Ciprínidos
Carpas y barbos a la par
Última actualización 01/04/2006@00:00:00 GMT+1
Cada temporada se supera un poco más la mitificación de los salmónidos como especie cumbre de la pesca a mosca. Pero buscar barbos y carpas con sedal pesado por las orillas no es un desprestigio ni tan sencillo como pudiera parecer, ya que nos obliga a localizar nuestro objetivo, determinar la especie, tener el señuelo apropiado, conocer la reacción del pez y realizar un lance perfecto. Si la pesca a mosca es divertida y apasionante por sí misma, aún lo es más cuando nos permite intervenir a dúo entre estos ciprínidos que, aunque suelen ir agarrados de la mano, nos permiten poner en practica gran variedad de técnicas y señuelos diferentes.
En los últimos quince años se han ido desarrollando nuevas modalidades de pesca dedicadas a los barbos y carpas, en orilla y con la cola de rata. Esta evolución sin límites es el fruto de muchas horas de dedicación por quienes, volcados en estas especies, han conseguido que el hecho de pescarlos con “sedal pesado” sea un reto inigualable. En los inicios, muchos pescadores fueron recelosos, pues tardaron en acercarse a la caña de mosca y comprobar que esta pesca es una auténtica realidad. Y es que es mucho lo que puede dar de sí la pesca de estos ciprínidos con pequeños señuelos artificiales.
En nuestra geografía peninsular disponemos de muchos embalses donde abundan y conviven infinidad de barbos y carpas, y en ellos encontramos un sinfín de enclaves destinados a la pesca de los ciprínidos a mosca. Esto constituye una fuente impresionante de riqueza debido a la gran proliferación de los mismos, y con el paso de los años hemos ido encontrando rincones inexplorados, paraísos casi perdidos y escenarios que le quitan el sueño a cualquiera.
Cada uno de estos grandes embalses nos aporta una variedad única e incomparable de vida subacuática, provocando que ambas especies reaccionen de formas diferentes respecto a las circunstancias que se producen en las orillas y dependiendo de épocas del año, alimentación, presencia de otras especies, tonalidad de las aguas, etc.
A pesar de que ambos peces se han adaptado perfectamente a nuestros ríos y embalses, según el medio se ha dado origen a comportamientos muy dispares, permitiéndonos poner en práctica infinidad de técnicas e incalculables fórmulas de engaño.
Con frecuencia, tanto los barbos como las carpas tienen necesidades comunes a la hora de alimentarse, compartiendo las mismas orillas, zonas y alimentos. Ambos ciprínidos se complementan, y en muchas ocasiones buscan en anconadas y playas del embalse el sustento necesario, aprovechando circunstancias muy concretas como la época de la freza, los fuertes vientos azotando contra las orillas, las eclosiones de insectos e incluso la masiva presencia de alevines.
En días posteriores al desove -y concretamente en los embalses- es frecuente encontrar orillas repletas de carpas con muchos barbos rondando a su alrededor, y no es difícil toparnos con escenarios plagados de barbos con carpas merodeando por la zona. El motivo es sencillo: las huevas que depositan estos peces son una fuente impresionante de alimentación natural que, nos guste o no, son apreciadas por todos los ciprínidos, constituyendo tendencias y comportamientos que deben ser respetados por tratarse de leyes de la naturaleza. En otras ocasiones, un tiempo inestable, una fuerte brisa o un aire solano castigando determinadas zonas del embalse hace que éstas se enturbien facilitando el trabajo de remover los fondos de la orilla. Una tarea que realizan estos peces para buscar el sustento y que la climatología se lo pone en bandeja, suministrándoles el alimento necesario a tan sólo un palmo de profundidad.
Ambas especies se activan a la par cuando las orillas ofrecen comida abundante, y ello es debido a muchos motivos. Unas veces porque buscan incesantemente insectos en una determinada fase larvaria, otras porque comen en superficie con las eclosiones masivas de algunos insectos. No hay duda de que un mismo escenario es frecuentado por barbos y carpas en busca de larvas y ninfas que aparecen de la noche a la mañana, o incluso coleópteros en superficie (como pueden ser cucarachas, saltamontes u hormigas de ala) arrastrados por el viento hacia la orilla.
Los barbos hicieron durante miles de años la función depredadora que realizan actualmente basses y lucios. No cabe duda de que una carpa no menosprecia un suculento bocado y engulle un alevín que suponga un alimento fortuito, pero otra cosa muy distinta es que tenga la capacidad o no de abalanzarse sobre sus presas con la misma habilidad, voracidad y comportamiento con que lo hace el barbo.
El instinto que tienen barbos y carpas para alimentarse por las orillas del embalse condiciona las decisiones que en un momento dado puedan tomar los mosqueros respecto a la técnica y los señuelos a emplear. Sólo teniendo esto en cuenta podremos capturar “a la par” ambas especies.
Saber a qué especie lanzamos, esencial
Resulta muy fácil distinguir los barbos de las carpas, si bien no cabe duda de que son necesarias muchas horas de orilla para diferenciarlos plenamente, y tomar decisiones conforme a las respuestas y reacciones que podemos esperar de ellos cuando les lanzamos nuestra artificial.
Existen aspectos muy evidentes respecto a la fisonomía de estos peces. La carpa dispone de una silueta más ancha y robusta, mientras que el barbo tiene un cuerpo más alargado y estilizado. Ellas suelen tener una tonalidad más oscura cuando deambulan por las orillas, mientras que ellos son algo más claros y difíciles de apreciar con nuestras polarizadas.
En una jornada apacible, con sol espléndido y preferiblemente de espalda, son muy fáciles de diferenciar, pero cuando vamos buscándolos de orilla nos encontramos con muchos inconvenientes que dificultan visualizarlos con nitidez, obligándonos a veces a centrarnos en otros aspectos no menos representativos, como sus comportamientos, reacciones y movimientos. Una simple mancha oscura que desentona en el terreno, una sombra que parece que se mueve más o menos deprisa, o un cambio de tonalidad de las aguas, puede darnos los datos necesarios para determinar y diferenciar una especie de otra. Y este es un requisito imprescindible para tomar decisiones coherentes y actuar en consecuencia, porque debe quedar claro que aunque comparten el mismo escenario, sus conductas ante nuestro engaño son muy desiguales.
Puede sorprender la importancia que le damos a saber si el pez que veo o intuyo es un barbo o una carpa, pero es que realmente la tiene, debido principalmente a que las reacciones de unos y otros son sustancialmente distintas. La de los barbos es en muchas ocasiones rápida e impulsiva, tanto que si posamos una mosca flotante en su radio de acción puede que se abalance sobre ella con prontitud, sin pensarlo dos veces y proporcionándonos momentos mágicos pescándolo en superficie. El comportamiento del barbo podemos interpretarlo como un ataque hacia el señuelo. Se lanza a por él y manifiesta un talante agresivo, voraz e incluso depredador.
La carpa, por el contrario, tiene una conducta mucho más lenta y sumisa, requiriendo un lance mucho más preciso y medido, así como una presentación delicada y suave de nuestra artificial. Es muy raro que vaya a por el señuelo con la rapidez y la decisión de los barbos, y pocas veces la veremos arremeter contra el señuelo, siendo más correcto decir que lo toma o lo engulle. Puedo afirmar e insistir que existe una gran diferencia a la hora de pescar un ciprínido u otro. Los barbos se pueden coger sin ser vistos, simplemente lanzando a la “cota del medio metro”. Sin embargo, las carpas necesitan ser visualizadas y lanzarlas forzosamente a pez visto.
Dos formas de alimentarse
La posibilidad de poder tocar los bigotes tanto a barbos como a carpas requiere una serie de aspectos a tener muy en cuenta y que son indispensables para su pesca. Centrándonos en las aguas embalsadas -donde las aguas suelen estar nítidas a partir de la primavera- podemos ver con más claridad cómo ambas especies se alimentan de forma muy similar, si bien requieren estrategias total y absolutamente distintas. En este entorno, un mosquero puede llevar una ninfa más o menos lastrada en su bajo de línea, con lo que podremos enfrentarnos perfectamente a las dos especies, aunque poniendo en práctica diferentes técnicas y posadas.
Por un lado, la carpa se alimenta frecuentemente casi inmóvil, cribando y succionando el fondo. Por tanto, es imprescindible que tenga metidos los morros en el cieno o la arena, independientemente de que esté mirando hacia abajo o se encuentre cabizbaja. Cualquier término es válido para asegurar que se está cebando, siempre y cuando no se percate de nuestra presencia. Y es que, aunque cuando comen a 30 cm de profundidad nunca dejarán de alimentarse para abalanzarse sobre la ninfa, lo normal es que con una mala posada nuestro objetivo levante la cabeza, nos localice, recele y perdamos todas las posibilidades.
Por contra, el barbo es un “todoterreno” de agua dulce que deambula de aquí para allá por las orillas del embalse, se detiene a comer ninfas en el fondo, persigue los alevines de cualquier especie y sube a la superficie cada vez que un insecto que considere susceptible de llevarse a la boca se pone a tiro. Por tanto, él sí es capaz de dejar todos sus menesteres para enfrentarse a un señuelo que interrumpe inesperadamente la superficie del agua o que se sumerge tras la posada. A veces le gusta atacar agresivamente en plena superficie, mientras que en ocasiones espera a que se hunda para devorarlo. De ahí los frecuentes rechazos que provocan antes de engullir o rechazar el señuelo. En todo caso, ante cualquiera de las dos especies debemos evitar ser vistos antes de lanzar. Una vez tengamos claro a qué pez nos enfrentamos, pasaremos a efectuar el lance. Si es una carpa deberemos lanzar la mosca con un lance algo pasado, para posteriormente presentársela en sus morros a no más de 20 cm de distancia. Sin embargo, y con respecto a los barbos, un señuelo posado correctamente puede provocar que ataque sin dilación, bien en superficie o bien cuando empieza a hundirse.
Por las orillas del embalse resulta tremendamente fácil ir viendo barbos y carpas a no más de un par de palmos de profundidad cebándose a medias aguas, en superficie, o en el fondo pendientes de la comida que aporta el terreno en cuestión. Y es que tanto unos como otras suelen ser oportunistas en su alimentación y no pueden resistir la tentación de llevarse un buen bocado a la boca. Ninguno de los dos puede imaginar que ese señuelo aparentemente suculento es sólo un engaño que le llevará a un futuro incierto.
El motivo de que reaccionen ante comida en suspensión es originada, entre otras cosas, por la tranquilidad que proporcionan zonas apartadas y alejadas. Por ello, si estos peces pierden esa calma y confianza, no existe señuelo en nuestra caja que los motive. Esto hace que nuestro acercamiento sea primordial, debiendo aproximarnos muy lentamente y llevar los ojos muy abiertos. Un simple movimiento tosco y brusco puede ser el causante de perder todas las posibilidades, ya que nuestro objetivo nos localizará de inmediato.