aceptan con gran generosidad.

Al contrario que en el caso de los canutillos, las gusarapas no se encuentran con facilidad en cualquier época del año. Los lugares habituales para encontrarlas serían los lechos de ríos o charcas con abundante vegetación donde proliferen con abundancia, para poder hacer acopio de ellas sin gastar demasiado tiempo. Aquí, el conocimiento personal de cada pescador llega a convertirse en un secreto profesional de primera índole.

En este contexto, decir que en los distintos meses del año, en un mismo lugar se encuentran gusarapas que van cambiando de especie, en función de las épocas de eclosión y de máxima actividad de cada una de ellas.

La cuestión de la especie de insecto (y en cualquiera de los grupos que se mencionan aquí) es poco o nada relevante a la hora de pescar, pues la afinidad de formas de todas ellas en cada uno de los órdenes de insectos, hace que funcionen de manera muy parecida. Y más en el caso de peces de alimentación muy general, como es el caso de los barbos.

Así, la técnica de pesca con boya presentada bajo el más simple de sus planteamientos, es muy apropiada para este tipo de cebo, ya que permite lances de cierta longitud y presentaciones largas a media agua con el cebo derivando, que respetan bastante la integridad de la gusarapa en el anzuelo. Y es que conviene recordar que por su consistencia más bien blanda, las gusarapas no aguantan lances con tracciones fuertes o su presentación en el fondo el río en periodos incluso cortos de tiempo.
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