Pesca de Mar
Aventura
en el Mar
del Coral
Última actualización 01/06/2006@00:00:00 GMT+1
Este es un viaje al corazón del Mar del Coral, 500 km mar adentro desde las costas australianas y en unos arrecifes vírgenes. El sueño de cualquier cazador de grandes piezas como los giant trevally (GT), los cuales llegan a alcanzar pesos superiores a los
60 kilos.
Cuando oí que me llamaban mientras esperaba el equipaje en el aeropuerto de Brisbane sabía que algo malo estaba pasando. Acercándome al mostrador de información con la cabeza baja esperaba ya la ducha fría, de esas que te estropean una semana, quizás la más esperada del año. Mi equipaje estaba en Londres, extraviado, y llegaba el día siguiente. Por desgracia, la misma tarde me embarcaba para una travesía de 300 millas náuticas. La mañana pasó entre una tienda y otra, deprisa y corriendo, intentando juntar algo de ropa y de material para poder afrontar una semana con el mínimo indispensable. Las cañas me las iba a prestar mi amigo Bertrand, los carretes los llevaba yo, y afortunadamente tenía conmigo algún señuelo mientras otros tuve que comprarlos en Jone’s Tackle, la tienda del amigo Neil en Brisbane.
Una vez completada la compra subí con mis bolsas de plástico de súper a la furgoneta donde nos esperaban los compañeros de viaje japoneses, todos con el mismo destino: Harvey Bay, y de allí a Kenn Reef. El grupo estaba compuesto por la crème de la crème del deporte nipón. Entre ellos Yoichi Mogi, el gurú del deep jigging, y el que realmente ha reinventado esta técnica que yo me propuse introducir en España hace unos 3 años (de modo que soy su discípulo, si así podemos decirlo). También estaba Kenji Konishi, el dueño de Carpenter, una marca que produce unas cañas y unos señuelos excepcionales, así como carísimos. Aguantando mis penas y el cabreo me esperaba mi amigo Bertrand Picarda, “Frencho” para los íntimos, excelente pescador de GT y mejor persona si cabe. Durante el trayecto de ida estuvimos familiarizando con los asiáticos y, a pesar de la dificultad de comunicación, el lenguaje universal de la pesca trabajó a nuestro favor. Los japoneses en general no entienden el inglés y nosotros, que hablamos 3 o 4 idiomas cada uno, lamentablemente no masticamos la lengua del emperador del sol naciente, así que de amigos, de señas y “esperanto” iba la cosa y de vez en cuando molestábamos a Dave, su intérprete australiano.
Una vez embarcados salimos de noche hacía nuestro arrecife lejano, muy lejano. Nos esperaban unas 30 horas de navegación. Para aguantarlo, me tomé una pastilla para el mareo y me quedé frito -casi grogui- durante el viaje. El barco nodriza es de los que están estudiados al detalle para este tipo de operaciones. Un catamarán nuevo, todo de aluminio, de 80 pies de eslora con 5 cabinas y dos baños para los clientes, un salón comedor con una amplia cocina, una estiva que podía ser la del Arca de Noé y un puente superior donde estaban colocadas las lanchas de pesca que se subían y bajaban con una grúa hidráulica. Proa y popa abundaban en espacio, la primera para lanzar o tomar el sol, y la segunda para ordenar las cañas y dejar los bártulos a mano antes de salir a pescar. En la cabina de mando, lo último en electrónica y equipamiento, y unos skipper excepcionales que se iban alternado: Damon (el dueño) Phil, Ed y Scott.
500 kilómetros mar adentro
Al llegar al arrecife Kenn Reef todos estábamos más o menos listos. Los guías empezaron la laboriosa tarea de preparar los barcos y bajarlos, y rápidamente las tres lanchas salieron a pescar. Subí con Scott, y como compañeros tenía a Konishi-san y Hokada-san, que nada más empezar la pesca me dejaron atrás como a un burro en una carrera de purasangres. Usaban stickbaits hechos por Konishi-san que funcionaban de maravilla, mientras que mis poppers no levantaban ni un pez. Al décimo que sacaron delante de mi nariz decidí cambiar de señuelo y usar uno de los stickbaits (en realidad unos paseantes talla XL) que me habían prestado.
El resultado cambió un poco, pero no tanto como me esperaba. Empecé a sacar algún pez, pero siempre quedándome atrás con respeto a los dos nipones, ya que su experiencia en maniobrar aquellos señuelos era mayor. El día acabó con alguna bonita captura, pero ya se empezaba a ver el perfil de lo que iba a ser la semana de pesca. Piezas en cantidad, pero sobre todo de calidad, y esto es lo que la mayoría buscaba: capturas como los giant trevally.
El segundo día me vi a bordo de un dinghy de aluminio (una pequeña lancha auxiliar del nodriza) pescando con Kiu, uno de los mejores pescadores de GT de ese grupo. Esta vez llevaba una caña que me había prestado Bertrand y un señuelo hecho por Eric Le Guyadier, experto pescador francés que fabrica artificiales en resina. Se trataba del Big Foot, un stickbait hundido de 220 gramos y color rosa, peligrosamente armado con 2 anzuelos triples del 7/0. Con ello lograba lanzar al límite de la ola, a pesar del trenzado de 100 libras y un bajo de nailon trenzado bastante largo. La mañana me sonrió bastante. Saqué 5 GT y algunos pececillos más y por la tarde entraron los atunes de aleta amarilla y los petos. El festival fue infinito.
La cosa se iba animando. Los días siguientes fueron para mí algo penosos al no conseguir conectar con los peces, y los más gordos no parecían interesarse por mis señuelos. Una tarde conseguimos salir a jigging con Yoichi Mogi y tampoco tuvimos suerte. Salieron muchas piezas, pero ninguna de las que todos esperábamos en forma de atún dientes de perro de más de 50 kilos... El problema mayor del jigging es que nadie realmente conocía el arrecife, los fondos y las zonas buenas. El grupo de la semana anterior había localizado en Cato Reef, unas 90 millas más cerca de tierra, el punto álgido para esos túnidos y habían logrado sacar uno de 40 kilos y romper con todos los demás. Se dice que en aquellos arrecifes nadan animales bastante más grandes del récord IGFA y que son prácticamente imparables. Estoy seguro de que en los siguientes viajes a Kenn Reef saldrán dientes de perro enormes, y poco a poco se irá descubriendo la zona aún más.
Pero para contrarrestar mi mala suerte ya estaban los demás. Salieron tres GT de más de 50 kilos, y en total los chicos contaron más de una docena de peces superiores a los 40 kilos, y todo esto en 4 días de pesca y sin conocer la zona. No ha de extrañar tal resultado, ya que estamos hablando de un país que cuenta con el GT pescado a spinning más grande del mundo, con más de 68 kilos, y estos arrecifes son unas reservas donde está prohibido pescar con artes profesionales y están vigiladas en todo momento, cosa que pudimos comprobar nosotros mismos ya que dos días seguidos tuvimos a los aviones de la marina militar australiana controlando nuestros movimientos.
Si la pesca desde el barco no estuviese lo suficientemente bien, también había spinning pesado desde los islotes de arena cerca del arrecife. Me tocó el último día. Nos abandonaron en una lengua de arena coralina de 100 metros por 20 y nos pusimos a lanzar. La semana anterior, siempre en Cato Reef, uno de los australianos sacó así un GT de 50 kilo, y las expectativas eran bien altas. El primero en pegar algo fui yo. Una preciosa coral trout que mordió el Big Foot delante de mi nariz y me llenó de entusiasmo. Al rato me entró un green jobfish mordiendo el señuelo debajo de mis pies, donde se acababa el agua, soltándose enseguida y poco después un GT de unos 8 kilos decidió intentar el suicidio tirándose al artificial 5 veces seguidas antes de quedar enganchado. Konishi-san, también atrapado en la isla desierta, pegó también un GT poco más grande que el mío. La verdad es que para mí fueron los momentos más agradables y emocionantes de todo el viaje. Repetiría sólo para volver a pisar aquella arena rugosa esperando una picada, con los pies bien plantados en la tierra firme.
Nunca acabamos de aprender
En este viaje he aprendido bastante, ojeando bien los movimientos de los japoneses con los megapaseantes, y de Bertrand, que es un maestro en el manejo de los stickbaits hundidos. Es curioso que usando esos paseantes de la manera tradicional -con el propio movimiento de pasear el perro- no conseguía ni la mitad de las picadas que los nipones, que solían trabajarlos con tirones más largos y pausas para que se sumergieran por un segundo y volvieran a flotar quedándose parados por instantes. Digamos que la practicidad supera la estética y ahora que los he vuelto a probar en otro viaje puedo comprobar que efectivamente funcionan mejor así.
Jiggeando con el maestro Mogi-san también he “fotografiado” un movimiento muy bello y efectivo que a los pocos días he podido usar en El Hierro con las serviolas mostrándose ganador al 100%. Curiosamente, también en este caso se trata casi de un “pasear el perro” pero hecho en vertical, algo que demuestra una vez más mi sencilla teoría de que el jigging es tan técnico y variado como el popping o el spinning. En fin, los amigos asiáticos son una caja de sorpresas y seguirán por un tiempo bastante largo dominando la escena de la pesca tropical con sus avanzados materiales. Son buenos manejando los señuelos y afinando sus artilugios. Sin embargo, los europeos no tenemos mucho que aprender en cuanto a lanzar, pelear los peces y ser algo más prácticos a la hora de pescar, ya que poco tiempo perdemos para reponer equipos y preparar el material.
Quizás haya más ritual en los gestos de nuestros amigos orientales, lo cual no es necesariamente un defecto, sino que puede ser algo bonito.