Hemeroteca :: 01/04/2006
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Pesca de Mar

Cómo elaborar este señuelo para la pesca de mar

Última actualización 01/04/2006@00:00:00 GMT+1
Una de las sensaciones más satisfactorias que existen en la pesca con señuelos artificiales es poder
engañar y capturar un pez usando un señuelo fabricado por uno mismo. Si encima el utilizarlo
repercute en la calidad y cantidad de las capturas, en el coste económico y en procurar menor daño
a nuestros adversarios de escamas, el asunto es todavía más ventajoso. Proponemos un ejercicio sencillo que mezcla pesca y bricolaje, una reflexión acerca de un señuelo fisiográficamente distinto al pez
de plástico, madera o metal de toda la vida. Una manufactura sencilla, versátil y económica.

Un anzuelo plomado vestido con plumas, pelos o similares. Un jig.
Antes de entrar en materia y aunque sobra decirlo, hay que señalar que no sólo las cabezas plomadas reciben el nombre de jigs. Técnicamente también es un jig un cuerpo de metal o plomo con forma de pez o cefalópodo, similar a las clásicas cucharillas. Para ahorrarnos líos, y aunque eventualmente empleemos el término jig, en estas páginas nos referiremos sólo al producto resultante del empleo de cabezas plomadas.

Cabe decir que la pesca con este tipo de artilugios en la modalidad de lance ligero es una técnica bastante añeja al otro lado del Atlántico. Particularmente en la parte estadounidense del nuevo continente, llevan utilizando desde siempre anzuelos plomados vestidos con materiales diversos para tentar a una larga lista de especies de peces, tanto de agua dulce como salada. En Europa (y sin olvidar los antecedentes del eterno y rudimentario chivo), su uso es paralelo a la difusión y profusión del lance ligero en el mar como técnica de pesca deportiva, estando hoy en día presente en las cajas de cualquier pescador que dé rienda suelta a su afición a golpe de señuelo.

Pero, ¿qué nos aporta la pesca con jigs en la modalidad de lance?, ¿qué ventajas tiene respecto a otros señuelos? Yo citaría cuatro principales. Por un lado, supone el empleo de un anzuelo sencillo, lo que representa un menor daño al pez en unos tiempos en los que la captura y suelta y la conciencia conservacionista ganan terreno a pasos agigantados. En segundo lugar aportan una gran versatilidad a nuestra pesca, pues no se limita a un solo estrato de agua ni a una sola especie. La acción y el movimiento no están cerrados a una hidrodinámica planeada de antemano, las evoluciones del jig son creativas y están abiertas a la inventiva e intuición de cada pescador. En este sentido, podemos jugar con formas, pesos y colores en base a las condiciones ambientales del momento, y pescar con jigs puede ayudarnos a agudizar nuestros instintos, a pensar más en la pesca y sus circunstancias.

Por último, cabría destacar el bajo coste de la manufactura en relación al resto de señuelos que pululan por el mercado. Si nos pusiéramos a la tarea de sumar los costes de fabricación de un jig desde la adquisición de las cabezas plomadas hasta el de las fibras o materiales empleados en el dressing (adorno y vestido del señuelo), difícilmente superaría los 5 o 6 euros de precio máximo.

En cuanto a los inconvenientes o desventajas, el principal es el fácil deterioro del señuelo como consecuencia de la maleabilidad del plomo al golpeo con superficies duras y a la escasa resistencia de la mayoría de las fibras ante los afilados dientes de la mayoría de los depredadores marinos.

La cabeza del jig
Aclarado lo que significa pescar con cabezas plomadas, comencemos por descubrir la anatomía de uno de estos jigs hablando del cuerpo de metal y plomo, que es lo que sirve de base al vestido de pelos que terminará de configurar el señuelo. En rigor, este andamiaje no es más que un anzuelo de tija larga de gran abertura, al cual se le ha añadido (en las proximidades del ojal y dispuesto de manera equilibrada) una porción de plomo o metal con el objeto de lastrarlo y que pueda ser lanzado.

Con respecto al anzuelo, lo usual en cuanto al material que lo configura es el acero niquelado. Sin embargo existe la posibilidad de adquirir cabezas plomadas que incorporan anzuelos en acero inoxidable de estructura mucho más gruesa y resistencia a la corrosión, ideales para ambientes marinos y especímenes generosos en carnes y fauces. En cuanto al apósito de plomo que conforma la jig head, el moldeado de la misma y la distribución de pesos desarrollan una variedad de formas muy extensa que se puede simplificar en: cabezas de pez o minnow head en sus diversas variedades, cabezas cónicas tipo bala (también llamadas spider head), cabezas esféricas o football head y las singulares bananas. La disposición del ojal del anzuelo que sirve para atar el jig a la línea y la distribución de pesos en la cabeza plomada en función de las formas comentadas inciden de manera fundamental en las acciones natatorias del señuelo, propiciando evoluciones diversas en relación a la profundidad de pesca.

En nuestra sencilla clasificación, minnows, cabezas esféricas y balas podrán viajar sobre el fondo o a medias aguas sin necesidad de esfuerzo, mientras que las cabezas tipo banana, con el peso descompensado en su parte delantera inferior y el ojal algo más adelantado, son ideales para pescar en los primeros metros de la columna de agua, o en aguas someras aprovechando su peculiar hidrodinámica.

Capa de pintura
Respecto al dressing, éste comienza con el pintado de las cabezas plomadas. Y aquí es preciso realizar una advertencia clara: no hay pintura sobre una superficie plomada expuesta al golpeo que resista la deformación del material que le sirve de base. Hay soluciones que amortiguan en algo el fenómeno, pero no hay milagros en este aspecto. Podemos utilizar la mejor pintura del mundo, la más cara y de acabados más bellos, y tener nuestro jig machacado y hecho una piltrafa al primer lance por un golpe imprevisto contra el fondo o las rocas de nuestro alrededor. Ante esto recomendamos no complicarse mucho la vida y recurrir a la pintura más cómoda y barata que tengamos a mano, dar varias capas de blanco como pintura base y a partir de ahí embellecer la cabeza de nuestro jig con nuestros colores favoritos.

Una vez la cabeza plomada ha sido dañada, la solución pasa -o al menos esa es la que yo adopto-, por regularizarla de nuevo recurriendo a una lima o papel de lija repitiendo el proceso de pintado. Algunos pescadores omiten pintar las cabezas de los jigs y se limitan a vestirlos de pelos y plumas. La efectividad del jig quizá sea la misma, no lo dudo, pero es preferible pintarlas aunque sea solamente por razones de sentido estético.

Puestos a pintar, existen pinturas para todos los gustos, pero señalaría tres que aportan distintos grados de efectividad e idoneidad. En primer lugar, tenemos soluciones vinílicas “made in USA” que dotan al plomo de un recubrimiento gomoso que palía en algo la deformación de las cabezas. También existen las pinturas en polvo que se aplican untando en ellos la jig head tras haberla calentado previamente en el horno, y los clásicos esmaltes sintéticos de toda la vida que aportan al pintado practicidad y economía.

Las primeras son caras y complicadas de importar dada su consideración de material inflamable, las segundas presentan como inconveniente el tener que calentar previamente el plomo y hacer algo más largo y engorroso el proceso, mientras que con la tercera de las soluciones ganamos en rapidez y sencillez aun perdiendo quizá atractivo en los acabados finales. Como he apuntado anteriormente, recomiendo no complicarse la vida y recurro a la vía rápida de las pinturas tradicionales en la mayoría de las ocasiones. Un par de capas de blanco base y luego el color que elijamos como resultado final.

Pelos, plumas y fibras
El jigcasting implica la posibilidad de decorar las cabezas plomadas con una amplia variedad de fibras sintéticas y naturales.

Por un lado, tenemos el material natural por antonomasia, el pelo proveniente de la cola del ciervo, denominado bucktail en la lengua anglosajona. Un material de montaje clásico, versátil y de fácil adquisición. La posibilidad de disponer de él en un amplio abanico de colores, el hecho de que con una sola cola se puedan montar un buen número de jigs, y la flexibilidad y capacidad natatoria natural de las fibras le confieren una idoneidad máxima a la hora de vestir nuestros anzuelos plomados. Como inconvenientes hay que reconocer que para dedos no especialmente hábiles puede resultar algo difícil de manejar y que no es de los materiales más duraderos con animales de mucho diente y corte.

Frente al bucktail, y con pedigrí artificial, situaría dos materiales que pueden servir de igual manera a nuestros propósitos. Por un lado las fibras de nailon conocidas como fishair o superhair, disponibles en la versión lacia y en la versión rizada (recomiendo la primera de ellas). Por otro la rafia, esa especie de hilo utilizado originariamente en aplicaciones agrícolas, que debidamente manipulado puede servir igualmente como material principal en las faldas de nuestros jigs.

Del primero de ellos -el fishair- es positiva su fortaleza, durabilidad y resistencia al corte, algo siempre a tener en cuenta cuando perseguimos depredadores. Asimismo, el colorido sintético, mucho más inalterable a las condiciones marinas que el de los tintes que colorean las fibras naturales, y la facilidad para ser manejado en el montaje a partir de su mayor grosor y longitud de fibras, lo convierten en un material bastante apto. En su contra juega la pérdida de acción y movimiento que confiere la rigidez del nailon, la tendencia a adquirir memoria (ojo donde los guardamos) y el precio algo más caro en comparación con otros materiales naturales. En este sentido, es conveniente utilizar el fishair en pequeñas porciones y combinado con plumas o bucktail, materiales mucho más blandos y generosos en movilidad.

Con respecto a la rafia (otra fibra artificial), es menos rígida que el nailon, gana en naturalidad bajo el agua y es inapelablemente más económica. Por contra, sigue la tendencia memorística de las fibras sintéticas y la gama de colores no es tan amplia como en otros materiales. Hay que decir que la rafia y el nailon son materiales usados con bastante frecuencia en las muestras del curricán de altura, donde quizá no importe tanto la acción del señuelo como la posibilidad de dar volumen y relleno a los mismos.

Dejando a un lado pelambreras, hablemos de plumas, otro de los materiales usuales en la creación de jigs y que gozan del favor de muchos aficionados. Plumas hay tantas como aves, pero no todas se adaptan con igual idoneidad a nuestros objetivos. En este sentido, dos de las plumas más utilizadas en los montajes de jig en agua salada y las más versátiles para dar cuerpo a nuestra cabeza plomada, son las plumas de gallo o gallina que encontraremos en los comercios especializados bajo la denominación de saddle o hackle de gallo, y el famoso marabou, idóneo para el montaje de pequeños jigs y para complementar a las primeras en función de la suavidad de su plumón y la capacidad de movimiento bajo el agua. Y es que si una ventaja tienen las plumas es la naturalidad submarina con la que se mueven, permitiendo en el caso del marabou una dinámica natatoria que recuerda en montajes expresamente logrados las evoluciones de los cefalópodos en su nadar pulsátil.

Las plumas de gallo aportan facilidad de montaje y se encuentran a partir de los tintes artificiales en coloridos diversos. El marabou goza del mismo privilegio de colorido, pero su atado requiere algún pequeño truco que permita aprovechar al máximo las bondades de la pluma. En cualquier caso, son materiales que dotan a nuestras creaciones de un gran realismo bajo el agua y que permiten la confección de patrones de gran belleza. No digamos nada si somos algo más manitas y aficionados al montaje, y nos adentramos en las posibilidades decorativas que aportan las plumas grizzlys, la de las gallinas de Guinea o las de faisán, por poner un ejemplo. Con ellas, utilizándolas puntualmente y en pequeñas aportaciones, se pueden confeccionar jigs que merecerían no abandonar nunca la exposición de nuestra sala de estar.

Al margen de los materiales referidos que componen lo que podríamos denominar el cuerpo, es preciso hacer mención a otro tipo de fibras artificiales que se antojan indispensables en cualquier cabeza plomada vestida para el combate: los flash o filamentos. Ellos aportan brillos y reflejos al señuelo, el toque de atención brillante e intermitente que puede despertar curiosidad y atracción al depredador más desconfiado. De los tipos de fibras brillantes que pululan por el mercado, yo me quedaría siempre con el flashabou en la versión agua salada. Estas tiras holográficas se constituyen a partir de filamentos anchos, robustos y en una variedad de colores que permiten combinaciones a juego con el resto de fibras que decoran el señuelo. Es un material económico y bastan sólo un par de filamentos para dar el flash indispensable a nuestro jig. Junto al flashabou mencionado tenemos otras láminas brillantes de distinta denominación pero igual sentido iridiscente, Krystalflash, Polar flash… Sus inconvenientes en muchos casos son el hecho de no estar pensadas expresamente para el mar, y la fragilidad y tendencia al enredo que tienen sus fibras.

Hasta aquí hemos hablado del señuelo, de su estructura y de los materiales que configuran su montaje, pero aún no hemos mencionado algo que a mucha gente preocupa a la hora de elegir su señuelo: los colores. A este respecto, en el montaje de jigs no hay que apartarse nunca de blancos, azules, rosas y rojos. Naranjas y verdes flúor completarían mi arcoiris particular para ocasiones y situaciones concretas. Sin embargo, la experiencia dice que quizá esto de los colores no sea lo más importante. He pescado y visto pescar con casi todos y en este sentido únicamente tengo una manía: añadir algo de brillo siempre. Prefiero detenerme en algo para mi mucho más importante, la acción de pesca.

Pelos, plumas y fibras
Vamos a montar la caña, unir el jig a la línea y lanzarlo allá donde nuestra intuición nos sugiere que hay un pez. En primer lugar, hay que decir que para pescar con este tipo de jigs en la modalidad de lanzado no necesitamos un equipo sustancialmente diferente al que utilizamos con el resto de señuelos utilizados para pescar a spinning. La longitud de la caña, las dimensiones y características del carrete y el multifilamento empleado como línea principal no tienen por qué dejar de ser los mismos que para el resto de situaciones del lance ligero, y únicamente habría que considerar dos recomendaciones en relación a la caña. Por un lado que esté dentro del rango de acción de pesos que pretendemos lanzar (lo más usual va de los 14 a los 85 gramos) y por otro que presente algo de rigidez en su tramo superior. Las cañas excesivamente blandas hacen que perdamos a menudo el control del jig al accionarlo en base a tirones, y que realmente sea éste el que mande sobre la caña y no a la inversa.

Hasta aquí y con todo lo apuntado hemos pretendido dar una visión más o menos amplia y general de lo que implica el empleo de cabezas plomadas en la pesca con señuelos a lance ligero. Los jigs de pelo, pluma, vinilo o similares constituyen una alternativa más que valida a los señuelos nadadores más tradicionales e implican, a partir de su sencillez de montaje, una opción de manufactura propia y entretenimiento nada desdeñables en la tarea de mantener nuestra afición intacta aun cuando las vicisitudes nos alejan del mar. La versatilidad y eficacia que proporciona el empleo de estos jigs con toda clase de depredadores marinos está más que comprobada. Además son económicos y se prestan a la belleza. Buenos, bonitos y baratos, la triple “b”. ¿Quién da más?
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