Hemeroteca :: 01/01/2006
11/13
Mi rincón favorito

Coto de Anglès-El Pasteral

Última actualización 01/01/2006@00:00:00 GMT+1
Cuando la temporada toca a su fin y en nuestro interior el gusanillo de la pesca todavía permanece activo, no hay mejor medicina que acercarse a un buen coto intensivo de trucha. Si además es un coto sin muerte, miel sobre hojuelas. Este es el caso de Anglès-El Pasteral, situado en un tramo del río Ter donde no esperaríamos encontrar semejante “artillería pesada” de truchas. Sin embargo, las aguas frías y el nivel constantemente regulado por el sistema Sau-Susqueda-El Pasteral mantienen una población muy respetable, con buena salud y en un entorno, cuando menos, reconfortante. A tan sólo una hora de Barcelona, bien merece una visita.
En estas latitudes, el Ter es un río medianamente grande. Las aguas frías, filtradas por las presas de Sau y Susqueda, y reguladas en El Pasteral, son limpias y mantienen un caudal moderadamente alto. Esto divide los cinco kilómetros de longitud del tramo en dos tipos de zonas. Por un lado, grandes pozas de unas decenas de metros de longitud y bastante profundidad (incluso por encima de los dos metros en algunos puntos), y por otro, zonas de corrientes más o menos fuertes -pero en general moderadas- ideales para la pesca con mosca seca. En estas corrientes la profundidad oscila entre los 30 cm y un metro, según el nivel de agua. En las pozas predominan las truchas arcoiris y las carpas, mientras que en las corrientes encontramos mayormente truchas fario y buenos ejemplares de barbo. Ambas tipologías se alternan a lo largo del coto.

En el tramo inferior, donde hay unas tablas estupendas, hay mucha trucha de entre 25 y 30 cm, mientras que en la parte central tienen un tamaño medio más grande. En esta zona, donde las grandes pozas se alternan con tramos tanto de corrientes suaves como fuertes, no es difícil localizar ejemplares de más de 50 cm.

Hacia el extremo superior encontramos de nuevo truchas más pequeñas (de entre 20 y 25 cm) y alevines, puesto que es la zona donde más se repuebla con ellos para evitar que sean devorados por las grandes truchas. En esta parte hay una gran poza prácticamente imposible de pescar y unas corrientes por debajo de ella que son ciertamente excelentes tanto a ninfa como a mosca seca, según la actividad de las truchas. En ocasiones el río se divide en dos, de forma que hay menos agua en cada brazo y se puede vadear mejor, lo que ayuda mucho a acercarnos a las zonas más pobladas. Aquí hay que estar preparado para todo, puesto que ejemplares de arcoiris de buen tamaño no son raros, a pesar de que hay una predominancia de trucha fario de menor tamaño. La propia corriente y las riadas van repartiendo estos alevines río abajo. El entorno es muy salvaje -aunque nos encontramos a solamente un kilómetro del pueblo de Anglès-, con bosques de olmos y chopos a ambas orillas del río, y un bajo bosque espeso que a veces resulta difícil de atravesar. Sin embargo, esto nos confiere una sensación de soledad y aislamiento digna de los mejores escenarios de pesca.

Abriendo la jornada
Habíamos comprado los permisos para pescar en aquel día de mediados de mayo. Sobre el río se había posado una bruma suave, blanquecina. Ya teníamos las cañas montadas y habíamos descendido hasta el agua, pero no se apreciaba actividad alguna de las truchas. La calma era absoluta y sólo se escuchaba el repicar del agua contra las piedras y algún pájaro desconocido. Abierta la caja de moscas, me decido por una ninfa de cabeza dorada, cuerpo negro y vientre pardo. Ya está enfilada y vuela hacia la ribera más profunda, donde las raíces de los árboles proporcionan cobijo a las truchas. Uno, dos, tres, cinco lances recorriendo los primeros metros de la suave corriente que discurre bajo los olmos desnudos. Y el indicador, apenas perceptible, apenas predecible, se detiene sin más y mi cerebro se paraliza fotografiando la imagen trepidante que precede al clavado. Y es el instinto, el sexto sentido del pescador, lo que me hace levantar la caña milésimas de segundo antes de que se curve con firmeza. Tensión en la línea y algo que se mueve al final de ella. No hay duda, es una gran arcoiris que corre río arriba…

A seca
La vi de nuevo en el límite de la corriente, cebándose una y otra vez con inusitada ansia. Aprovechaba el remanso que le ofrecía el propio rebufo de la corriente para acechar a sus presas. No era fácil situar mi efémera oliva en el límite de la corriente de forma que estuviese en el campo visual de la trucha sin que antes la propia fuerza del agua más cercana a mi posición la hiciese dragar inevitablemente. Probé con un par de efémeras oliva, primero una más grande y después otras más pequeñas, valiéndome de una distancia que me permitía seguir perfectamente la evolución de la artificial en la superficie. Como casi siempre, un lance perfecto y la mosca reposa sobre el hilo de corriente que la conduce pausada a las fauces de la trucha. Un pequeño estrépito sobre la superficie y mi imitación desaparece. Clavo inmediatamente y una común de 45 cm se debate bajo la superficie del agua, cabeceando una y otra vez con frenesí.

La canícula y el sereno
Sin duda los mejores meses para la pesca en el coto de Anglès son marzo y abril, y quizás mayo. Sin embargo, yo he pescado muy bien allí durante los meses de enero y febrero. En un día soleado de invierno o principios de primavera, cuando la vegetación de los márgenes todavía no ha crecido lo suficiente como para convertirse en una selva que obstaculizará nuestra movilidad a lo largo de las orillas, podemos alguna obtener los mejores resultados, especialmente a mediodía con el calor del sol. El río está muy bien orientado para pescar en invierno y la escasez de hojas en los grandes árboles que flanquean las mejores corrientes permiten más horas de radiación solar sobre el agua, provocando que las truchas lleguen a activarse si hay alguna eclosión, incluso cogiendo moscas en superficie.

Hay dos momentos muy buenos para pescar en este tramo del Ter, aunque sin duda el sereno es extremadamente atractivo. Sin embargo, la actividad en el río suele acrecentarse a mediodía, sobre todo en las zonas de corrientes. El sereno lo disfrutaremos más en las pozas donde el agua está tranquila y la corriente es muy suave. Eso sí, si el nivel está alto, será una empresa arriesgada, ya que un solo resbalón y nos bañaremos de pies a cabeza. Durante las horas de la canícula las mejores opciones estarán en las salidas de las corrientes o justo en el centro de ellas. Hay grandes truchas apostadas en los rincones más insospechados. Si escudriñamos los 20 metros que tenemos por delante antes de dar el siguiente paso, sin duda localizaremos alguna trucha activa para tentar. Eso sí, dado el color oscuro del fondo, resulta difícil verlas a pesar de la claridad del agua. Vale la pena en ocasiones recorrer el río por la orilla, buscando puntos altos desde donde nos será más fácil localizarlas -incluso en grupos- apostadas en la corriente, o detrás de las piedras o árboles sumergidos.

Llevábamos pescando un par de horas cuando el sol alcanzó el cénit y abrigamos la esperanza de un aumento de la actividad de las truchas. La naturaleza no nos defraudó. Con el calor y la verticalidad de los rayos solares sobre las cristalinas aguas, empezamos a localizar truchas que tímidamente se cebaban junto a la otra ribera, cerca de las ramas y piedras que convertían ese tramo de corriente en un sembrado de obstáculos para la línea. Sin embargo, valía la pena intentarlo. Monté una pequeña quirónoma negra. Pocos insectos navegaban corriente abajo y, conocedor de mis limitaciones, puse un pedazo de indicador a unos 40 cm de la quirónoma, realizando un par de lances para aproximarme a la trucha. Al tercer intento situé correctamente el engaño, que se lanzó veloz hacia el punto donde la trucha se había cebado por última vez. Un metro después, el indicador se detuvo bruscamente y tuve la certeza de que la trucha había tomado la quirónoma a escasos centímetros de la superficie del agua.

Clavé con seguridad y rápidamente vimos en la distancia, bajo el agua, el familiar coleteo de una trucha. Instantes después la vimos saltar hacia nosotros y, seguidamente, correr entre mis pies para refugiarse corriente arriba detrás de una gran roca en el centro del río. Tuve que levantar una pierna para no enredarme con mi propia línea, pero gracias a la táctica defensiva de la trucha pudimos ver que se trataba de una gran trucha fario de preciosa librea y magníficos colores, con un cuerpo alargado que después midió más de 55 cm. Estaba delgada, estilizada por las exigencias del invierno, pero era muy brava y peleó muchos minutos hasta que pudimos liberarla del anzuelo y devolverle la libertad. Aún la vimos nadar entre dos aguas unos momentos. Instantes después el río la engulló paternalmente.

Eran ya más de las nueve de la tarde y la quietud en el río era total. Sin embargo, algo empezaba a cambiar. Detrás de nosotros, la gran poza que durante todo el día había permanecido inerte y completamente cerrada, empezaba ahora a cobrar vida. La tersa superficie del líquido elemento se veía quebrada cada vez con más frecuencia por los hocicos selectivos de las pintonas. Por la suavidad de sus cebas se adivinaban las proporciones de las truchas. No había espacio para la duda: el sereno había comenzado. El primero que se aventuró moviendo con maestría la cola de rata fue Pedro. Sin embargo, y a pesar de sus habilidades y de la doble tracción con que intentó diversos lances, no alcanzaba el centro del festín. Había ahora una eclosión de pequeñas efémeras verde oliva y Javier, mucho más alto que cualquiera de nosotros, se había situado lentamente aguas adentro, ganando metro tras metro a las truchas con tanto sigilo que ni siquiera nosotros lo habíamos advertido. Ahora lanzaba magistralmente hacia las cebas con su pequeña caña de sólo 6 pies y línea 3. Ya había posado con suavidad su efémera sobre el agua cuando levantamos la vista y vimos el grandioso espectáculo. Decenas de truchas de gran tamaño se cebaban frente a nosotros repetidamente, algunas de ellas incluso mostrando sus lomos, cual delfines nadando a la proa de un velero. Fuera de nuestro alcance y del de Javier, se cebaba algún ejemplar realmente extraordinario, pero nada había que hacer con ellos. Teníamos que limitarnos a tentar las truchas que estaban a nuestro alcance, o mejor dicho, al alcance de Javier, puesto que él era el único que había podido situarse convenientemente. Y no tardó en demostrarnos que su situación era acertada. Un pequeño remolino donde su artificial se había posado, un clavado perfecto y la caña que se curva. Carrerón cruzando el río y no hay duda, es una arcoiris de buena talla. Fue sólo el principio, porque pudimos contar hasta cuatro en la media hora siguiente, todas ellas de entre 50 y 60 cm. Sobre las diez de la noche volvió la calma, y con ella la oscuridad y el silencio. El sereno había terminado.

Barbos y más
No supimos de qué se trataba hasta que Jorge no cambió el tricóptero negro que estaba utilizando por una pequeña ninfa también de tricóptero y la puso con destreza justo sobre las cebas que habíamos estado viendo con desesperación. La picada tardó solamente unos instantes en producirse. Clavó convencido de que había enganchado una gran trucha, pero cuál no fue su sorpresa cuando vio cómo un gran barbo de un par de kilos se estremecía nervioso y arrancaba río arriba obligando a mi amigo a soltar línea velozmente. La lucha fue emocionante. Al final, sólo la experiencia y habilidad de Jorge pudieron doblegar la resistencia enconada de aquel magnífico ejemplar. Un pez autóctono de nuestras aguas que a veces desdeñamos, empeñados en perseguir truchas o basses, sin percatarnos de que un barbo clavado al final de un bajo del 14 es un adversario formidable que nos deparará momentos mágicos y tan emocionantes como una trucha del mismo tamaño. Es un pez fuerte, acostumbrado a vivir en corrientes rápidas y a remontar por ellas, y capaz de luchar denodadamente por su libertad. Y en el coto de Anglès-El Pasteral hay muchos barbos. Pequeños, grandes y más grandes. Supone un reto pescarlos a mosca y una alternativa a considerar cuando las truchas están inactivas.

En resumen, grandes truchas, corrientes de aguas frías y rápidas rodeadas de montañas y bosques, y la oportunidad de practicar nuestro deporte favorito durante todo el año, convierten el coto intensivo sin muerte de Anglès-El Pasteral en uno de los más atractivos.

Sin embargo, este no es un coto para puritanos. En él hay truchas arcoiris, fario, carpas y barbos capaces de satisfacer a los más exigentes, pero lógicamente no es una reserva genética de truchas. Es, por contra, un coto intensivo donde pasarlo bien en un entorno tranquilo y agradable, frecuentado por pescadores amables con los que charlar un rato acerca de este o aquel tramo, y esta o aquella mosca. Y creo que, dada la realidad de la pesca en Cataluña, se trata de un coto bien gestionado que garantiza peces en el agua y caudal suficiente para que éstos puedan vivir. La astucia para capturarlos, y el rigor para mantenerlos y cuidarlos es otro tema que, en gran medida, depende de nosotros.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?   Si (0)   No(0)
11/13
Comparte esta noticia  

Comenta esta noticia



Normas de uso
  • Esta es la opinión de los internautas, no de TrofeoPesca.com, web oficial de Trofeo Pesca, todo el mundo de la pesca a tu alcance
  • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
  • Su dirección de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.