Hemeroteca :: 01/03/2007
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Salmónidos

Las bases de la tipología truchera

Última actualización 01/03/2007@00:00:00 GMT+1
Este es el primero de una serie de artículos en los que echaremos un vistazo a los aspectos más relevantes del ciclo biológico de las truchas, como pueden ser su reproducción, crecimiento o su alimentación, descritos desde una perspectiva orientada por completo al pescador.

Creemos que así se cubre un vacío hasta ahora existente en las publicaciones españolas especializadas en pesca. Como inicio de esta andadura, este mes analizamos la enorme variedad de tipos de truchas en el mundo, valiéndonos principalmente de la perspectiva genética como forma de comprender mejor la actual visión del tema.
La pesca de la trucha ha cambiado de tal forma en sus planteamientos durante los últimos tiempos que apenas se parece en nada a lo que ocurría en nuestros ríos hace sólo treinta años. Evidentemente, los cambios en las poblaciones trucheras, con tendencias casi siempre regresivas, y las medidas legislativas que se han tomado al respecto, han modelado este proceso.

En este mismo sentido, y enmarcada en una sociedad que tiene al ocio como uno de sus valores más en alza y consideración, la afición por la pesca en general y de la trucha en particular, ha crecido hasta niveles inimaginables hace pocos años, sin que haya encontrado aún su techo. El perfil del pescador medio en la actualidad se centra en una persona comprometida con su actividad, consciente de la necesidad de seguir planteamientos conservacionistas como medio para poder pescar truchas durante toda su vida y preocupado por encontrar valores añadidos al disfrute de la pesca de las truchas con la caña.

Dentro de este contexto, el pescador interesado en dar un paso adelante y conocer aspectos más íntimos de la biología de las truchas, hasta ahora debía acudir por información a trabajos de zoología, donde la biología de los peces y de las truchas se tratan desde puntos de vista demasiado técnicos y poco cercanos a sus necesidades.

Las variedades de Salmo trutta
Mucho antes de su expansión por el mundo de la mano del hombre, la trucha ya desató diversas polémicas en cuanto a si las distintas formas o variedades que pueden encontrarse de ella se deberían agrupar dentro de una misma especie o si por el contrario deberían separarse con referencias específicas distintas.

Esta polémica surgió desde el mismo momento en que se comenzó a estudiar la especie y se mantiene hasta nuestros días. Los primeros en plantear estas cuestiones fueron los británicos, que a principios del siglo XIX y gracias a los trabajos de W. Jardine consideraban la existencia de más de quince variedades de truchas, planteando la disyuntiva de si se trataba de especies distintas o si habría que agruparlas a todas en una sola especie (Salmo trutta), dejando las diferencias en el campo de las variaciones o adaptaciones locales.

En la Península Ibérica ya ocurría algo similar a principios del siglo XX, cuando el ictiólogo español L. Lozano, entre otros, planteaba en 1930 cuestiones similares después de un viaje a través del país estudiando truchas de diversas procedencias, de las que hizo una referencia a las truchas gallegas en los siguientes términos: “Las variaciones de color pueden depender del medio... El mejor ejemplo se encuentra en la trucha... Se puede decir que no hay dos iguales, difieren en su coloración de localidad en localidad... lo que ha contribuido a la creación de tan numerosas como falsas especies en un pez tan vulgar como éste”. Conviene aclarar que el concepto vulgar que empleó Lozano en su día sin duda se refería a la abundancia con que se encontraba en cualquier curso de agua y no a que fuera un pez poco apreciado.

En la época actual, ictiólogos de la talla del norteamericano R.J. Benhke han desarrollado líneas de pensamiento coincidentes con las anteriores.

La perspectiva genética
Estas cuestiones se han extendido hasta nuestros días todavía sin resolver. En los últimos años la aparición de las técnicas de investigación referidas a la genética de poblaciones tampoco ha dado una explicación clara a la gran variación de los fenotipos1 y genotipos2 de las poblaciones3 trucheras.

Las diferencias que se han encontrado entre las variedades más conocidas de la trucha, caso de las formas residentes clásicas, las migradoras al mar (reos) y las truchas de lago (con su morfología tan particular, pues alcanzan grandes tallas y pesos, y en muchos casos libreas plateadas, como los reos) no permiten más que agruparlas dentro de la misma especie (Salmo trutta).

Eso mismo ocurre cuando se analizan las poblaciones a un nivel global en su área de distribución natural (Europa y parte de Asia), a pesar de que se han descrito hasta 57 variedades de trucha común en toda ella, sin llegar a definirse ninguna especie nueva.

Desde un punto de vista genético, aún no se ha encontrado una relación lo suficientemente consistente entre la dotación genética de las truchas de distintas poblaciones y su aspecto externo, es decir, que aun existiendo diferencias genéticas que permitan establecer separaciones entre unas poblaciones trucheras y otras, éstas no se trasladan al aspecto externo del pez, de manera que pudieran distinguirse los orígenes de las truchas mediante criterios objetivos observándolas a simple vista.

Seguramente estas diferencias del aspecto exterior existan, pero sean difíciles de valorar y usar en sentido práctico, probablemente debido a que, por un lado, no sean muy evidentes (ya que al fin y al cabo seguimos hablando de la misma especie aunque se trate de poblaciones con alguna diferencia genética) y, por otra parte, los estudios sobre las características de la librea de las truchas apenas existen.

Resumiendo la cuestión, el pescador interesado en profundizar en estos temas se encontrará que cuando lea trabajos sobre las distintas variedades de trucha marrón o europea (en España la denominamos común), algunos autores aclaran el tipo de trucha del que hablan utilizando una tercera palabra en el nombre científico, de manera que cuando se refieren a las variedades más comunes de la trucha marrón, en su variedad residente clásica, la denominan Salmo trutta fario, a los reos Salmo trutta trutta, y a las truchas de lago Salmo trutta lacustris. A pesar de esto, conviene aclarar que este tipo de nomenclatura trinomial está abandonada hace tiempo en ámbitos científicos, pero se conserva aún en muchos textos sobre pesca, truchas y zoología.

A lo largo del continente europeo se han descrito otras variedades con criterios más bien locales, en ocasiones en clara alusión a su zona de localización, caso de S.t. montenegrinus (república de Montenegro y áreas limítrofes), S.t. aralensis (cuencas del Mar de Aral), S.t. itschan (Armenia), S.t. exenami (Mar Caspio y cercanías).

En otros casos, los nombres de dichas variedades se refieren a características de la librea de las truchas, caso de S.t. marmoratus (típica de la zona del Mar Adriático, en la que las pintas negras se funden unas con otras por su parte externa, dando un patrón de diseño que recuerda a las vetas de una placa de mármol), S.t. macrostigma (Córcega, en las que las pintas negras son de un tamaño muy grande y llamativo), S. t. letnica (Lago Ohrid, Macedonia, que es una trucha prácticamente blanca, más que plateada), S.t. platycephalus (Turquía, que es una trucha sin pintas negras y con la cabeza más plana de lo habitual en otras variedades) y S.t. obtusirostris (Río Neretva, Bosnia, que presenta una boca muy pequeña, del estilo de ciprínidos como las bogas). Conviene aclarar que esta descripción no pretende ser exhaustiva, ya que nunca será completa, pues quedan aún por describir muchas poblaciones trucheras en el mundo.

El enfoque de esta cuestión para el pescador aficionado debe pasar por considerar que estas variedades se encuadran dentro de la misma especie (Salmo trutta) y que son el resultado de una gran variabilidad de la especie. Por ejemplo, existe una variedad denominada de punteado fino, muy bien descrita en Noruega, en las que las pintas de la trucha son muy pequeñitas, como cabezas de alfiler. Sin embargo, libreas similares también se encuentran en truchas de la cordillera de los Pirineos en España, en algunos ríos de Andalucía y de las montañas del Atlas marroquí, por el límite sur de la distribución de la especie. Además, hacia el centro de Europa, en concreto en Córcega, también se han encontrado truchas con estos diseños, que curiosamente comparten isla con la S.t. macrostigma (de grandes pintas u ocelos) que citamos con anterioridad.

Una gran superviviente
Es precisamente esta gran variabilidad de la especie la clave de su gran capacidad para sobrevivir, pudiendo adaptarse a casi cualquier circunstancia. De hecho, se ha descrito cinco veces más diversidad genética en la trucha marrón (nuestra trucha común) sólo en la isla de Irlanda, que en la especie humana a todo lo largo y ancho del planeta. Reflejo de ello es lo que hemos venido describiendo en el texto.

Los efectos prácticos los encontramos, por ejemplo, en los pescadores de truchas del Lago Melvin en Irlanda, que dan nombres distintos a sus variedades de truchas, caso de las conocidas truchas Gillaroo (amarillas y con bastantes manchas rojas), Sonaghen (oscuras y con muchas pintas negras por todo el cuerpo, hoy casi desaparecidas), y las grandes y espectaculares Ferox (típicos monstruos plateados de lago, de hasta 11 kilos de peso).

Aunque éste desde luego es un ejemplo ya muy conocido por los pescadores de truchas y ampliamente descrito en la literatura especializada, es un fenómeno que se repite en otros lugares del planeta, caso del lago Sevan en Armenia, donde los pescadores locales distinguen hasta seis formas diferentes de truchas: Gegarkuni, Bahtak, Ishkhan, Kharmarakhait, Bodjak y Yabani. Pero que a nadie le quede la duda que esta circunstancia se repite en cualquiera de los lugares donde vivan las truchas.

La conclusión es, una vez más, que las truchas están especialmente dotadas para sobrevivir.
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