Hemeroteca :: 01/02/2006
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Ciprínidos

Cómo localizar comizos en aguas someras

Última actualización 01/02/2006@00:00:00 GMT+1
El curso medio del río es el hábitat natural de los barbos comizos, una especie autóctona de nuestro país que alcanza enormes dimensiones. Se encuentra en la mayoría de los cauces caudalosos del suroeste peninsular, pudiendo superar el metro de longitud y lograr con cierta facilidad los siete u ocho kilos de peso. Pero si tenemos suerte, en el Guadiana podemos tentar algunos ejemplares que alcanzan los quince kilos, llegándose incluso al caso de una hembra de más de veinte kilos, en periodo previo a la época de freza, como afirma el autor.
Los comizos han sobrevivido y proliferado a expensas de las inclemencias del tiempo. Han soportado las tremendas sequías que han castigado nuestra tierra y son por excelencia los ciprínidos que adquieren mayor tamaño en relación a subespecies tales como el barbo gitano, el cabecicorto, o el barbo de montaña.

Con el transcurso de décadas han cambiado considerablemente su hábitat natural, siendo las obras de ingeniería, centrales hidroeléctricas y graveras las que han obligado a que muchos de ellos se hayan implantado en un medio artificial. Una vez se fueron situando estratégicamente estos muros de contención y “las palas” de las excavadoras se adentraron en los charcones del río, muchos ejemplares quedaron en zonas embalsadas, otros en tablas con gran profundidad y los menos se mantienen en su antiguo medio. Unos lugares que ahora presentan cauces con un flujo de agua poco idóneo, pero que al menos guardan intactas sus orillas, sin que la máquina del hombre haya profundizado para extraer los áridos. Cuando no existían estas presas, los barbos comizos remontaban el río con normalidad, elegían las tablas más apropiadas para su desarrollo y encontraban el hábitat perfecto según sus necesidades. Existe una gran diferencia entre lo que fue aquel cauce originario en comparación con este sistema más moderno y sofisticado que interrumpe el normal desenvolvimiento de las especies. Ahora todos los peces dependen de la mano de los humanos, que somos quienes abrimos y cerramos “el grifo” de unas aguas salidas por lo general a muy bajas temperaturas de las centrales hidroeléctricas y que, por tanto, interrumpen el normal desarrollo de la fauna piscícola y consecuentemente su ciclo reproductor.

Por suerte, todavía quedan grandes afluentes sin canalizar. Zonas en las que no existen retenciones y permiten que las aguas de lluvia viertan a los grandes ríos con normalidad. Para localizarlos es cuestión de buscar y ahondar algo más a fondo todos sus tramos, tocar todos los accesos y adentrarse de lleno por lugares inaccesibles, por muy recónditos y perdidos que se encuentren. En épocas de sequía, la fauna piscícola (y particularmente los barbos comizos) han pasado verdaderas calamidades. He visto con mis propios ojos cómo se tomaba agua para el riego y se extraía la poquita fuente de vida que iba quedando en los charcos, olvidando las especies que allí vivían. Ante esta situación tan triste y desagradable, más nos vale a todos los pescadores consolarnos con un agua fría y destemplada procedentes de las turbinas. Es preferible, si cabe, que dispongamos al menos de unos charcos profundos, con aguas renovadas y oxigenadas, antes que la mortandad de muchos peces... La necesidad de un riego controlado para la agricultura, así como la producción de energía eléctrica, no coincide muchas veces con un cauce ecológico y natural que permita una correntía constante de las aguas como si de agua llovida se tratara.

Cabe señalar que los barbos comizos son de las especies autóctonas que mejor se han adaptado a estos cambios antinaturales. Se desenvuelven muy bien en distintos tipos de aguas, corrientes y profundidades, pero evidentemente cada vez son menos los espacios del curso del río en los que la mano del hombre aún no ha interrumpido esos cauces de antaño con lecho original y vegetación autóctona.

Zonas poco profundas
Dejando a un lado las dificultades que presenta el río en la actualidad, así como las modificaciones que se han ido produciendo con el paso de los años, es hora de adentrarnos en la pesca a mosca de esta especie. Los escenarios en los que nos centraremos serán los tramos del cauce medio del río. Un entorno mágico que depende total y absolutamente de las circunstancias ya mencionadas, y que afectará a la temperatura del agua, al nivel del cauce y, por tanto, al comportamiento de los peces.

En el Guadiana, a su paso por Don Benito y bajo el castillo de Medellín, aprendí a engañar a aquellos barbos de gran tamaño. Sin embargo, desde que llegaron las explotaciones de áridos no he vuelto a tocar los bigotes a estos comizos. Cada vez que paso por allí y veo el destrozo que se ha hecho me llena el desconsuelo. Por suerte, todavía quedan algunos charcos someros y de las mismas características, que apenas alcanzan el metro y medio de profundidad. Estas tablas no son castigadas por los pescadores de otras modalidades, ya que la pendiente en su orilla es mínima y apenas nos encontramos un palmo de agua. La corriente por esta zonas transcurre pausadamente, con una deriva lenta y constante, y por más que penetramos hacia el interior, difícilmente el agua nos llegará a la cintura. Estos entornos poco profundos son idóneos para pescar a mosca... siempre que no nos encontremos con la presión de pesca que tienen otros tramos del río.

El pescador a mosca deberá buscar esas zonas tranquilas que en ocasiones son casi desconocidas y, en algunos casos, inaccesibles. Será allí -y sólo allí- donde los barbos se manifestarán de una forma puramente natural y siempre que no sean molestados por el bullicio humano. Estos peces, generalmente de buen tamaño, se localizan sin dificultad. Incluso es posible intuir lo que están haciendo en cada momento, pues es fácil apreciar cuando se están cebando en superficie, a medias aguas o en el fondo. Muchos pescadores que no han ahondado en este tipo de pesca asocian la pesca a mosca del barbo con la cita obligada que tienen estos peces en primavera cuando se preparan para la freza. En estas fechas de gran actividad reproductora se suceden carreras y cortejos cerca de la corriente, momentos en los que hacen caso omiso a nuestros señuelos.

Existen otras tablas del río que llegan a tener hasta tres y cuatro metros de profundidad, en las que conviven ejemplares de mayor tamaño todavía. Se trata de barbos que, por sus condiciones de vida y alimentación, se han acostumbrado a comer sin necesidad de acercarse a las orillas. Estos tramos profundos del río son frecuentados constantemente por pescadores de otras modalidades de pesca.

Aletas delatoras
Una de las manifestaciones más frecuentes de los barbos en los cursos medios del río es comer sin parar en zonas con muy poca profundidad. Resultan lugares idóneos para encontrar un sinfín de nutrientes a base de pequeños cangrejos, larvas, sanguijuelas, renacuajos, caracoles y alevines. Todas estas presas se refugian en el fondo, se protegen debajo de las piedras y buscan asiduamente defensa en la vegetación que se encuentra próxima a la orilla.

Los barbos disponen en sus hocicos de cuatro bigotes o barbas que les sirven para detectar y localizar fácilmente a sus presas. En su afán de alimentarse van escudriñando los fondos y se alimentan de todo lo que encuentran susceptible de llevarse a la boca. Para atrapar sus presas necesitan que salgan de los rincones del río, viéndose obligados a remover el terreno, succionar la gravilla, empujar las piedras y escarbar el lecho hasta conseguir sus objetivos. Cuando se manifiestan muy activos y afanados con esta tarea, llegan a sacar sus aletas caudales fuera del agua. En estas ocasiones (y con poca profundidad) hacen verdaderas piruetas y acrobacias para desproteger sus presas. Después atacan y engullen con decisión.

He visto infinidad de veces las aletas de los barbos fuera del agua. Son inconfundibles. Puedo asegurar que cuando esto ocurre es simplemente porque se están cebando a poca profundidad y parte de su cuerpo aflora al exterior. La falta de enemigos y la tranquilidad del entorno hace que se encuentren muy seguros y dispuestos a comer. En esos momentos críticos permanecen indefensos, hasta el punto de que exponen sus lomos fuera de la superficie.

Pero no es imprescindible que saquen sus extremidades para poderlos pescar. A veces es suficiente con que divisemos en la superficie el batido de agua que provoca su aleta caudal cuando permanece activa muy cerca de la superficie. El tamaño, la posición de las aletas y sus movimientos nos indican aspectos tan importantes como la profundidad a la que se encuentra el pez, la dirección que lleva, el grado de excitación para alimentarse y el volumen del mismo.

Mejor con calzado “insonoro”
Es importantísimo acercarse a los barbos con sigilo, para posteriormente realizar un lance preciso y discreto. Conseguir llegar a ellos sin que se percaten de nuestra presencia es primordial. Debemos tener muy en cuenta la orilla que estamos pisando, pues nos encontraremos con zonas de pizarra, de cantos rodados, de arena, de gravilla suelta o incluso una orilla con vegetación.

Para hacer el menor ruido posible evitaremos arrastrar los pies. Debemos apoyar el talón y posteriormente pisar con la punta del pie ayudándonos si es posible de un calzado blando. Nunca debemos tener prisa por alcanzar nuestro objetivo, por muy grande que sea la aleta, y evitaremos producir sombras innecesarias. Si obviamos estas precauciones nos exponemos a perder la posibilidad de lanzarle, ya que el pez se percatará del peligro.

Conforme vamos desplazándonos, los peces que no visualizamos se espantan provocando un efecto dominó. En muchas ocasiones comprobaremos cómo estos ciprínidos salen despavoridos de las orillas sin que hayamos sido capaces de localizarlos previamente. No olvidemos que los peces se extrañan al percibir ruidos desconocidos y que, si esto ocurre, perderemos todas las posibilidades. A partir de febrero y hasta antes del desove, son unas fechas idóneas para pescarlos a mosca, siendo los primeros meses de la temporada cuando se consiguen los mayores ejemplares. Son los amaneceres y tardes templadas de primavera los momentos del día en que los barbos manifiestan su mayor actividad. Con las primeras luces se producen unos momentos maravillosos que aprovechan para tomar insectos en superficie.

Si el tiempo viene agradable y con temperaturas elevadas para estas fechas, podemos coger las primeras capturas incluso en enero. Con un tiempo soleado y brisa suave, las tardes suelen ser deliciosas y no dudan en acercarse a las orillas aprovechando las primeras eclosiones de insectos. Estas circunstancias se suceden todos los años, siendo importante destacar que, evidentemente, huyen de los fríos del invierno.

La mosca frente a su hocico
Una vez que hayamos localizado las aletas del pez debemos calcular la corriente de la zona y la profundidad aproximada a la que se encuentran. Posteriormente, y con el señuelo idóneo, debemos hacer una posada lo más discreta y suave posible, procurando no espantarlo en ningún momento.

Una vez que la mosca impacta en la superficie debemos moverla más o menos deprisa, intentando que pase dentro de su campo de visión, es decir, prácticamente por delante de sus hocicos. Justo en ese instante es conveniente aplicarle un movimiento que haga creer al pez que ha sido capaz de sacar la presa de su escondrijo. Esto se consigue moviendo nuestra artificial de forma provocadora, como puede ser arrastrando el señuelo por el fondo o levantándolo, propiciando un tirón enérgico de la mosca. Una vez consideramos que el barbo ha visto nuestro señuelo, debemos permanecer muy atentos, pues es posible que lo tome de inmediato. Si esto no ocurre, procuraremos darle vida de inmediato simulando un bicho que huye o que se esconde en el fondo para no ser descubierto. Para conseguir esta movilidad daremos pequeños tirones de la línea y así haremos que tenga la mayor vida posible.

A veces vemos cómo el barbo reacciona ante nuestra artificial, pero no se decide y pierde su presa. En estos breves segundos tendremos que optar por varias posibilidades. Una de ellas es parar el señuelo e incitar a que el barbo se ponga nervioso y lo coja cuando permanece inmóvil. Otra es obligarnos a repetir el lance de inmediato (aprovechando su excitación), siendo lo normal esperar unos instantes a que el pez se estabilice y realizar un nuevo lance intentando provocar la picada. Serán las reacciones de los barbos las que marcarán las pautas de actuación en cada momento. Unas veces comprobaremos que deberemos traer nuestra mosca más o menos deprisa, otras arrancarla del fondo con tirones rápidos y constantes, y en ocasiones levantaremos la caña con un movimiento lento y firme, simulando un insecto que quiere emerger.

Cuando los barbos están en plena corriente y a muy poca profundidad deberemos dejar derivar el señuelo por la corriente, procurando mantener la misma velocidad de las aguas. Es impresionante ver cómo luchan estos peces en corrientes cuando se sienten atrapados. Sus carreras no tienen que envidiar a ninguna otra especie, por muy mitificadas que estén con el paso del tiempo. Para que esta pesca sea efectiva, el mosquero tiene que demostrar su pericia realizando lances de precisión. Puede hacer tantos falsos como considere oportuno, pero cuando decida posar deberá evitar tocar al pez con los aparejos, pues si esto ocurre se perderán todas las posibilidades.
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